Ayer fuimos a pasar el día a Somo que viene a ser lo que los franceses llaman una estación balnearia. Había gente, pero no mucha y casi toda relacionada con la cosa del surf. Una furgo, una tabla, un perro, una estación balnearia atlántica, una guitarra acaso, y que aquí me las den todas. Yo comprendo que a los treintaitantos eso puede ser una tentación irresistible para cualquiera que tenga en perspectiva fundirse parsimoniosamente la herencia de unos padres acomodados. De hecho, todas las calles de Somo y Loredo estaban llenas de perros y furgos.
Son modas y las modas están hechas para apuntalar la movediza personalidad de los adolescentes. Acogerse a cualquier moda les da la seguridad de que están acertando. Afortunadamente, la inmensa mayoría se empieza aburrir pronto con la moda de turno y ensaya otras. Es una forma de ir acumulando frustraciones y, por tanto, de madurar. Sin embargo, hay una minoría que se queda colgada de la primera moda a la que se enganchó y, luego, cuando ya van por los cuarenta, tienen esa inconfundible pinta de los rokeros que nunca mueren que inspira al que los ve una mezcla de sentimientos entre la ternura y el dolor. Es imposible no pensar que son vidas desperdiciadas... aunque eso, vete tú a saber lo que es.
Fuimos y volvimos, desde Somo a Loredo, caminando por la playa. Una cosa que hice multitud de veces a lo largo de la vida. Tener ese espacio a mano -media hora de barca- es el gran privilegio de los santanderinos. Es como si hubiésemos hecho un pacto con el diablo. Cuantas veces, en mis periódicas estancias santanderinas, sintiéndome atacado por la melancolía, he agarrado la lancha y me he ido a recorrer ese arco de ballesta solitario con la música de fondo de las olas al romper. Ida y vuelta, doce kilómetros al menos; lo suficiente para calmar los espíritus más atribulados. Pero ayer, cuando ya veníamos de regreso, me acordé de la peau de chagrin (piel de zapa); iba reventado: mi tiempo se acaba. Llegué a casa para el arrastre y a las ocho y media ya estaba en la cama durmiendo.
La vida es así, un continuo ir recibiendo avisos para que limites tus aspiraciones. Bien es verdad que ayer hacía un día muy pesado: presión baja y temperaturas altas. Quizá cuando lleguen las calmas otoñales podré intentarlo de nuevo... para comprobar cuanta piel de zapa me queda.