jueves, 19 de septiembre de 2024

Fatalidad

Cuando uno es muy viejo, a menos que no haya perdido del todo ya el juicio, la idea preponderante de las que rondan insistentes por la cabeza no puede ser otra que lo mucho que se ha equivocado a todo lo largo de la vida. Por decirlo sintéticamente, la vida no es otra cosa que una larga sucesión de equivocaciones. Bien es verdad que vivo confortablemente y mis relaciones afectivas son amables, pero la procesión de los recuerdos que llevo por dentro no me da tregua. Es como una factura que soy incapaz de pagar y siento siempre a los acreedores sobre mis pasos... hasta en sueños. 

Yo no sé si a todos los ancianos les pasará lo mismo, pero me temo que sí a poco cuerdos que se conserven. Y ésta de la cordura sí que es una cuestión peliaguda porque su perdida es indetectable por el afectado. Uno ve a viejos que le parecen más o menos razonables, pero diría que la mayoría tienen la cabeza para el arrastre... intentando convencerse a sí mismos de que aún pueden. Algo así como lo de aquellos tebanos asolados por la Esfinge hasta que llegó Edipo y les dijo que lo que tenían que hacer era usar cachava. 

 En fin, será así porque así lo tienen dispuesto los cielos, En cualquier caso, algo de consuelo encuentro pensando que mis errores, en su mayoría, fueron como los de Edipo, es decir, sin tener conciencia de estar errando. Fue la fatalidad. Aunque, también como Edipo, fatalidad o no, las consecuencias las paga el que los comete y su descendencia. 

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