martes, 5 de mayo de 2026

La unidad de España

En nuestras conversaciones mañaneras de punta a punta del continente Euroasiático, tratábamos ayer del asunto España. O sea, de este vivir sin vivir en mí, que es un sinvivir. A través de los siglos, cual si fuéramos niños, estamos con el te junto, no te junto. El motivo que nos había llevado a ocuparnos de este manido tema no era otro que el estar leyendo yo Las Meditaciones del Quijote y Jacobo Japónicus La España Invertebrada, las dos de Ortega. 

Japónicus lo ve claro, las diferentes regiones de España se juntaron a raíz del descubrimiento de América por la sencilla razón de que ese descubrimiento trajo negocio para todos. Si no hay negocio, no te junto. Cuando se acabó el negocio de América se trató de salvar el invento de España por medio de las políticas económicas conocidas como mercantilistas. O sea, como cuenta Baudelaire en sus memorias, los españoles tienen que comprar los calzoncillos a los catalanes en vez de a los ingleses por más que sean mucho peores y diez veces más caros. Así es como se consiguió tener a Cataluña callada. Franco hizo lo mismo: más mercantilismo. Y cuando se empezaron a abrir los mercados, de inmediato comenzaron a resurgir las pulsiones separatistas. 

Dice Ortega que lo que tenemos que hacer los españoles para sosegarnos es lo que hacían los marineros del Mediterráneo para neutralizar el canto de las sirenas, o sea, cantarlo al revés. Así debemos, nosotros, «cantar a la inversa la leyenda de la historia de España, a fin de llegar a su través hasta aquella media docena de lugares donde la pobre víscera cordial de nuestra raza da sus puros e intensos latidos». La verdad es que Ortega es, con frecuencia, un tanto redicho; a Sánchez Ferlosio le ponía de los nervios. 

Sigue Ortega: «Una de esas experiencias esenciales es Cervantes, acaso la mayor. He aquí una plenitud española. He aquí una palabra que en toda ocasión podemos blandir como una lanza». El Quijote, digo yo, es lo que podría, perfectamente, convertir a los españoles en otro "pueblo del libro", más o menos como los judíos lo son respecto de la Biblia. Hace ya muchos años que lo pienso, que si los españoles creciesen estudiando los significados ocultos en el Quijote, como hacen los judíos con la Biblia, seríamos el pueblo imbatible. ¿Qué país tiene un libro que se le pueda parecer al Quijote, ni siquiera de lejos?  

En fin, el caso es que, tanto Japónicus como yo, venimos escuchando de un tiempo para acá los razonamientos del profesor Bastos sobre las ventajas e inconvenientes que traen aparejados los tamaños de las naciones. Y parece bastante convincente la idea de que, por lo general, big is not always better —no siempre es mejor lo mayor—. De hecho, la grandeza de Europa se construyó cuando estaba formada por cientos de territorios independientes. Como la Italia del Renacimiento. O sin ir más lejos, la España de la Reconquista. 

Resumiendo, que no se le debiera dar tantas vueltas al asunto de la Unidad de España. Si les conviene a las partes ya se juntarán de buen grado. Si piensan que no les conviene, cada uno en su casa y Dios en la de todos. En cualquier caso, los vecinos siempre han comerciado entre ellos, lo que, a la postre, es el único cemento que funciona, siempre y cuando, claro está, a ese cemento no se le mezcle con la arena de las regulaciones.  


