domingo, 12 de febrero de 2023

Creador de indiferencias

 "El lema que hoy más quiero como definición de mi espiritu es el de creador de indiferencias. Querría que mi acción en la vida fuera, más que cualquier otra, la de enseñar a los otros a sentir por sí mismos, y cada vez menos según la ley dinámica de la colectividad... Enseñar aquella desinfección espiritual gracias a la cual no puede haber contagio de vulgaridad me parece el más constelado destino del pedagogo íntimo que yo querría ser. Que cuantos me leyeran aprendiesen - aunque poco a poco, como exige el asunto - a no tener sensación alguna ante las miradas ajenas y las opiniones de los demás; ese destino enguirnaldaría suficientemente el estancamiento escolástico de mi vida."

Yo no sé para ustedes, pero para mí que es imposible acercarse más al meollo de la cuestión. Se dan cuenta de que, en vez de pensar, dice sentir. Porque para pensar, primero hay que sentir. Y desgraciadamente solemos sentir según la ley dinámica de la colectividad, que eso sí que es una pandemia de vulgaridad. Una infección espiritual que consiste en vivir pendiente de las miradas y opiniones ajenas. 

En fin, el estancamiento escolástico de mi vida... ¿saben lo que quiero decir? Pues vayan a la Salamanca del XVI y se enterarán. A partir de entonces, todo ha sido retroceso.

sábado, 11 de febrero de 2023

Las etéreas salas

No importa que las mafias del poder, esa gente moralmente devastada, que nunca acaba de sentirse segura, ni satisfecha con lo que tiene, ganen algunas batallas, porque la experiencia demuestra que no hacen más que perder la guerra definitiva que mantienen con el afán de libertad del ciudadano común. Y es que cada ser humano tiene un componente divino, su imaginación, al que es imposible mantener encerrado en la cárcel. Para que se me entienda, es como lo de Penteo que quería mantener el orden, su orden, poniendo tras las rejas a Dionisos. No había forma. Siempre se le escapaba por arte de birli-birloque. Y es que para ciertas cosas no hay barrotes que valgan. 

No sé si se habrán enterado, pero el caso es que llevamos tres años en los que esas mafias del poder vienen echando el resto para mantenernos tras las rejas. Primero montaron lo de la pandemia, pero antes de un mes ya se les habían escapado los suficientes cerebros para difundir por el mundo que todo era una gran mentira. No habían pasado dos años y ya estaban completamente derrotados. El noventa por ciento de la población ya no se quería inyectar la pócima sagrada. 

Después montaron lo de Ucrania y ni siquiera en el ascensor te librabas de escuchar pestes contra Putin. ¡Tan malos los rusos! Inútil, también. Ayer mismo, la leyenda viviente, Roger Waters, puso blanco sobre negro, ante la asamblea general de la ONU, el engaño que hay sobre esa guerra.  ¿Y quién no va a creer a Roger Waters que trasportó a varias generaciones en las alas de su música por las etéreas salas? Un canuto, Pink Floyd... y carretera y manta. Sí, desde luego que, desde ayer, Putin es bastante menos malo. Y mañana lo será mucho menos porque la verdad, como le gusta decir al profesor Salvatore Vargas, ya se cae de madura. 

Nunca les ha durado mucho el chollo a las mafias del poder político-mediático. Ni nunca les va a dura. Darán mucho pol saco, eso sí, pero ya digo, el enemigo al que quieren someter tiene un no sé qué de sobrenatural que pretender controlarlo es como querer conservar el agua en un cesto. 

En fin, es lógico que los deficientes mentales se organicen en mafias para sobrevivir. Un mecanismo más de los ideados por la naturaleza para la conservación de la especie. 


jueves, 9 de febrero de 2023

Discapacitados

Ando revisando unas historias, digamos que de realismo social, que escribí hace más de treinta años, los suficientes en cualquier caso para que consideradas desde la perspectiva actual parezcan casi medievales. Hace cuarenta, cincuenta años, agarrábamos el coche, nos echábamos a la carretera y al cabo de un par de días aparcábamos en el centro de París, o de Londres, o de Lisboa, veíamos un hotel, entrabamos, pedíamos una habitación, nos instalábamos y nos tirábamos a la calle en busca de sensaciones. Y lo mejor de todo: nadie fiscalizaba nuestros movimientos por la sencilla razón de que no tenían medios para hacerlo. ¿Sé dan cuenta de a dónde hemos venido a parar en menos de tres décadas?

Nos ha pasado como a la rana del cuento, que acabó cocida por haberse metido en agua templada. Le fueron subiendo la temperatura y no se enteró hasta que ya estaba para ser comida. Todavía recuerdo cuando un bibliotecario de la USAL me dijo que me podía conseguir cualquier artículo científico en un instante. Muy poco después, viviendo ya en Barcelona, compré mi primer laptop y lo conecté al teléfono. Era una conexión lentísima, pero ya te ponía en contacto con todo el mundo. En cuatro días ya tenía una conexión rápida y flipaba. Cada día que pasaba le encontraba una nueva utilidad. El banco, las compras, los mensajes, los viajes... poco a poco, sin comerlo ni beberlo, me había convertido en un discapacitado que había encontrado la ortopedia que le permitía vivir como una persona normal. Tan así era que llegué a olvidarme de mi dependencia de la ortopedia.

