De pronto la ciudad se ha llenado de pequeños locales dedicados a cortar y embellecer las uñas de las señoras. Nunca he visto un hombre en esos locales que siempre tienen una gran cristalera a la calle. Recuerdo que hace unos treinta años o así, una amiga americana que hice en Salamanca, me escribía con frecuencia desde Vacaville, California y, en una de sus cartas, me contaba que había decidido dejar de ir a hacerse las uñas y emplear ese dinero en el banco de alimentos de su parroquia. Yo aluciné al enterarme de que la gente en EEUU iba a un sitio a que le cortasen las uñas de la mano. Una degeneración moral, sin duda, como me dijo la mentada americana que estaba muy pesarosa por haber caído en la cuenta de lo estúpido que había sido su proceder. Sin duda Salamanca le había abierto los ojos en muchas cosas. Entre otras, que la ropa era mejor secarla al sol. Imagínense, con todo el que hay en California y toda la gente, veintitantos millones, secándola a golpe de electricidad. Supongo que hará falta una central atómica solo para eso.
En fin, sea como sea, el caso es ese, que no hay día que no vea un nuevo local para cortar uñas, muy cucamente adornado, algunos con un caniche con lacitos paseando entre las clientas, por los aledaños de mi casa. Esto ya está hecho un Vacaville cualquiera. Ahora solo falta que las que van a cortarse las uñas caigan en la cuenta de que son imbéciles y cambien de proceder como hizo mi amiga de Salamanca. Porque es que, además, es algo sumamente desagradable; por lo menos a mí no me gustaba un pelo cuando mi profesora de guitarra, en el Celeste de Barcelona, se empeñaba en limármelas. Y eso que era era una chica bien mona. Pero es que hay cosas que como uno mismo no te las puede hacer nadie. En fin, trances de la vida.
Pues sí, es un misterio; si a este barrio le quitan las peluquerías y las uñerías -llamémoslas así-, ¿en qué se queda? Porque bares hay unos cuantos, pero apuesto que menos de uno por cada diez de las otras. Son muy curiosas estas necesidades de la gente. Ahora todos los jóvenes necesitan ir cada quince días a esculpirse el pelo. Lo de las mujeres viene de lejos: media vida en la peluquería. No lo entiendo, la verdad. Hace casi veinte años que me compré una maquina en Lidl por menos de veinte euros y me lo corto en casa en cinco minutos cuando me apetece.
Desde luego que si hay algo sorprendente es la ciencia económica. Voy por la calle, veo un local en obras. Media docena de operarios, montones de material, y al cabo de quince días vuelvo a pasar por allí y hay una uñería o peluquería. Y es así como va la nave, con actividades que, a mi entender, son absolutamente prescindibles e improductivas. Y si no te cortan el pelo o las uñas, te dan masajes, o te ponen agujas, o te venden adornos... bueno, también aquí al lado tengo a un señor aborigen que recicla los ordenadores y, unos metros más allá, un paquistaní que lo mismo te plancha un huevo que te fríe una corbata en la cosa de los teléfonos. Por no hablar de los chinos, que a menos de veinte metros tengo a unos que me venden una fruta increíble por la mitad de lo que antes me gastaba en Mercadona. Y carnicerías y pescaderías, que a la gente le encanta ir a sitios que hay que hacer cola y te dan palique. No veas tú el que me da la china, que, por cierto, no la entiendo una palabra, pero nunca deja de sonreírme.
Sabor de barrio, tesoro antiguo, que cantaba el magistral Gato Pérez
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