Esta casi obligación que me tengo impuesta de escribir a diario una entrada en este blog no se crean que es cuestión baladí. Es un poco, abusando de la simbología, como la piedra de Sísifo; sobre todo esos días que estoy ganado por el escepticismo más radical. Tales días el esfuerzo es ímprobo y, por lo general, para ver después rodar la piedra hacia abajo con más velocidad que nunca. Y, si escribir no es otra cosa que reflexionar, del reflexionar con desgana, o por cumplir, nunca suele salir nada que merezca el nombre de reflexión.
Lo reconozco, estoy seco. Me pongo a tocar la guitarra y me doy cuenta de que tengo rota la uña del dedo medio de la mano derecha. Una uña imprescindible. Así es que cada vez que la uso la siento y, eso, me distrae. Cosas de la vida; se ve que los dioses omnipotentes, por lo que sea que hice mal, han querido darme un toque y me han enviado este alifafe consistente en hacer que esa uña, al llegar a su término, se parta en dos. No puedes tocar nada con ella porque se engancha. Una sensación desagradable en cualquier caso que impide la concentración.
En fin, los dioses. Ayer lo comentaba con Carlos, mi querido amigo palentino, sobre el temor que les debemos tener si queremos ser civilizados. De lo contrario, del ignorarlos, es que tantas veces andemos por el mundo como putas por rastrojo. Porque así es como andan los salvajes, por mucho que a veces vayan conduciendo un Lamborghini.
Ya digo, hay días que no hay forma de empujar la piedra hasta arriba. ¡Y qué le vamos a hacer!
No hay comentarios:
Publicar un comentario