lunes, 4 de mayo de 2026

El tren de las tres y diez

Hay una cadena de televisión regional que debe de ser propiedad de la Iglesia. La suelo mirar porque a media tarde suele poner películas sin anuncios o concursos de bolos que me retrotraen a la infancia. Generalmente, no aguanto mucho ni con unas ni con otros, pero a veces me engancho, como fue el caso de ayer que se trataba de un western protagonizado por dos gigantes de la interpretación, Van Heflin representando el bien y Glen Ford en el papel del diablo. En realidad, toda la ficción que ha producido el mundo desde que es mundo no consiste en otra cosa que esa lucha sin final posible entre el bien, asociado siempre al sufrimiento, y el mal corriendo parejas con los placeres sin fin. Por supuesto que toda esa ficción ha sido creada con la intención de adoctrinar al vulgo con la idea de que el bien siempre triunfa sobre el mal, una ilusión que nos permite seguir tirando hacia delante. Pero, ya digo, una ilusión: la realidad es que el bien y el mal conviven en un ten con ten que les mantiene en un estado de continua tensión. Esa idea de que Dios impera sobre el diablo es la parte más infantil de todas las religiones. 

En cualquier caso, toda la ficción, como digo, descansa en esa tensión entre el bien y el mal que es inagotable, precisamente, porque es parte constitutiva de cada uno de nosotros: todos, absolutamente todos, puestos en las circunstancias adecuadas, podemos tirar hacia un lado o el otro sin que nuestra voluntad pueda hacer nada al respecto. Las circunstancias son las que hacen al héroe y, también, al villano. Ya saben aquello que dijo el filósofo: yo soy yo y mis circunstancias. 

Esa tensión entre el bien y el mal, digo yo que traerá causa de la pulsión biológica que encamina los actos de casi todo lo que vive hacia la conservación de la especie. Y digo casi porque, por razones que desconozco, hay seres vivos en todas las especies que tienen una propensión natural hacia la aniquilación. A veces, como hemos visto en numerosas ocasiones a lo largo de la historia, este tipo de propensión se propaga por los espíritus como una enfermedad contagiosa... la naturaleza es sabia y tiene razones para hacer lo que hace que nosotros los humanos no podemos comprender. 

De todas las maneras, al menos nosotros los humanos tenemos una cosa que se llama razón. La razón es al algo con lo que, en teoría, podemos interactuar con la naturaleza para modificar en cierta medida sus designios. Pensamos que si hacemos ciertas cosas —controlar nuestros deseos principalmente— no ponemos en peligro la continuidad de la especie, o sea, que estamos haciendo el bien. Por contra, cuando nos dejamos arrastrar por nuestras pasiones secretas, aun sin querer reconocerlo, tenemos la convicción íntima de que estamos contribuyendo a hacer un mundo peor.

En la película de la que les hablaba, El tren de las tres y diez, Van Heflin, el bien, es un granjero que tiene mujer e hijos y las pasa canutas para sacarlos adelante. Por contra, Glen Ford es un forajido simpático que se dedica a asaltar diligencias y seducir mujeres; nada le ata al mundo que no sea satisfacer sus caprichos. En fin, lo de siempre para que el argumento prospere: el granjero soluciona su problema entregando al forajido a la justicia. Al final de la película hay un detalle esclarecedor; nadie es tan malo que esté incapacitado para tener un destello de compasión. En fin, cosas de la ficción que necesita sus reglas para funcionar.  

domingo, 3 de mayo de 2026

Principios

Decíamos ayer que la cultura viva, la verdadera, no es otra cosa que el tesoro de los principios. Los principios son las herramientas que nos permiten resolver problemas. Por eso, la principal característica de un principio tiene que ser que no sea problema el mismo. Tienen que ser claros como el agua, como, pongamos por caso, los teoremas de geometría. El teorema conocido como de Pitágoras es un principio impepinable y, por eso, es herramienta que ayuda a resolver infinidad de problemas. Tengo que confesar que, para mí no hay pasatiempo, aparte de la guitarra, como intentar resolver un problema de geometría; siempre que tengo que hacer tiempo por cualquier motivo, saco el móvil y busco un problema de esos... a veces consigo que la cabeza me eche fuego.

