Me lee Santi esta mañana ese parlamento que hace Sancho cuando decide abandonar el gobierno de la ínsula. ¡Ay, El Quijote! Nosotros también, como los judíos, podríamos ser un pueblo del libro. Con solo que en nuestras familias se tuviese por costumbre reunirse para leer y comentar un pasaje cualquiera de ese libro... pero, claro, sería pedir peras al olmo. Y es que la Iglesia dominante en nuestros días ha tenido buen cuidado en hacer una condena subliminal, por medio de sus catequesis incesantes, de todo lo que destilan las páginas de El Quijote. Y así es que, a la gente del común, se le cae de las manos si se ponen a leerlo. Es que es muy difícil, me dicen. ¡Una de Isabel Allende! ¡Marchando! ¡Ay, las chachas!
El Quijote es un libro renacentista. ¿Qué es el Renacimiento? Es volver a los clásicos. Es decir, olvidarse de aquello tan bonito del pastor y su rebaño por las orillas del lago Tiberíades comiendo panes y peces y tomar conciencia de que tú también estás hecho a imagen y semejanza de los dioses. Por lo tanto, tienes la obligación de responsabilizarte de tu propia vida. Esa es la única forma de estar vivo.
"Abrid camino, señores míos, y dejadme volver a mi antigua libertad; dejadme que vaya a buscar la vida pasada, para que me resucite de esta muerte presente."
En fin, allá cada cual con la esquila que se pone al cuello para estar seguro de que si le pasa algo enseguida va a venir el pastor a solucionárselo. Ya lo dijo aquel que dio la última vuelta de tuerca al delirio cristiano: ¿¡Libertad, para qué!? Y ahí sigue, con su cuerpo incorrupto en mitad de la plaza roja... y la gente le lleva flores.
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