Una ortopedia a la que, en un principio, no le veía otra cosa que ventajas. No pensaba para nada en dependencias y, mucho menos, en quién estaba detrás de todos aquellos servicios que me llegaban como por arte de birli-birloque. Todo ello tenía mucho como de sobrenatural. Nunca se me ocurría ponerme a pensar en algo tan evidente como que se me estaba olvidando escribir una carta. Total, para qué, si un mensaje era instantáneo y podías decir lo mismo. 

Pasado un tiempo, no mucho, empezamos a ver películas y series en las que la ortopedia de marras era parte fundamental del argumento. Las terminales informáticas eran utilizadas por las autoridades para perseguir a la delincuencia. Total, a mí, te decías, qué me importa que las autoridades sepan con quién me comunico y en dónde he comprado y el dinero que tengo en el banco y a dónde he ido, si no hago nada malo. Y, a los delincuentes, que se jodan. Que dejen de delinquir y nadie les controlará. 

El siguiente paso fue saber que no hacía falta delinquir para que tus datos estuviesen siendo manejados con fines, en principio, comerciales. Alguien estaba enterado de cuales eran tus gustos y preferencias y por eso era que te llegasen al correo tantos anuncios relacionados con los unos y las otras. Un paso más y ya era al abrir las redes sociales que aparecía en pantalla solo lo que te interesaba. Algún ser sobrenatural te tenía cogida la medida y no paraba de facilitarte la vida.  

Y así hemos llegado a este grado de cocimiento. Ya no somos nada sin la ortopedia, pero con ella somos todavía menos. Y así es que haya tanta gente ahora utilizando la ortopedia para salirse de ella. Te vas a YouTube y hay miles, millones acaso, de vídeos de gente que cuenta cómo trata desesperadamente de salirse del invento y volver a aquella soñada edad de oro en la que, como digo, agarrabas el coche, ibas a Paris y aparcabas delante de la Sorbona. Todo a la aventura y nadie que tú no quisieras se enteraba de tus andanzas. En fin, como ven, historias de discapacitados.   

martes, 7 de febrero de 2023

Lo siento

Siento mucho tener que insistir, pero es que me parece que hasta que no solventemos esto no podremos ser personas. ¿Es verdad o no es verdad que las llamadas vacunas para eso del covid han producido miles, cientos de miles, de víctimas debido a unos efectos secundarios que, al parecer, según acreditan ciertos documentos, injustamente mantenidos secretos, se sabía de sobra que se podían producir? El asunto me parece de tal envergadura que no se puede obviar ni un minuto más. En Japón un grupo de entre los más prestigiosos científicos del país han puesto una demanda al Gobierno por haber ocultado esa información. Ellos están seguros de que, efectivamente, las susodichas vacunas han producido una hecatombe. ¿Cómo puede ser que un grupo de prestigiosos científicos haga una rueda de prensa para explicar el asunto y ningún medio de comunicación se haga eco? Aquí está pasando algo muy raro que si no se dilucida nos va a llevar a todos por delante. 

La vida en apariencia sigue igual. La chusma se amontona a la puerta de los bares o pasea el perro por las alamedas. Los jubilados no se apean del coche ni para cagar y las autoridades no se cansan de organizar eventos e inaugurar centros cívicos. Por cierto, que las susodichas autoridades han llenado la ciudad con carteles de "También de esto se sale", refiriéndose el "también" al despilfarro energético.  Porque, claro, según ellos, de lo que hemos salido, y con nota, es de la famosa pandemia. Lo hicieron todo maravillosamente. Ni un solo periódico ni televisión les ha puesto la menor pega. Y al que lo ha osado, siquiera mínimamente, lo han arrojado a los leones. ¿Y nos vamos a quedar de brazos cruzados ante tamaña desfachatez? No, mira, hasta que esta gente se someta al escrutinio del pueblo soberano la cosa solo va a empeorar. 

Ya digo que lo siento, Pero esto es una cuestión de orden moral que nos concierne a todos. Y allá cada cual si quiere o no quiere esconder la cabeza debajo del ala porque va a dar igual. Y si no se lo creen, cojan, agarren una Biblia y váyanse a lo de Jeremías. Él decía que se lo había dicho el Señor, pero en realidad la que hacía era razonar sobre cuestiones de orden moral. Cuando la gente se salta los preceptos divinos es muy fácil predecir que se va a pegar el castañazo. La experiencia es determinante al respecto. Y esa es la cuestión, que aquí no hay precepto divino que no se haya violado por parte de las autoridades. ¡Por Dios bendito, qué años venimos de pasar! ¿Cómo es posible que todavía no nos hayamos quitado de enmedio a estos gobernantes?

En fin. 


domingo, 5 de febrero de 2023

El cerco

El cerco se estrecha. Me refiero al que la parte de la ciudadanía que todavía no está podrida le está poniendo a los gobernantes y a los que los sostienen que no sabemos muy bien quiénes son, pero que lo suponemos con bastante fundamento basándonos en los datos de la historia. 

