Corrían los primeros sesenta del siglo pasado cuando andaba yo por Madrid haciendo el piernas so capa de estudiante. Entonces, una prima mía que a la sazón andaba por París y a la que había prestado algún servicio, me regalo un disco de Django Reinhardt. Yo conocía a Coltrane, Miles Davis y gente así, pero lo de Django ya fue demasiado. Era música que te ponía la cabeza como una moto. Luego andando el tiempo, como pasa con todo, quedó en el baúl de los recuerdos, hasta que un día, por los primeros ochenta, paseando por la plaza del Pino de Barcelona, vi a un grupo de músicos callejeros que eran impecable remedo de Django, Estéphane Grapelli y toda aquella colla que formaban el Quintette du Hot Club de France. ¡Leches, qué subidón! Aquella música había quedado grabada a fuego en mi inconsciente o donde coño quiera que sea que se graban los recuerdos imborrables.
El caso es que por aquel entonces apenas sabía de Django más que el que era un gitano francés que había andado por EEUU tocando con Duke Ellinton y gente así y que, ¡cómo no!, le había pegado a la droga dura -creo recordar que había una película que remarcaba este aspecto siniestro de su vida-. Fue después, cuando ya no había ciudad por la que paseases que no encontrases remedos del Quintette, que me enteré de aspectos realmente sorprendentes de Django. De chaval, la caravana en la que estaba durmiendo empezó a arder y escapó por los pelos, pero no sin graves lesiones. Una de ellas, la inutilización de los dedos meñique y anular de la mano izquierda. Él, que ya sabía tocar, no se arredró por eso y se las apañó para seguir tocado con el índice y medio. Supongo que hay que ser algo guitarrista para entender la hazaña que supone tocar con solo esos dos dedos por más que sean los más importantes. Resulta imposible saber en que medida esa circunstancia de los dedos inutilizados influyó en la creación del estilo que con el tiempo se ha convertido en uno de los más emblemáticos de la historia del Jazz. Una vez escuchado ya no se te va de la cabeza por siempre jamás.
Pero no es solo eso lo que a mí me fascina; lo más sorprendente de esta historia tiene que ver con la voluntad de poder y los dones que reparten los dioses. Y es que por mucho que haya de una si faltan los otros, apaga y vámonos. Lo sé a ciencia cierta por propia experiencia: llevo cuarenta años echándole voluntad a raudales y estoy en poco más que el primer día. Todo lo que toco se lo debo solo y exclusivamente a la memoria. Soy incapaz de un solo destello de creatividad. Mi oído apenas distingue los sonidos. En mi cabeza no hay una música propia que pueda expresar por medio de la guitarra de una forma automática. Es eso que veo en tantos músicos y que, si por un lado me fascina, por otro me frustra y me incita a tirar la toballa.
En fin, las cosas son como son. Ya sea porque uno mama del ambiente en el que nace -vean a la familia Assad-, o porque los dioses quieren comenzar contigo una saga de superdotados -los Reinhardt-, el caso es que, si bien la voluntad en esos casos es necesaria, lo es en una medida ínfima por relación a la que necesita un mortal del común que aspira a elevarse por ese camino vedado. Esto ya lo dejó niquelado Thomas Bernhard en su Novela "El malogrado": después de ver tocar a Glen Gould lo que mejor que puedes hacer es tirar el piano por la ventana; y, después de ver a Django, regalar la guitarra a un gitano.
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