A caballo entre los siglos XVI y XVII, Galileo, observando las oscilaciones que el sacristán provocaba en la lámpara que colgaba de la cúpula de la catedral de Pisa se dio cuenta de algo que sería decisivo para el futuro de la humanidad. Fuese cual fuese la amplitud de la oscilación siempre duraba el mismo número de latidos de su corazón. Para otro cualquiera, esto solo habría sido una simple curiosidad, pero para él fue el desencadenante de una intuición que le llevó a descubrir la forma de medir el tiempo de una forma precisa. De ahí a descubrir la ley de la gravitación universal todo fue pan comido: arrojó una piedra desde el último piso de la famosa torre inclinada y puso a un ayudante en cada piso para que midiese el tiempo que tardaba en pasar la piedra por delante de la ventana de ese piso. Así se dio cuenta de que cuanto más abajo estaban los pisos menos tardaba la piedra en llegar de uno a otro. La caída no era un movimiento uniforme, sino acelerado. Y calculó esa aceleración. En definitiva, puso números a los fenómenos de la naturaleza: inventó la física moderna.
También, Galileo, que con sus descubrimientos de óptica inventó el telescopio, pudo certificar al cien por cien seguro las ideas de Copérnico y otros sobre la no centralidad de la Tierra en el universo. La Tierra, les dijo a los curas, es un planeta más de los que giran alrededor del sol. Y los curas, sin pensárselo dos veces, le metieron en la cárcel. Hoy día, a lo mejor se habían conformado con llamarle negacionista y, caso de tener algún puesto oficial, ponerle de patitas en la calle para que no pudiese alimentar a su familia.
¡Es que es tan evidente que es el sol el que gira alrededor de la Tierra! ¡Hasta un niño se da cuenta! Y ahora viene este tipo y nos dice que nos exprimamos el coco para entender por qué eso no es así. ¡Demasiadas complicaciones!
Toda la historia de la humanidad ha sido un continuo luchar de unos pocos contra el pensamiento mágico de la inmensa mayoría. Y no piensen, o, mejor, se crean, que la cosa ha cambiado en absoluto. Estamos en las mismas que estábamos cuando Creso enviaba emisarios a Delfos en busca de respuestas a sus incertidumbres. El mismísimo Pujol, que tanto dio que hablar en su día, dejaba que una curandera le restregase todo el cuerpo con un huevo duro a la vez que recitaba conjuros para ver si así se le quitaban los tics. Y lo mejor de todo, según cuentan, es que, al quitarle al huevo la cáscara después del experimento, estaba todo negro por dentro. En cualquier caso, mi impresión es que, por lo que fuese, mejoró mucho de sus tics. Quizá fue que se tranquilizó al constatar que no había en toda España quién le pudiese toser. Aunque, esto, solo son especulaciones sin fundamento.
Sí, señoras y señores, las ciencias avanzarán toda la barbaridad que ustedes quieran, pero el pensamiento que rige el mundo es el mágico. La ilusión que lleva a creer que la felicidad se puede comprar en una tienda. Y todo en este mundo está montado en función de esa ilusión: todo son tiendas que venden felicidad. Y eso nunca va a cambiar, porque, como le argumentaba el Papa cuando bajaba a los calabozos a intentar convencer a Galileo, una cosa es la verdad y otra la realidad. La verdad es inmutable y la realidad cambiante. ¿Y quién es el que no apuesta por lo inmutable? Por la ficción.
En fin, me he ido por los cerros.
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