Ayer atracó en el muelle de la estación marítima un paquebote gigantesco de nombre Aventura. Uno de esos que llaman cruceros, de unos doce pisos de altura y miles de celdillas rigurosamente simétricas a sus costados. No sé cuánta gente llevaría dentro, pero entre pitos y flautas de cinco mil no creo que bajasen. La bandera era roja con una union jack en la esquina superior izquierda. Matriculado en Hamilton, que es una isla de Australia, supongo que por triquiñuelas administrativas. Antiguamente el chollo estaba en Monrovia. Recuerdo que hubo durante años un buque atracado en medio de la bahía de nombre Villa Marion con matrícula de Monrovia. Aunque eso es otra historia.
Entre unas cosas y otras, la ciudad rebosaba ayer de extranjeros. Las terrazas estaban abarrotadas de lo que parecían ingleses de clase media baja, es un decir, que en su mayoría consumían cerveza. Algunos, incluso paseaban entre los miles de adolescentes franceses que parecían tener tomada la ciudad. Todo ello, realmente, cosa digna de ver y, también, de preguntarse por su significado, si es que tiene alguno más allá del de matar la ansiedad a costa de lo que sea en el caso de los viejales ingleses y de atemperar las hormonas en el de los adolescentes franceses.
El caso es que así corre el mundo. Hace como quien dice cuatro días encerraron a todo el mundo en sus casas porque se iban a morir a millones y ahora parece que les echan a patadas allende las fronteras para que no den la lata. ¡Porque mira que la dan lo mismo los viejales que los adolescentes! Y, a todas estas, los agoreros que se las saben todas, no paran de vaticinar catástrofes económicas que al su decir van a ser la madre de todas las catástrofes.
En fin, a mí, que aquí me las den todas. Tengo aquí al lado los muelles de la dársena del pesquero que no acusan el tirón turístico. Solo deambula por ellos gente autóctona que ni fu ni fa. Ya me los conozco a todos de vista. Voy, me siento en un banco y tomo la brisa. Y acaso me sumerjo en las aventuras de Casanova, o cosa por el estilo. Luego, ya ventilado, me vengo para casa y agarro la guitarra, o el libro de Heródoto, o me tumbo a la bartola, o me preparo un piscolabis. La vida, en fin, al margen de los acontecimientos que siempre son más de lo mismo y nunca me aportan nada.
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