lunes, 2 de septiembre de 2024

Vehemencia

El gran problema de la vida es que siempre aprendemos demasiado tarde lo que es realmente útil. Muchas veces son pequeños signos a los que nunca dimos importancia, pero que, sin embargo, estaban ahí para marcar la diferencia. Quizá, no lo sé, entre la elegancia y el horterismo. O, más aún, entre la clarividencia y la ofuscación.  

Por poner un ejemplo omnipresente en nuestras vidas: la vehemencia. ¿Qué se esconde detrás de la vehemencia? Indudablemente, y sobre todo, la ausencia de reflexión. Algo reflexionado, por definición, te sume en un cierto grado de perplejidad por la sencilla razón de que la realidad es inaprensible. Ya lo dijo el sabio, que si quieres tener una razonable razón, valga la rebuznancia, dedícate a las matemáticas, porque todo lo demás son problemas sin solución. 

Tardé mucho en darme cuenta de que la vehemencia es, eso, una ofuscación, una declaración de incompetencia. Un querer convencerse a si mismo de que algo es como te gustaría que fuese por el estúpido procedimiento de intentar la aquiescencia ajena a golpe de abrumamiento. 

Uno, supongo, ha practicado mucho en esta vida ese tipo de estupidez y, también, la ha soportado mucho en el entorno. Pero, al fin, caí en en la cuenta de su verdadera sustancia. Por eso, cuando estoy razonablemente lúcido, huyo de ella como de la peste. Y no por nada sino porque no hay peste más contagiosa que el ofuscamiento. Te pones a hablar con un ofuscao y a los dos minutos ya has tirado por la borda el discurso del método cartesiano... ¡con lo que te costó entenderlo! Abscisas y ordenadas para saber dónde estás.

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