Uno nunca puede saber el grado de intencionalidad que hay por parte del poder en todas esas previsiones apocalípticas con las que vienen dándonos la tabarra los diversos medios de comunicación de unos años a esta parte. Y siempre, tan negras premoniciones, han ido quedando en agua de borrajas -se ve que al agua de borrajas le dieron en algún tiempo valores medicinales que resultó no tener-. ¿Se acuerdan del agujero de ozono? Íbamos a acabar todos como San Lorenzo en la parrilla. ¿Quién se sacó de la manga aquello? ¿Fue algo fortuito o una maniobra de distracción intencionada? ¿Cómo saberlo?
Luego, cuando se vio que lo del ozono era nada se pasó con igual entusiasmo a lo del calentamiento global. Según aquellas previsiones, para estas fechas ya tendrían que estar los continentes medio sumergidos en las aguas del mar. Otra vez fue nada, pero por el camino, se tomaron decisiones que han cambiado el panorama desde el puente. Y otra vez nos tenemos que preguntar sobre lo que hubo de intencionado o de, meramente, fortuito devenir.
A continuación, vinieron todas aquellas amenazas de peste que culminaron en la milonga del covid. Una especie de imbecilidad suprema que ha dejado un rastro de desolación -al que Dios se la dio, San Pedro se la bendijo- cuya única causa ha sido las decisiones tomadas por los poderes en curso. ¿Hubo alguna intencionalidad en aquel desiderátum? ¿De qué mentes podría haber salido una maldad tan sofisticada? ¡Ni al demonio se le podría haber ocurrido! No, más bien, por lógica bíblica, tuvo que ser algo venido de arriba como consecuencia del hartazgo de los dioses por nuestros estúpidos comportamientos.
El caso, se ve, es que no podemos vivir sin tener una espada de Damocles sobre nuestras cabezas. Seguramente es la consecuencia de vivir con la ilusión de haber matado a Dios. Durante milenios la creencia en Dios le había servido a la humanidad para tener algo a lo que temer y, así, no pasarse de la raya. Pero, enterrado Dios, ¡viva la Pepa! ¡El mundo a la medida de nuestros deseos! Obviamente. el invento no puede funcionar. Ni los perros son niños, ni el turismo son viajes, ni la inmigración paga las pensiones, ni, ni, ni... empeñarse en vivir en la ficción trae aromas de venganza.
Pues sí, señoras y señores, desde que no existe Dios, por fas o por nefas, tenemos que vivir siempre cagándonos por la pata abajo. Las tres cuartas partes de mi tiempo vivido, hasta que cayó el muro, viví pendiente del botón. ¿Lo apretarán o no lo apretarán? Y, en el entretanto, todos con hemorroides de tanto apretar el culo. No habíamos recogido todavía los escombros del muro y ya teníamos lo del ozono hasta en la sopa... y tiro porque me toca. No sé, pero para mí que ya se palpa el hartazgo; por eso, mejor volver a creer en Dios y en su justicia implacable. Mucho mejor, en cualquier caso, que andar especulando sobre intencionalidades ocultas y fortuitos devenires que nunca podrán llevar a nada que no sea emponzoñamiento de los espíritus.
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