miércoles, 4 de septiembre de 2024

Casta de Zeus

Cuando uno ve ya en la otra orilla el campo de asfódelos es fácil que entienda los grandes libros sapienciales. El bíblico Libro de Sabiduría, La Gran Enseñanza de Confucio, etc.. Se mire como se mire, se parecen todos con una gota de agua a otra. Y es que todo lo que hay que saber son las cuatro cosas que el más elemental sentido común se encarga de indicarte como imprescindibles para poder vivir en armonía con tus congéneres. Entonces, me preguntarás, ¿por qué esos libros levantaron tanto revuelo a lo largo de los milenios? Te lo diré sin demasiado miedo a equivocarme: porque la madre naturaleza es tremendamente injusta al repartir sus dones. Ténganlo por seguro, de tal injusticia nos vienen todos los desequilibrios y no habrá nunca príncipe lo suficientemente sabio para corregirlos; acaso, lo más, lo más, podrá paliarlos por una temporada. 

La naturaleza, a unos les hace inteligentes y a otros torpes, a unos atléticos y a otros enclenques, a unos los hace nacer en palacios y a otros en chozas. Así, con esas diferencias, es inevitable que la armonía esté llena de disonancias. Y fíjense en la cantidad de siglos que tuvieron que pasar antes de que las disonancias fuesen aceptadas como naturales e, incluso, adornos imprescindibles en la música so pena de abandonarla a un estado mortecino. 

La asunción de las disonancias ha sido un largo recorrido desde la noche de los tiempos para acá. Metías, allí por el medievo, un tritono en una pieza musical y tenías muchas probabilidades de acabar en la hoguera. Y es que el príncipe sabe que al pueblo llano le subleva que le toquen sus gustos y creencias. Pero claro, ahí están los desfavorecidos por natura carcomiéndose las entrañas. Y ya conocen el dicho, que Dios donde quita pone. Si te quita fuerza te da inteligencia, si te hace contrahecho te da mala leche. Y los príncipes parecen ignorar que no hay fuerza capaz de neutralizar la inteligencia, ni limosna que aplaque la mala leche. 

Por eso no funciona el invento, porque estos príncipes que nos gobiernan se quedaron anclados en los viejos manuales de armonía: el imperio de la jerarquía. Tónica, dominante y subdominante. Eso es tan aburrido que lleva indefectiblemente al suicidio... que es en lo que, al parecer de muchos, estamos. Y es que digerir a tipos como Schöenberg, Hayek, Freud, Loos, Rothbard, etc., lleva tiempo, no por nada, sino porque todos ellos son paladines de la desjerarquización, es decir, de la agonía; de la vuelta al viejo mundo clásico, en definitiva, cuando cada uno estaba obligado a responsabilizarse de su propia vida... como Odiseo divino, casta de Zeus.  

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