Por lo visto, ayer por la tarde la ciudad estaba colapsada porque había una manifestación contra la violencia machista. Hombres que pegan a sus mujeres siempre les ha habido y siempre les habrá, mayormente por carencias intelectivas; lo mismo que mujeres que envenenan a sus maridos a causa de sus insatisfacciones constitutivas. Pero, en general, las relaciones de las parejas tienen un aceptable pasar con sus correspondientes altibajos y, si las tensiones van a mayores, se divorcian y santas pascuas. Y así ha corrido el mundo sin mayores contratiempos hasta que apareció en escena esa seudociencia que llaman psicología y que, al parecer, encaja como un guante en la estructura mental femenina... porque, de no ser así, no tendría explicación el que todos los años salgan de las universidades millones de mujeres licenciadas en esa, ya digo, seudociencia consistente en tomar por certezas lo que solo son conjeturas indemostrables. O sea, lo que hicieron las porteras a todo lo largo de la historia.
El caso es ese, que por unas razones u otras que, para simplificar, podríamos englobar dentro del concepto de "maldición prometeica", el mundo se ha llenado de psicólogas que, como es natural, buscan vivir de sus seudoconocimientos. Y aquí es donde entramos en contacto con la parte perversa de las leyes del mercado: el mercado no solo se dedica a satisfacer las necesidades de la gente; también, tiene una parte y no pequeña, que consiste en convertir en necesidad lo que solo es deseo... o en hacer sentir como real lo que solo es ficción.
Ese es el gran problema de la humanidad, que hay que comer todos los días. Por eso es que el modus vivendi es núcleo de todas las preocupaciones. Y eso nos lleva a sacar de donde hay y, también, de donde no hay... ¡tan poderoso es el ingenio humano! Y claro, si millones de psicólogas tienen que comer, lo primero que tienen que hacer para ello, es convencer a la gente de que tiene perdido el juicio. Por eso es que todo el mundo ve en sus alucinaciones como van los hombres por la calle con el garrote en la mano persiguiendo a sus mujeres para darles su merecido.
Pues sí, todo esto de las leyes del mercado merece más de una consideración, porque no todo son bendiciones al respecto como pretenden algunos. Hay que tener en cuenta que, una gran parte de la mercancía que se vende, va a satisfacer, so capa de necesidades, lo que solo son caprichos... hasta el más tonto del pueblo sabe que son, precisamente, los caprichos, los que lo pudren todo. ¿Es que acaso lo de ir al psicólogo no es un capricho la inmensa mayoría de las veces? ¿No se podrían sustituir la mayoría de esas visitas por un simple ir a la cantera a picar piedras? ¿O darle un par de tortas al mocoso?
Se lo conté no hace mucho, pero volveré sobre ello porque en pocos sitios he visto tan bien explicados los efectos perversos del mercado. Están hablando Cipión y Berganza, dos perros, del portento que es el que ellos puedan hablar y, dice Cipión, que, tiene por averiguado la experiencia que, siempre que aparece un portento, es que alguna gran calamidad amenaza a las gentes.
"Berganza.- De esa manera no haré yo mucho en tener por señal portentosa lo que oí decir días pasados a un estudiante, pasando por Alcalá de Henares.
Cipión.- ¿Qué le oíste decir?
Berganza.- Que de cinco mil estudiantes que cursaban aquel año en la Universidad, los dos mil oían Medicina.
Cipión.- Pues, ¿qué vienes a inferir de eso?
Berganza.- Infiero, o que estos dos mil médicos han de tener enfermos para curar (que sería harta plaga y mala ventura), o ellos se han de morir de hambre."
Claro, Cervantes nunca dio puntada sin hilo. La demanda no la crea la necesidad, sino la oferta. O ¿por qué creen ustedes, si no, que sea el que todo el mundo se sienta enfermo? Pues simplemente porque hay un médico cada ciento cincuenta personas. Una oferta brutal que hace su silencioso trabajo: te tienes que sentir enfermo para que yo pueda comer.
En resumidas cuentas, que hay que tener más ojos que Argos para que no te la metan doblada.