Hoy de madrugada he escuchado la homilía de Neil Oliver, un predicador centrado en el estado de la democracia en el Reino Unido. 'We cannot be told what to do by Government' (el Gobierno no nos puede decir lo que tenemos que hacer), ha dicho. Porque el caso es que en Inglaterra existe desde 1215 una cosa que se llama Magna Carta Libertatum (Gran Carta de las Libertades). De las libertades individuales. Desde entonces ha sido una guerra continua, por defenderla el pueblo y por limitarla el poder constituido. Y en ello se está. 

Se está en Inglaterra y se está en todo el mundo. Porque nunca hubo ni habrá otra guerra que la que libran unos por dominar y otros porque no les dominen. A veces cuando los dominadores ven la cosa mal se ponen de acuerdo los de los diversos países para montar una guerra entre ellos que lleve a las poblaciones de sus respectivos países al matadero. Es una cuestión relativamente sencilla por aquello de que al ser humano se le convence con facilidad de que su vecino le está robando. Acuérdense de aquel Pujol que convenció a buena parte de los catalanes de que "Espanya ens roba". A mí desde luego que no me la dio, porque sé a ciencia cierta que aquello lo puso en marcha en connivencia con los mandamases de Madrit, como dicen ellos. Una manera bastante genial y efectiva de poder seguir manejando sin esfuerzo a las masas por el simple procedimiento de tenerlas enfrentadas. 

El problema que tiene ahora el poder en curso es que empleó una mala estrategia para enfrentar a unos con otros. Se inventó todo esto de la pandemia con la finalidad de, por medio del terror, imponer un control estricto sobre las poblaciones. La vacunación era el medio para implantar un carnet digital que permitiría utilizar las nuevas tecnologías, eso que llaman Inteligencia Artificial, para mantener a la gente en el cepo por el resto de sus vidas. ¡Y se acabaron los problemas! El fin de la historia. La alarma sonó cuando una parte de la población se olió el pastel y se negó a vacunarse. Se les empezó a demonizar y parecía que la cosa les funcionaba. Se les comparó con los nazis, con los pitecántropos... se pasaron varios pueblos. Gran parte de la chusma entró al trapo hasta el punto de que se convirtió en peligroso salir a la calle si no habías querido vacunarte. Pero duró poco el embeleco. De la parte de los no vacunados estaba lo mejor de la inteligencia del mundo. Y lo que pasa siempre, que la inteligencia tardará más o menos, pero siempre acaba ganando. Hoy día el noventa por ciento de las poblaciones callan como putas, pero cuando les dicen que se vayan a vacunar se quedan en casa... rumiando su vergüenza por las cosas que llegaron a decir.

No, hoy día los gobiernos no tienen enfrente a unas poblaciones divididas por la vacuna o cualquier otro invento del tebeo. Hoy, saben que están perdidos y por eso no hacen más que dar palos de ciego. Todavía controlan unas cuantas cosas, pero todas se les van agrietando. Ya en los medios de comunicación empiezan a tener voz los demonizados de ayer. ¡Y qué voz! Se oye de extremo a extremo cada vez con mayor delectación. Una nueva casta de héroes está surgiendo, la de los que no se dejaron engañar. Porque es que, además, era todo tan burdo... 

En fin, lo que les decía, que se estrecha el cerco y de nada va a servir meter la cabeza debajo del ala. 


sábado, 4 de febrero de 2023

Perplejidad

Como nunca nos enteramos de la misa la media, lo que es yo, que diría la quiosquera de mi barrio, cada día que pasa estoy más perplejo. Lo que es yo, porque, para lo que no lo es, parece como si nunca hubiese tenido tanto sentido aquel dicho que asegura que al que Dios se la da, San Pedro se la bendice. Que se muere un 20% más de gente de lo que es habitual... no pasa nada. Que ese 20% se componga en buena parte de gente joven... sigue sin pasar. Bueno, ahora, como  Dios se la ha dado a un destacado miembro de la familia real tailandesa parece ser que San Pedro no se la quiere bendecir y la cosa está que arde. Porque es que las evidencias se están haciendo insoportables para la segunda parte contratante de la segunda parte que, en realidad, es la primera. Ya no caben más malabarismos con el lenguaje y es hora de que alguien, o alguienes, den la puta cara. 

Pero, para perplejidad, lo de esa guerra que dicen que hay en Ucrania. ¿Qué se le ha perdido al mundo en aquella guerra entre clanes familiares? Imagínense, España, ¿dónde le queda aquello? Pues, si nos atenemos a todo lo que estamos ayudando a una de las partes en el conflicto, se diría que lo tenemos a la puerta de la cocina. Para los que no sabemos nada de los intríngulis, o resortes, de la historia, todo parece un montaje de opereta. Y, para mayor inri, hagas lo hagas, siempre se te pondrá ante los ojos la ong que te recuerda lo mal que lo están pasando los niños de ese país maldito. ¿Entienden ustedes algo? Yo, es que, aunque quisiese, no podría tener nada contra los rusos. Se me viene a la cabeza toda su literatura, toda su música, y no puedo más que hacerme su hermano de sangre. Claro que la música y literatura de aquellos lares no diferencia mucho, por no decir nada, a rusos de ucranianos. 

