En mis búsquedas por YouTube es inevitable que mi vista caiga sobre los abultados titulares de algunos vídeos. Desde luego que ni por asomo se me ocurre ponerme a mirarlos, más que nada por aquello que les decía ayer de la vehemencia. Pero ya sé que la publicidad va así, fundamentalmente por los caminos de la vehemencia o, si mejor quieren, la exageración. Así fue que esta mañana caí sobre el titular: CAMINO A LA PERDICIÓN. EUROPA HACIA EL ABISMO. ¡Toma castaña! ¿A ver quién es el que no se siente concernido ante tamañas negras premoniciones? Lo que pasa es que, a mi juicio, nunca, como con esto de las redes sociales, se había visto tomar tanto cuerpo aquella metáfora de "que viene el lobo". Porque las redes sociales tienen cosas maravillosas, sobre todo en lo del aprendizaje de las más diversas materias, pero, en lo que hace a la información de tipo político, es, sobre todo, el paraíso de los agoreros; ahí se pueden explayar todo lo que quieran que, cuando más negras sean sus premoniciones, mayor será su audiencia. Ya saben, todo el que anda jodido en un momento u otro, que es una inmensa mayoría de la especie humana, nada hay que le consuele tanto como que le confirmen en la idea de que todo se va a ir a tomar por el saco.
Europa hacia el abismo. ¡Pues claro hombre, eso lo ve hasta un ciego! ¿Y quién es el que no va hacia el abismo? ¿Y qué hay de malo en ello? ¿O es que acaso no se renace de las cenizas? Europa, como cualquier otro lugar del mundo, tiene sus ciclos y, diría yo, que ya tuvo su lote de máximos y, ahora, anda por el punto de inflexión que le ha de llevar hacia los mínimos. Si hasta Julio Iglesias lo cantó: unos que vienen, otros que van, la vida sigue igual.
En fin, negros presagios, lúgubre, gloomy, que dicen los ingleses. Y es que hay días que como que daría gusto escuchar al coronel Baños... ayer, sin ir mas lejos, todo el día morrinando, con un viento racheado que hacía inviables los paraguas, con el fantasma de un crucero gigantesco anclado en el muelle de la estación marítima, y la bahía como un plato gris mortecino sin límites definidos. Son las boqueadas del verano santanderino. Como el que recuerdo de mi infancia. Las lluvias que anunciaban la ya próxima vuelta al colegio.
El dichoso Coronel Baños -una vez me arriesgué a escucharle-; larga tanto el tipo que, digo yo, alguna vez acertará. Simple cuestión de probabilidades. Lo que pasa es que si acierta el coronel solo puede ser porque por fin ha llegado el tan ansiado lobo.
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