La cuestión de los principios la dejó niquelada Pessoa cuando dijo que los únicos problemas que tienen solución son los matemáticos. Y eso es porque las matemáticas son la única materia que tiene principios de hormigón armado. Todas las demás materias, las que no precisan de las matemáticas para sustentarse, tienen los principios de barro. De pronto, un día, generalmente cuando ya eres viejo, caes en la cuenta de esta realidad incuestionable y todo cambia para ti. Y cambia porque ya no quieres seguir siendo un idiota que se muere por hacer eso que llaman socializar. 

Socializar, ¿qué es eso? Pues muy sencillo, darse la razón los unos a los otros utilizando principios con pies de barro: todos de cabeza al precipicio. Si uno se pone a analizar, ya sea la propia vida, ya sea la historia de la humanidad, no tardará en darse cuenta de que tanto la una como la otra son una sucesión ininterrumpida de fracasos o equivocaciones, precisamente, por haber razonado con principios con pies de barro. Esto es algo tan obvio que por eso es que haya desde hace miles de años filosofías, generalmente orientales, que preconizan la no acción. Dejar que la vida, la historia, siga su curso sin meter nuestras pezuñas por medio con la intención de mejorarlas. 

He dicho, generalmente orientales: perdonen el lapsus. Porque, ¿qué es el mito prometeico sino una invitación a la no acción? Todo lo que maquinamos con la intención de mejorar nuestra vida, irremisiblemente nos lleva a un encadenamiento que nos impide huir del águila que viene a roernos los hígados. Solo el sueño reparador alivia nuestros tormentos. 

En fin, allá cada cual en cómo se las apaña para esquivar al águila... yo, la verdad, no veo a muchos que lo consigan.  

sábado, 2 de mayo de 2026

El concepto


Claro está que el sistema político en el que nos hallamos inmersos tiene como eje de su eficacia la destrucción del individuo por medio de la propaganda. No creo que esto sea algo nuevo y, eso, por más que la tecnología haya dado poderosas herramientas a las élites dominantes para que la propaganda nos entre con una vaselina que nos hace vivir con la ilusión de que somos dueños de nuestro destino. Personalmente, cuando oigo a algún pringao invocar la democracia, automáticamente pienso: este tío ni siquiera es un sinvergüenza, es, sencillamente, un tonto del culo. Que la invoque un mandamás, me parece natural por las mismas razones que las élites, hasta el que se conoce como siglo de las luces, invocaban la religión. ¿Qué diferencia hay entre un púlpito y una televisión? Hasta donde se me alcanza, ninguna. Los dos artefactos sirven por igual para difundir la religión, ideología, o como lo quieran llamar, que convierte a los individuos en borregos. En realidad, para qué nos vamos a engañar, nunca ha habido otra forma de mantener más o menos sosegadas a las sociedades que aborregándolas por medio de una religión del tipo que sea... es decir, por medio de una mentira... o de vivir en la oscuridad, si mejor quieren. 

Sigo bebiendo, a pequeños sorbos para mejor saborearlo, las Meditaciones del Quijote de Ortega. Para mí, ese libro y Oráculo Manual, Arte de Prudencia de Gracián son la cúspide del pensamiento descarnado en mi propio idioma; luego, por supuesto, está El Quijote, que es lo mismo, pero con carne. En cualquier caso, leer esos libros es, pienso, la mejor forma que tenemos de dar con el portillo del caer en la cuenta, que es el primer paso de este negocio, el segundo paso es saltar por él para escapar del rebaño.

Transcribo a Ortega:

«Cantaba Goethe: 

"Yo me declaro del linaje de esos / que de lo oscuro hacia lo claro aspiran.

Y a la hora de morir, en la plenitud del día, cara a la primavera inminente, lanza en un clamor postrero un último deseo, la última saeta del viejo arquero ejemplar: 

¡Luz, más luz!

Claridad no es vida, pero es la plenitud de la vida. 

¿Cómo conquistarla sin el auxilio del concepto? Claridad dentro de la vida, luz derramada sobre las cosas es el concepto. Nada más. Nada menos.