Quizá es que sea que así ha corrido siempre el mundo. Se quejaba Ernst Jünger de que cuando estaba tumbado sobre unas tablas en el fondo de una trinchera, leyendo Gengi Monogatori y escuchando el silbido de los proyectiles que pasaban por encima, no se podía quitar de la cabeza que un par de cientos de kilómetros más allá la gente iba a los cafés como si no pasase nada. Oye, a cada uno le toca lo que le toca, no se sabe si por merecimientos propios o porque Dios así lo quiere: también en esto somos como las hojas caídas que son juguetes del viento; nada que ver, en cualquier caso, con esa justicia divina que tanto preconiza el libro de libros. 

En fin, me voy a poner con la partitura de Oblivion que ya parece como que le voy cogiendo el punto. Me tengo que apurar porque ya vienen apretando por detrás las Seis Breviedades de Sergio Assad. Esto de cultivar un huerto es un puro sin vivir. 

jueves, 2 de febrero de 2023

Cepo

El caso es que por circunstancias de la vida llevo unos días que apenas salgo de casa, lo cual que le lleva a uno a hacer cosas que en condiciones normales nunca se me hubieran ocurrido. Y así ha sido que sin saber cómo ni por qué me he puesto a hurgar en los papeles que tengo arrumbados en un cajón. Y he encontrado un cuadernillo en el que hay media docena de historias que escribí cuando, como quien dice, apenas me había apuntado el bozo en lo que a escribir se refiere. Pues bien, me ha parecido que pudieran ser aprovechables para mantenerme entretenido unos cuantos días corrigiéndolas la forma ya que el fondo tiene esa ingenuidad de los principiantes que es lo que a la postre le da a cualquier arte su aquel de genialidad. Así que, por ese lado estoy contento. 

Por el lado en el que estoy un tanto encabronado es por el de siempre, por tener que soportar este sistema político que es lo más parecido a vivir en un cepo. Resulta que me vendría ahora como de molde tomar cierto medicamento que hasta hace no mucho podías comprar en cualquier farmacia por dos perras. Pues bien, ahora, tengo que pedir hora a un médico que sabe sobre el asunto que me concierne la décima parte que yo, tengo que ponerme la mascarilla, le tengo que suplicar una receta de lo que quiero, luego, si lo consigo, más mascarilla para la farmacia... ¿ustedes creen que esto es plan? ¿Pero por qué nos hemos dejado acogotar de esta manera? Y lo que más me desespera es que la gente a mi alrededor no vé por ninguna parte el cepo que les tiene inmovilizados. Nunca entenderé cómo hemos podido llegar a esto. Un sistema en el que por nuestro bien tiene convertido a cada sujeto en un policía de su vecino. Policía o, en el caso de los médicos, en un tiranuelo de mierda. ¡Dios, aquella manera de ejercer la profesión que tenía mi padre! Tengan por bien seguro que, al respecto, hemos retrocedido siglos. 

En resumidas cuentas, que voy a ver si me hago con un pequeño arsenal para las emergencias vía la India. Allí todavía puedes comprar medicamentos sin pedir permiso a la mafia médico-política de turno. En fin, que aquí me iban a pillar a mí si fuese algo más joven. Aunque sería más correcto decir menos viejo. Cualquier país de África me iba a servir mejor que este de mierda que nos dejó en herencia Franco con sus ansias socialdemócratas. ¡Dios, qué engañado he vivido!

miércoles, 1 de febrero de 2023

Torra

Sobre la necesidad de volver de vez en cuando a los principios. El otro día lo hablaba con Santi que me recordaba la importancia de leer a Aristóteles. Y en ello estoy. Con su Metafísica. Es muy curioso y supongo que instructivo, detenerse a pensar cómo el ser humano fue construyendo el edificio del conocimiento. Deconstruyendo el pensamiento mágico que es algo que como si nos fuese dado por gracia divina. El ser humano necesita respuestas a todo lo que le sorprende e inquieta y, cuando no tiene medios para encontrarlas, se las inventa. Es eso que llaman mitología. Lo interesante de todo esto es que el aprendizaje de cada individuo es como el de la humanidad en su conjunto: un penoso o gozoso, según cómo se mire, recorrido desde los cuentos de héroes con superpoderes a los limitados poderes de la razón. 

Es ésta, una transición que nunca se termina. Y, lo más curioso, es la facilidad con la que al menor tambaleo del espíritu evolucionado se retrocede hacia el mito como el más seguro refugio. Ya sea la varita mágica de Harry Potter, ya sea la infalibilidad Clint Estwood, ya la invulnerabilidad de John Wayne, ya sea la pandemia del covid, los ejemplos son infinitos, lo que nos apacigua es participar de la ilusión, siquiera por un rato, de que el mal puede ser vencido. 

