".../ mas nunca se logran hijos / que al padre quiebran palabra./ Ni tampoco tuvo dicha / en cosa que se ocupaba, / nunca Dios le hizo merced, / ni es razón que se la haga". Le dice el Cid a Don Sancho.
Cuando el rey Fernando I, está en su lecho de muerte, hace jurar a sus hijos y a los caballeros de su corte que nadie, so pena de su maldición, debe cambiar las disposiciones de su herencia. A Sancho, le deja Castilla; a Alfonso, León; a García, Galicia; a Urraca, Zamora; a Elvira, Toro.
"Todos responden amén, / sino Don Sancho que calla."
Don Sancho es el primogénito y se siente traicionado; piensa que, como es tradición, el reino de su padre tiene que pasar integro a sus manos. Por eso, no se había enfriado todavía el cadáver de su padre y ya estaba guerreando para quitar a sus hermanos lo que pensaba era suyo por ley divina.
Bueno, todos saben cómo acabó Don Sancho, a manos de Dolfos Vellido, hijo de Vellido Dolfos. Todavía, si van a Zamora, podrán entrar a la ciudad por la Puerta de la Traición, así llamada porque se supone que fue allí donde Vellido acabó con Sancho de unas cuantas puñaladas.
Como ya les he contado, recibí en herencia un par de libros encuadernados en piel y con papel biblia, que hacen mis delicias. Una es las obras completas de Santa Teresa -ya les comentaré algún día- y el otro es el Romancero Español. En el Romancero hay unos doscientas y pico páginas dedicadas a glosar al Cid y su entorno. Entre la realidad y la leyenda nos queda un compendio de la condición humana que en nada desmerece, pienso, al que nos legó Shakespeare.
La condición humana, en su esencia, se mire como se mire, poco o nada se diferencia de la de las otras especies animales. Su núcleo constitutivo es la berrea. Todo gira alrededor de la imposición de los unos sobre los otros, mientras, las otras, están expectantes para irse de inmediato con el que se impone sobre los demás. A partir de ahí, todo vale. Siempre hay una razón superior que lo justifica todo. Por eso es tan delgada la línea que separa la traición de la lealtad. Al final, lo único a lo que podemos recurrir para consolarnos es a la justicia divina... "nunca Dios le hizo merced / ni es razón que se la haga", dice el Cid, el héroe guardián de las esencias que nos hemos inventado los que nunca ganamos en la berrea para no desmoronarnos.
Así ha corrido el mundo siempre y no es previsible que cambie: los que ganan en la berrea tramiten su ADN y, los que pierden, trasmiten su resentimiento inventándose héroes.
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