Cada nuevo concepto es un nuevo órgano que se abre en nosotros sobre una porción del mundo, tácita antes e invisible. El que os da una idea os aumenta la vida y dilata la realidad en torno vuestro. Literalmente exacta es la opinión platónica de que no miramos con los ojos, sino al través o por medio de los ojos; miramos con los conceptos. Idea en Platón quería decir punto de vista. 

Frente a lo problemático de la vida, la cultura —en la medida en que es viva y auténtica— representa el tesoro de los principios. Podremos disputar sobre cuáles sean los principios suficientes para resolver aquel problema; pero sean cualesquiera, tendrán que ser principios. Y para poder ser algo principio, tiene que comenzar por no ser a su vez problema. Esta es la dificultad con que tropieza la religión y que la ha mantenido siempre en polémica con otras formas de la humana cultura, sobre todo con la razón. El espíritu religioso refiere el misterio que es la vida a otros misterios todavía más intensos y peraltados. Al fin y al cabo, la vida se nos presenta como un problema acaso soluble o, cuando menos, no insoluble. La religión nos propone que lo expliquemos por medio de misterios, es decir, de problemas formalmente insolubles. El misterio nos lleva de lo oscuro a lo tenebroso. El misterio es la lujuria de la oscuridad.»

No sé qué más se podría decir al respecto. Bueno, sí, que para entender que es eso del concepto en toda su dimensión, quizá, lo mejor sería echar un vistazo a Los Elementos de Euclides. Para poder resolver los problemas de geometría lo primero es tener una idea exacta de lo que es el punto, la línea, el plano, el círculo, etc. Por eso las primeras páginas están dedicadas a dejar nítidos los límites de esos conceptos. 

viernes, 1 de mayo de 2026

Kafka

Hace unos meses murió la mayor de mis hermanas. Como, por un lado, no tenía descendencia y, como por otro, tenía un cierto patrimonio, nos lo dejó repartido entre los diversos familiares, amén de la Iglesia de la que era muy devota. Se lo cuento porque, con motivo de querer tomar posesión de la parte que me corresponde —dinero invertido—, ayer tuve que pasarme la mañana de banco en banco para, a duras penas, pergeñar la estrategia que, en un futuro, no sé cuan lejano, me permitirá apoderarme de lo que por derecho es mío. 

Les he contado esta anécdota, sin el menor interés aparente, porque a donde quería llegar es a hacer algunas consideraciones sobre la realidad de nuestro presente. Para empezar, les diré que en mi peregrinaje de ayer por la mañana no dejé ni un solo momento de sentirme un personaje de una novela de Kafka; es decir, atrapado sin remisión en un engranaje de papeleos absurdos cuya única finalidad es que mucha gente tenga algo que hacer para así olvidarse de que se está muriendo... como por otro lado es el noventa y nueve con nueve de los trabajos actuales que, ya, merced a los avances tecnológicos, nada tienen que ver con la supervivencia... o sea, que el asunto de la manduca no representa ni siquiera el uno por ciento del producto interior bruto de cualquier país medianamente desarrollado. Hoy día, lo que se considera riqueza es poder estar entretenido con chorradas que te hagan olvidar que todo lo que está vivo ineludiblemente se está muriendo.  

Por supuesto que todas las personas que me atendieron en los diferentes lugares eran del género femenino. Eso sí, todas muy bien trajeadas, con la pretensión, supongo, de querer camuflar sus morbideces... lo que llaman el eterno femenino. Comparo a esas pobres mujeres con mi madre, que era ama de casa, y me doy cuenta de cómo han degradado su vida. En realidad, juraría, en esa degradación estriba el gran problema social que los partidos políticos se empeñan en solucionar por medio de los más estrambóticos remedios. Si esas pobres mujeres estuviesen en su casa reinando sobre su prole, se acabarían los problemas; si no todos, al menos, los que de momento tienen a la apestosa clase política tirándose los trastos a la cabeza los unos a los otros. 