La recurrencia del mito, esa es la gran cuestión de nuestra historia. Y no hay forma de avanzar un milímetro hacia una solución de ese cáncer de la humanidad. La dichosa paz infinita que decía aquel subnormal que curiosamente llegó a presidente de las Españas. Esa ansia de paz que solo puede calmar la guerra. Pero vete tú a contarle estas cosas a aquel presidente que seguramente ni siquiera había oído hablar de Aristóteles. 

De esas cosas es de las que te das cuenta cuando partiendo de los principios te pones a reflexionar sobre la realidad circundante. No hay forma de evadirse del miedo a perecer. Puedes despistarle un poco a costa de grandes esfuerzos intelectuales, pero, da igual, siempre vuelve a encontrarte a nada que el ánimo baje de nivel. Y vuelta a empezar con los sacrificios a los dioses. Hay que aplacarles para que no desencadenen su furia. Y si tienen alguna duda al respecto, ¿por qué piensan ustedes que es tan fácil gobernar a una comunidad cualquiera? Solo hay que poner un mito a circular y ya todos vienen a comer a tu mano como corderitos. En fin, Pilarín, que no hay manera de evitar que cuanto más aparente sofisticación hay en mundo menor sea la capacidad de los humanos para ser personas. Todo el día cagaos por la pata abajo. Y perdonen por la torra que les acabo de dar, pero es que esta especie de flojo malestar que vengo arrastrando desde hace unos días me empuja hacia los cerros de Úbeda sin que me queden fuerzas para resistirme. 

martes, 31 de enero de 2023

Sentimientos interpolados

The Conversation es una publicación con ínfulas donde las haya. Rigor académico, oficio periodístico, se define a sí misma. Desde luego que entre sus miembros fundacionales están prácticamente todas las universidades del mundo mundial. De las españolas, que hay unas cuantas, no falta ni una. Pero tampoco de las inglesas o francesas o estadounidenses. O sea, que reconocerán conmigo que, por fuerza, tiene que ser lo más de lo más. 

Les traigo esto a colación a propósito de un artículo aparecido el 6 de enero en la versión inglesa del invento.




ELLOS SABÍAN: ¿Por qué no hicieron más los no vacunados por avisarnos?

Parece un chiste, pero así es como corre el mundo. Ahora toca ser escarnecido por no haber hecho lo suficiente. Y así, escarnecimiento sobre escarnecimiento y sobre escarnecimiento uno, ríete tú de los judíos del holocausto, que es que hasta la misma subida al Gólgota parece cosa de niños. Todo lo cual no quita para que el gobierno de la nación, el de cualquier nación, siga implementando, como es preceptivo decir, campañas de vacunación para de aquí al fin de los tiempos.

Yo, porque todos los días paso un rato leyendo entre otros a Pessoa para que me recuerde que todo esto que llamamos vida en realidad no es más que algo así como un sueño, que, si no, ya me habría tirado por una ventana de este séptimo en el que vivo. Y menos mal que de vez en cuando nos pilla un exasoma de esos, lo que la chusma llama virus, que nos mantiene toda la noche en vela a causa de una tos seca a la que no es posible encontrar finalidad alguna, por más que sepamos a ciencia cierta que la tiene que tener; ¿qué es lo que no la tiene en esta maravillosa máquina autorreguladora que es lo que en definitiva venimos a ser?: 

  "La leve embriaguez de una ligera fiebre, cuando un malestar flojo y penetrante y frío por todos nuestros huesos doloridos y ardiente en nuestros ojos bajo sienes palpitantes-amo ese malestar como un esclavo a un tirano amado. Me da aquella quebrada pasividad trémula en la que entreveo visiones, giro esquinas de ideas y entre sentimientos interpolados me desconcierto."

sábado, 28 de enero de 2023

¡Qué veo! ¡Qué veo!

Soy una vieja máquina escacharrada. Me mire por donde me mire solo encuentro piezas desgastadas para las que no hay recambio. No sufro por ello porque siempre viví con la conciencia de que no puede ser de otra manera. ¡Ay, Quevedo, con todo lo que de niños nos reíamos con tus gracias y desgracias del ojo del culo! Y, sin embargo, ahora:

 

    ¡Ah de la vida!... ¿Nadie me responde?,

¡Aquí de los antaños que he vivido!

La Fortuna mis tiempos ha mordido;

Las Horas mi locura las esconde.


    ¡Que sin poder saber cómo ni adónde

la salud y la edad se hayan huido!

Falta la vida, asiste lo vivido,

y no hay calamidad que no me ronde.


    Ayer se fue; mañana no ha llegado;

hoy se está yendo sin parar un punto;

soy un fue, y un será, y un es cansado.


    En el hoy y mañana y ayer, junto

pañales y mortaja, y he quedado

presentes sucesiones de difunto. 



Y en los sucesivos entretantos que me van quedando:


    Retirado en la paz de estos desiertos,

con pocos, pero doctos libros juntos,

vivo en conversación con los difuntos

y escucho con mis ojos a los muertos.


    Si no siempre entendidos, siempre abiertos,

o enmiendan, o fecundan mis asuntos;

y en músicos callados contrapuntos

al sueño de la vida hablan despiertos.



