martes, 17 de septiembre de 2024

Españoles

En su breve prólogo a la Historia Verdadera de la Conquista de la Nueva España, nos dice Bernal Diez del Castillo que los afamados coronistas comienzan sus historias con un preámbulo de retórica muy subida para dar luz y crédito a sus razones, porque los curiosos lectores que las leyeren tomen melodía y sabor de ellas. Añade que como él no es latino -supongo que quiere decir que no sabe latín- no se atreve a hacer preámbulo ni prólogo porque para podello escribir es menester otra retórica y elocuencia mejor que no la mía; mas lo que yo oí y me hallé en ello peleando, como buen testigo de vista, yo lo escribiré con la ayuda de Dios, muy llanamente, sin torcer ni a una parte ni a la otra, Y porque soy viejo de más de ochenta y cuatro años y he perdido la vista y el oír, y por mi ventura no tengo otra riqueza que dejar a mis hijos y descendientes...

El otro día reflexionábamos sobre lo va de la realidad a la ficción y viceversa. Bien, pues hubiéramos traído a colación esta Verdadera Historia que no por menos verdadera deja de superar a todas las ficciones de que tenemos noticia. A veces pienso que, si la literatura española es mucho más pobre que la inglesa o francesa en lo que hace a relatos de aventuras, pudiera ser ello debido a que para aventuras ya tenemos bastantes con todo lo que nos dejaron escrito aquellos cronistas que iban acompañando a los guerreros que conquistaron todo un continente. Teniendo constancia notarial de hechos tan prodigiosos, ¿para qué necesitaríamos imaginarlos? Quizá esa postración española que empieza a aparecer en los finales de siglo XVII y de la que no sé si ya habremos salido, ha sido la consecuencia necesaria de tanto dispendio de energía a lo largo de casi un milenio: primero para rechazar el islam y después para cristianizar América. En cualquier caso, ningún complejo, porque si hay país que pueda estar orgulloso de su historia, cualquier cosa que eso sea, ese es España. ¡Madre mía, lo que dimos de qué hablar al mundo! Y como es lógico de toda lógica, por lo general, hablar mal, porque, dado que no hay nada más humano que la envidia al que destaca, el hablar mal de él es el consuelo que les queda a los rezagados. 

Por lo demás, qué quieres que te diga: no hay hecho humano, por anodino que sea, que, relatado con retórica subida de tono, no tenga melodía y sabor como para convertirse en una historia rayando la leyenda urbana. ¡Ay si a los españoles les diese por leer a los Coronistas de Indias! ¡Cuántas historias verdaderas se podrían contar entonces en los bares! No se necesitaría ni siquiera el futbol para blasonar de españoles. 

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