miércoles, 18 de septiembre de 2024

À bout de souffle

Ayer se lo mentaba y hoy vuelvo a la carga porque estoy convencido de que son hechos tan graves que, por mucho que quienquiera que sea que tengas las riendas de este mundo trate de hacer como que aquí no ha pasado nada, es de todo punto infantil pensar que los dioses omnipotentes lo van a pasar por alto. Nunca a lo largo de la historia esos dioses han dejado de hacer justicia ante cualquier hecho humano, ya sea para premiar al que les sacrifica, ya para castigar al que se salta las leyes no escritas del cielo. Esto es algo que, por mucho que hayan tratado de ridiculizarlo las ideologías dominantes de un tiempo para acá, nunca ha fallado, ni fallará, so pena de volver al estado de naturaleza, es decir a la ley de la selva. Toda nuestra civilización, como ya les he dicho alguna vez, se fundamente en el temor de Dios.  

El caso es que, quienquiera que fuese, voló el Nord Stream II, una obra que costó ingentes esfuerzos realizar y que era clave para hacer competitiva la economía europea. Desde entonces, Alemania, es decir, la máquina de Europa, va de mal en peor. Y de la voladura del Nord Stream II ni se habla. Es absurdo. Estoy seguro de que en algún sitio se tienen que estar ajustando cuentas y que en el momento oportuno sacarán a la luz todo el asunto para azuzar a las masas en una o en otra dirección. Esa ha sido siempre la lógica del poder: azuzar a las masas para que se maten entre ellas y les dejen de molestar. Lo que pasa es que casi nunca les ha salido bien el invento porque es muy difícil que los dioses no sean implacables. 

Y como lo del Nord Stream, lo de la Pandemia. Es un asunto tan oscuro y de tan funestas consecuencias que es imposible que no acabe por iluminarse y hacer que caiga la justicia sobre quienes quiera que hayan sido los artífices de la trama. Y que nadie se engañe al respecto, porque de nada va a servir que los políticos, esos mandados, hagan leyes encaminadas a mantener la oscuridad. La verdad es como el sol, siempre acaba por salir so pena de que el mundo se pudra. 

Y, así, otros tantos turbios asuntos que tienen al mundo en un ¡ay! Ayer, según he podido enterarme sin querer, le tumbaron una ley al gobierno de aquí con la que quería controlar la información sobre sus múltiples trapacerías. También le tumbaron otra sobre los alquileres de pisos, que esa sí que, por lo que pudiera haber afectado a mis hijas, me ha dado una gran alegría. Porque es que estos mafiosos, que viven en palacios, no quieren que la gente que ahorra, los temerosos de Dios, para que nos entendamos, pueda escapar a su garra fiscalizadora.   

No sé, porque a veces los dioses nos someten a duras pruebas para comprobar la fortaleza de nuestra confianza en ellos, pero, pienso que, por esta vez, ya deben estar a punto de mandarnos unas cuantas alegrías. A todos estos mafiosos sanguinarios que gobiernan las naciones ya se les empieza a ver al límite de sus posibilidades; à bout de souffle, por decirlo a francesa. Todas esas leyes que promulgan no son más que puertas que ponen en el campo. No se quieren enterar de que la información solo se le puede controlar a la chusma. De alguna manera, siempre fue así, pero hoy día ya es tan evidente que hay que ser absolutamente necio para ignorarlo. 

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