Se acuerdan de aquel en el que Quevedo iba en el tren y le entraron unas ganas horribles de hacer de vientre. Como el tren iba abarrotado, pensó que no le iba a dar tiempo de llegar al servicio así que bajó una ventanilla y sacó por ella el culo para remediar su urgencia. Y en ello estaba cuando alguien, unos bancos más allá, sintió necesidad de asomarse por la ventanilla y al mirar para un lado y otro vio el culo de Quevedo descargando su mercancía. Y gritó entonces: ¡Qué veo! ¡Qué veo! Y Quevedo que lo oyó, dijo: ¡Joder, hasta por el culo me conocen!

Y es que, por aquel entonces los chistes de Quevedo hacían furor entre los niños. Seguramente era porque los adultos le leían. 



viernes, 27 de enero de 2023

Oblivion again

En los últimos meses he estudiado unas cuantas partituras que había considerado como inaccesibles para mí. En realidad, solo era pura pereza mental, como casi todo lo que nos gustaría hacer, pero no hacemos porque nos inventamos una impotencia que nos justifica. ¿Cómo voy a subir esta montaña con lo viejo que soy? ¡Cuántas vidas destrozadas porque alguien le dijo que no servía para los estudios! ¿Pero es que hay alguien que no sirva? Servidor mismo, toda la vida argumentando que no servía para médico. ¿Cómo que no servía? Para eso sirve cualquiera; aunque no cualquiera sirve para trabajar, sea en lo que sea, en una estructura jerarquizada. Y a este argumento fue al que me acogí para hacer de mi capa un sayo. Luego, cuando me diagnosticaron de fóbico social ya fue la cuadratura del círculo. ¡Pues, claro hombre, cómo iba a poder convivir yo con toda aquella chusma que no hacía otra cosa que mantener tratos inconfesables con los laboratorios médicos! Y un montón de cosas más. Como en el tango Adios Muchachos, me fui a tierras lejanas y salvé el pellejo. ¿Cómo hubiese yo aprendido a tocar Asturias con la guitarra si me hubiese quedado allí? Se imaginan que vida más miserable. Para mí, claro, que, para otros, con un gramófono se las apañan divinamente. 

Y así es que me he vuelto a poner con la partitura de Oblivion. Es mi segundo intento y, si Dios me da salud, pienso que será el definitivo. Tendré que hacer algunos recortes porque ceñirse estrictamente a la partitura requeriría un virtuosismo del que estoy a años luz. Pero me he dado cuenta de que cada cual la interpreta en función de sus capacidades técnicas y siempre suena reconocible. Es la magia de una melodía acertada. 

Por lo demás, me sigo apoyando en Pessoa para no caer en el engaño de pensar que algo en esta vida es real. Sé de sobra que no hago más que soñar que estoy despierto. Ahora, que la palabra woke sirve lo mismo para un roto que para un descosido. ¡Por Dios bendito, cuánta necedad! Bueno, a lo mejor Jeremías estaba algo woke porque tenía línea directa con Dios. Y es que no hay otra para despertar un poco que buscar esa línea directa, cual pudiera ser aprender la partitura de Oblivion.   

jueves, 26 de enero de 2023

Dwindling uptake

En un tweet, el Dr, Aseem Malhotra dice: "Covid-19 booster jab offer set to end in the U.K.". Y añade: Nosotros hemos hecho que esto suceda. Pero esto solo no es suficiente, debemos ayudar a los perjudicados por la vacuna y conseguir que el gobierno y la agencia reguladora del medicamente se hagan responsables para que cosas así no vuelvan a suceder. 

Pues sí, parece que el gobierno británico ya dio su brazo a torcer. Ya dejó de ofrecer las dosis de refuerzo. Booster, que le dicen ellos. Claro que la realidad es que, por debajo de los cincuenta años, solo un 0,1 % hace caso de ese ofrecimiento. Ya saben, ese mínimo porcentaje de trastornados mentales profundos que viven camuflados entre nosotros. 

El asunto viene de lejos, pero cobró un significativo impulso el día que el Dr. Malhotra empezó a escribir y hablar. Y claro, fue como lo de Galileo. Cuando uno tiene mucho prestigio es difícil hacerle callar por los procedimientos habituales del amenazar, insultar, ridiculizar y demás técnicas disuasorias. De pronto, las depauperadas cadenas televisivas cayeron en la cuenta de que invitar al Dr. Malhotra aumentaba exponencialmente sus audiencias. Todo se disparó y el gobierno se vino por la pata abajo. Ahora, ya, el asunto pasa a ser de la competencia de los gabinetes de abogados. La riada de demandas judiciales que se les viene encima a los artífices del invento pandémico, si es que así se le puede llamar, se va a llevar por delante, ya sea a unos cuantos chivos expiatorios, ya sea a todo el sistema en bloque. En cualquier caso, va a ser necesario dar a la manivela de hacer dinero a destajo, porque va a ser imposible no resarcir a las legiones de perjudicados. 

