sábado, 24 de octubre de 2026

¡Menuda mandanga!

El mal rollo de los pobres. Cuando en una discusión sobre modelos políticos alguien saca como argumento el tema de los pobres, yo, sé entonces, a ciencia cierta, que estoy ante un sinvergüenza, así que, simplemente, doy media vuelta y me voy. En tal asunto, los evangelios fueron bastante elegantes: a los pobres se le debe ayudar con una mano sin que la otra mano se entere. Porque, es que, además, en una sociedad libre, es decir, sin que nadie viva de organizar la vida de los demás, el número de pobres es irrelevante. En tal caso, la gente competiría por ayudarlos por aquello de que la filantropía es alimento del espíritu.  

Los pobres no aparecen porque sí: los pobres se fabrican. Y se fabrican por el sencillo procedimiento de desproveerles de voluntad. No hay nada más fácil ni más usado por los sistemas políticos que rigen buena parte del mundo. No hay nada más eficaz para ello que eso que llaman logro social y que consiste en desresponsabilizar a la gente de cuestiones esenciales para el mantenimiento de la dignidad, autoestima, o como quieran llamar a esa convicción íntima de que uno es autosuficiente para sobrevivir vengan como vengan dadas.  

Desresponsabilizar a la gente de su salud, de la educación de sus hijos, and last, but not least, de su entretenimiento, es el procedimiento que usan los Estados para conseguir el objetivo de la docilidad. Afortunadamente, en la mayoría de los casos, todavía no han osado desresponsabilizar en las cuestiones de la alimentación, vestido y techo, porque, allí donde lo han hecho, las consecuencias han sido letales. En cualquier caso, proveyendo salud, educación y entretenimiento, ya se obtiene la parte del león del empobrecimiento de la voluntad. Porque esas tres necesidades básicas fueron a todo lo largo de la historia los pilares del ahorro... y el ahorro, que es postergación de los deseos, es motor de la voluntad.

Siempre se dijo que la prevención a destiempo, malicia arguye. Y eso es lo que son todos estos sistemas políticos, prevención a destiempo. Y maldad a raudales. Destruyen a las personas para, después, so capa de ayudarlas, hacerse dueños de su voluntad. ¿Qué puede hacer una persona por sí misma si no ha sido capaz de ahorrar un céntimo? Todos esos chavales que andan dando la tabarra con lo de los pisos, les preguntas por su vida y resulta que conocen medio mundo, y no por trabajo, sino por el placer de rascarse las bolas en diferentes latitudes. Y no te digo ya, lo de las noches de copas, y los cachivaches para presumir. Claro, todos ellos se educaron en escuelas públicas. ¡Puro logro social!

En fin, trabajé en la sanidad pública y sé de lo que hablo. No creo que nunca el ser humano haya concebido un instrumento de destrucción masiva semejante. Es, indudablemente, un instrumento concebido por el demonio para conseguir clientela. Merced a tal instrumento es que media humanidad viva en el infierno sin necesidad de haber pasado al otro lado. La enfermedad se ha hecho omnipresente. Es lo que tiene que otro te lo resuelva todo, que no puedes salirte de ti mismo y sientes el destruirse que es el vivir. 

Y todo justificado por aquello de que los pobres no queden desprotegidos. ¡Menuda mandanga! 

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