Cuando ya desesperaba con la partitura de Oblivion que me había agenciado, voy y caigo por casualidad sobre un tutorial que en una semana me lo ha puesto en bandeja. Dentro de un mes será, ya, pan comido. Y en esas voy y veo a Gabriela Quevedo tocando Libertango y, como se solía decir, flipo. Yo también quiero, me he dicho de inmediato. La verdad es que no sé que tiene Piazzola, pero, una vez que se te mete en la cabeza, no te lo puedes sacar. Ayer iba paseando con María por el muelle y no me podía fijar en nada porque iba obsesionado con las armonías de Oblivión. Tienen como una especie se sentimentalidad socarrona, o yo qué sé, que te hacen bien cuando te bailan por dentro.
Y en otro orden de cosas, sigo, por un lado, con las peripecias de Casanova para escapar de la cárcel en la que le tiene preso la Inquisición por motivos que el desconoce, porque, desde luego, el ser un libertino no le hace reo de nada. Sea como sea, toda la literatura que hay en ese proyecto de fuga es, pienso, de un valor incalculable para conocer la sociedad veneciana que precedió a lo que poco después vino a ser la madre de todas las revoluciones, la francesa. Era más que evidente la putrefacción de las instituciones aristocráticas que regían el mundo de entonces. Y, también era evidente, la pujanza de una nueva clase social ilustrada que estaba ya preparada para hacerse con el poder. En fin, el caso es que ya le tengo a punto de escapar y, con ello, el comienzo de sus viajes. Prodigioso personaje, en cualquier caso, si es que fue como se describe a sí mismo, que cuesta de creer, como diría un catalán.
Por otro lado, ya estoy enfrascado en lo de Heródoto. Es como una droga que te engancha a la primera de cambio. Tal es la cantidad de información a base de anécdotas curiosas que te da que no hay forma de parar. No acabo de comprender como los libros de este autor no son un bestseller permanente. En fin, cosas del mundo que vivimos que a buen seguro tienen su explicación.
Y, ahora, me voy a dar una vuelta, porque hace una mañana prodigiosa.
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