Así están las cosas en el Reino Unido. Y por si no fuese poco, van unos perros y se comen a su cuidadora. Y no porque tuviesen hambre, no, simplemente porque a los "uno más de la familia" les entraron ganas de celebrar algo. Es lo que tiene esta civilización, o cultura, que no sé, que nunca se cansa de celebrar lo que sea. En fin, bueno, parece ser que los británicos, con su flema y proverbial sentido del humor, se pasan ahora el día haciendo chistes acerca de los dueños de los perros, que es que esa gente, desde luego que no tiene la cabeza mucho mejor que los que se van a vacunar: pagan una pasta por salir a la calle a recoger mierdas. ¡Ya me dirán qué plan es ese!

¡Qué mundo éste!

miércoles, 25 de enero de 2023

Nada de nada

Ya he contado unas cuantas veces como, estando un día, después de comer, reclinado en mi sillón y mirando la CNN, pude ver todo el asunto de las torres gemelas de New York. Una de las torres echaba humo y el locutor hacía diversas interpretaciones. En esas estando, apareció un avión en pantalla y fue a embestir contra la otra torre. Se disiparon las dudas: se trataba de un atentado terrorista. 

Otro día, bastantes años antes, estando en mis quehaceres matinales en el hospital alguien vino a contarme que habían hecho volar el coche de Carrero Blanco, a la sazón heredero natural de un Franco ya en las últimas: otro atentado terrorista. 

Tanto uno como otro atentado muy pronto tuvieron su relato oficial que nadie por muy loco que estuviera se habría atrevido a cuestionar. Si uno fue obra de psicópatas islámicos, el otro de no menos psicópatas vascos. En cualquier caso todos sabemos de la perfección con la que los psicópatas suelen realizar sus malévolos designios. Los dos atentados, en efecto, fueron obras maestras en su género. 

Otro día, viviendo por entonces retirado en la Serralada Central, me llegó la noticia de la escabechina habida en los trenes de cercanías de Madrid. Me hizo llorar. Aquella vez no fue tan fácil cuadrar el relato. Parece ser que los ejecutores fueron unos delincuentes marroquíes, pero como se entrecruzaron diversos intereses políticos, todavía, hoy día, hay mucha gente que no se cree la versión oficial. 

El problema es que dadas las circunstancias por las que venimos pasando, ya casi va para tres años, es muy difícil ya creerse cualquier cosa que te digan desde las instancias oficiales. Y, entonces, empiezas a pensar. ¿Pero cómo puede ser que unos chavales fanáticos puedan llevar a cabo algo como lo de las torres gemelas? No sería más lógico pesar que detrás de ellos tenía que haber algún poder de esos que llaman fácticos por aquello de su cariz inapelable. Y con lo de Carrero Blanco, tres cuartos de lo mismo. Una cosa es poner bombas y otras crear una infraestructura que precisa una logística muy sofisticada. 

Por otro lado, leyendo a Baroja, te enteras de cómo los servicios secretos de los estados utilizan a los psicópatas para generar terror entre la población. La teoría es elemental: a una sociedad atemorizada se la maneja con un dedo. Y así es como, cada vez con más insistencia se levantan voces que afirman que lo de las torres fue cosa de los servicios secretos, como lo de Carrero, como lo de los trenes... y, desde luego que parece conspiranóico, pero como acabamos de ver lo que acabamos de ver, pues, uno, como que ya no sabe que pensar de nada. 

Bueno, sí, de una cosa sí que estoy seguro, y eso es de que, al poder, cualquier tipo de poder, no le cuesta nada sacrificar una pequeña porción de sus posesiones si piensa que con ello se va a afianzar. Por ejemplo, ¿Qué son tres o cuatro mil personas para un poder como el estadounidense? Cientos de veces han sacrificado a muchos más miles en todas las guerras inútiles que han promovido. 

Y eso, por no hablar de lo de la dichosa pandemia. ¿Quién con dos dedos se lo puede creer? Y esa obsesión con la vacuna... ¡Pero si es una enfermedad que caso de existir es una enfermedad de mierda! Y, ahora, esa contumacia con la que se tratan de ocultar los efectos adversos de las vacunas. ¿Qué puede haber detrás de eso que no sea aterrorizar para mejor manejar a las masas? ¡Qué mundo éste, Dios mío! ¡Con lo bien que se está sin saber nada de nada! 

martes, 24 de enero de 2023

Jeremiada.

Sigo bebiendo a pequeños sorbos del libro de Jeremías. Jeremías, ya saben, tenía línea directa con Dios y por eso nunca se equivocaba en sus predicciones. Avisó que venía Nabuco y Nabuco vino, aunque solo fuese para que miles de años después Verdi hiciese una opera con un coro de los esclavos hebreos que a todo el mundo le encanta por lo pegadizo y, también, porque es bailable. Tres por cuatro o así. 

La verdad es que Dios estaba hasta las pelotas de los judíos. Había firmado un contrato con ellos y ellos se lo pasaban por el arco de triunfo. O por el forro de los cojones si lo queremos decir de una forma más basta. Claro, empiezas siendo buen chico, cumpliendo a rajatabla y en cuatro días vas y te plantas en las alturas. ¿Y qué pasa cuando estás en las alturas? Pues muy sencillo, que todo invita a hacer romerías. Siempre hay algo que celebrar. Y cuando no hay motivo te le inventas. Y vas descuidando tus cosas y cuando te quieres dar cuenta resulta que o estás mórbido o has acabado de limpiabotas... como dice Putin de los europeos, pienso que con toda la razón del mundo. 

