En el Siglo de Oro español había una frase que me parece que condensa en sí sola toda la sabiduría posible sobre la economía de mercado: "de balde compra el que compra lo que ha de menester". La frasecita se las trae; y por eso es que sea tan difícil pillarle el significado a la primera de cambio. Yo diría, exagerando un poco, que la mitad de la obra Walden de Thoreau consiste en tratar de explicar al respetable lo que significa esa frase. Porque, aunque no se lo crean, comprender esa frase es lo que más puede contribuir a hacernos personas ricas.
Y es que el asunto es ese, que cuando compras algo que no has de menester, como la Hermanos Conde que les decía, lo que en realidad estás haciendo es empobrecerte y, de paso, empobrecer el mundo. Y aquí es donde reside, a mi juicio, el Talón de Aquiles de la economía de mercado que, al no hacer distingos entre lo que es necesidad y lo que es simple deseo o capricho, incita a la gente confundir lo uno con lo otro y, de resultas, a rodearse de porquerías inútiles que son las que, a la postre, más contaminan el planeta, por no hablar de los espíritus. Sí, ya sé, me dirán que, con la producción y venta de esas porquerías inútiles, miles de millones de personas obtienen una remuneración que les permite vivir dignamente. Desde luego que, a primera vista, parece un razonamiento lógico, pero solo a primera vista. A segunda vista se da uno cuenta de que ese razonamiento es una imbecilidad letal.
El problema es que confundir necesidad con capricho es uno de los mecanismos que mejor proporciona a la gente la ilusión de escapar de sí mismo. Es el camino más directo al embrutecimiento. No dejar un minuto libre para poder dedicarlo al verdadero enriquecimiento, que es el del espíritu: aprender a observar para maravillarse con las bellezas de la creación a la vez que se entonan alabanzas al creador, es decir, nuestra relación con lo divino. Y para eso está el mercado, el verdadero mercado, el que satisface solo necesidades y no emponzoña con los caprichos. Así es como el tiempo se dilata y lo puedes dedicar a aprender a entonar esas alabanzas que, a la postre, son el único goce real que nos puede proporcionar la vida.
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