Eso pienso yo, que no hemos cumplido unos cuantos contratos y estamos pagando las consecuencias. No hemos respetado las fiestas de guardar. Tampoco a la mujer del prójimo. Por no hablar de meter la mano donde no debíamos. Y ya, en lo de las mentiras y maledicencias, como para parar un tren. Y en lo de honrar padre y madre, como en lo de las mujeres del tango, mejor no hay que hablar: basta con regalarles un perro. Así, que cómo quieren ustedes que esté Dios. Pues, se le llevan los demonios, naturalmente. 

Espero que, como la historia se repite una y otra vez, punto por punto, también esta vez, como cuando lo de Nabuco, Dios destruya o mande al exilio a los que se creyeron que podían torcerle el brazo. A los otros, paz y gloria. Se diría que ya está en ello.  

lunes, 23 de enero de 2023

Londres

 "... en el barrio donde habitaban, la combinación de la niebla y el humo era horrible y malsana; la calle estaba siempre sucia, mojada, pringosa. Muchas veces esta niebla olía mal, a hidrógeno sulfurado, y parecía que se habían reventado todas las alcantarillas del pueblo.

... cerca de la casa de María y de Natalia, unos mendigos solían esperar en fila, arrimados a una tapia, el momento de entrar en el asilo; algunas viejas salían de la taberna e iban borrachas apoyándose en las paredes; otras, envueltas en mantones raídos, de cuadros blancos y negros, o en toquillas rotas, con viejos sombreros enormes comprados en cualquier trapería, charlaban en las aceras aguantando la lluvia. 

Por todo el barrio, en las casas y en las tabernas, se oían riñas y disputas. Los hombres pegaban a las mujeres y a los chicos con una brutalidad terrible. Era triste ver en medio de esta civilización tan perfecta en tantas otras cosas, que se maltrataba a los niños como en ningún pueblo del mundo."

Baroja, cuando acababa una novela, se iba por ahí a buscar inspiración para la próxima. No sé cuánto tiempo permaneció en Londres, pero desde luego que le sacó partido. Y, también, a la vuelta a Madrid, debió tener que ir corriendo al zapatero a echar medias suelas a todos sus zapatos. ¡Madre, mía, lo que pudo llegar a zapatear aquel hombre! Porque, yendo en un cab, es imposible captar tantos detalles. 

Les he transcrito una muestra de esos detalles. Y no es que no describa ambientes elegantes y, sobre todo, productivos, Pero a Baroja se le nota la querencia por lo que pudiéramos llamar realismo sucio. Por todas las partes ve miseria y, donde no la hay material, la encuentra moral. Solo se salvan los anarquistas desengañados, a los que describe como una especie de congregación de santos dedicados a la filantropía. 

Todos esos barrios que describe, yo los pateé bien pateados sesenta años o así después que él lo hiciese y, homeless borrachos sí que vi unos cuantos, pero, por lo demás, lo que había allí era una actividad muy ordenada y yo diría que pulcra. Recuerdo ese barrio donde vivían María y Natalia porque fui un par de veces con mi novia a visitar a un valenciano, pariente lejano suyo, con motivo de habernos quedado sin fondos. Como el valenciano de la novela, este también se dedicaba a la importación de cítricos. Se le veía boyante y amable por los cuatro costados. Nos proveyó de metálico y nos citó para tomar el café en su casa el próximo fin de semana. Vivía en un piso frente a la estación Victoria que era la quinta esencia de lo inglés, o sea, caoba y cuero para parar un tren. 

El caso es que recuerdo todo aquello con nitidez porque ir allí a pedir dinero me supuso una humillación insoportable. En general lo pasé fatal durante aquella estancia en Londres. Aprendí algo de inglés y visité museos y asistí a conciertos. Y vivía en un hotelito en Wimbledon donde me trataban con amabilidad. Pero no me podía quitar de la cabeza el dinero que estaba pidiendo a mi padre. Pasaba por delante de los escaparates donde había anuncios solicitando personal y me desgarraba por dentro por mi falta de valentía. Una vez abandoné el hotel y me fui a un albergue y me fue imposible aguantar más de una semana. Una noche, en la sala de sofás desvencijados que había en la planta baja hubo una trifulca entre yorubas y biafreños que me dio la excusa para regresar al hotel con el rabo entre las piernas. 

¡Qué tiempos aquellos, madre mía! No me extraña nada que me gustase tanto Baroja. Nada le consuela tanto al que está mal como que alguien le confirme en la idea de que hay miseria por todas partes, y, sobre todo, por lo que me tocaba, la de cariz moral que exhibe la burguesía. No era feliz compartiendo la felicidad a mi alrededor. La veía impostada y, sobre todo corrupta. Lo cual no me impedía aprovecharme con la correspondiente carga de culpabilidad. Por fortuna, nada más regresar de Londres comencé a hacer la especialidad en régimen de internado y, con ello, me liberé de toda dependencia económica. 

En fin, la vida, me faltó valentía.