¿Pero cómo no se dará cuenta la gente de que lo que se dio en llamar liberación de la mujer ha sido un fracaso histórico de proporciones morrocotudas? A la postre, lo único que se ha conseguido es generar una cascada de resentimientos que se nos está llevando a todos por delante. Es el típico resentimiento de quien se siente engañado sin ser consciente del cómo ni del porqué lo ha sido. Por eso disparan a voleo, buscando chivos expiatorios a diestra y siniestra. Da hasta risa escuchar esos alegatos que echan algunas, las más lideresas, por las redes sociales. ¡Por Dios bendito, qué incultura! 

Toda esta mierda que nos anega es a causa de que las mujeres están en donde no deberían estar. Si todo ese papeleo lo tuviesen que hacer los hombres ya hace tiempo que se hubiera simplificado porque está en la naturaleza de lo masculino buscar efectividad fuera de casa, lo mismo que lo está en lo femenino buscarla dentro: son los mecanismos encaminados a facilitar la conservación de la especie. No, convénzanse, las mujeres sirven para lo que sirven, que es lo más sagrado. Los hombres, por contra, estamos para lo mundano. Trastocar esos papeles solo trae problemas irresolubles... como el que tengo yo en la mandíbula desde que una mujer se puso a sacarme una muela y, como no tenía fuerza suficiente, hizo palanca y me la descoyuntó, de resultas de lo cual tendré que morir con ese alifafe que me obliga a comer con un cuidado extremo y sujetándome la mandíbula no se me vaya a desencajar y vea las estrellas. ¿Por qué coño tiene que ser dentista una mujer? ¿Es que no hay hombres suficientes para ese oficio que requiere, no solo habilidad, sino también, y sobre todo, fuerza en las manos?     

En fin, ya les digo, lean a Kafka y comprenderán un poco mejor este mundo. 

jueves, 30 de abril de 2026

Pinchos salmanticensis

 


La Universidad de Salamanca promociona el VIII Centenario a través del XVII Concurso de Pinchos

«Los 35 establecimientos participantes elaborarán un único pincho, cuyo precio es de 1,50 euros (bebida no incluida), que deberán mantener en su establecimiento a disposición de los clientes durante el tiempo de celebración del concurso, pudiendo optar a premios en las categorías ‘Pincho de Oro’, ‘Pincho Maridado con Cerveza Mahou’ y ‘Pincho Popular’.»

Las cosas están como están. La universidad de Nebrija, Salinas, Fray Luis, Unamuno, Tovar, etc., etc., ha dado en lo que ha dado porque el cliente manda. No es que los tiempos estén cambiando, es que han cambiado ya. Presumir de pasado ya no sirve para nada. Si le dices a alguien: es que nosotros hicimos... automáticamente te contestará: y desde que hicisteis aquello, qué habéis hecho. Creo que era Kant el que decía que España era el país de los antepasados. O sea, que gobiernan los muertos. Solo a un muerto se le puede ocurrir conmemorar el octavo centenario de la institución con más historia del país con un concurso de pinchos. O tapas, lo que vendría a ser lo mismo.

De esos ocho siglos, cuántos fueron productivos. ¿Qué salió de ahí desde el siglo diecisiete hasta hoy día? Se lo diré: mayormente funcionarios. Oxford y Cambridge, también son antiguos como Salamanca, y nunca pararon de subir el listón. Esa es la verdadera aristocracia del espíritu, saber, no solo conservarse, sino mejorar. Porque el asunto consiste en, una de dos, o enterrar los talentos, o ponerlos a producir. Un chusma los entierra y un aristócrata los pone a producir. Un chusma aspira a que su hijo sea funcionario y un aristócrata a que su hijo arriesgue la vida intentando trascenderse. 

Ayer iba por la calle y vi a un chaval que llevaba una camiseta con la leyenda: solo los muertos no se mueren nunca. Pues eso es lo que le pasa a la universidad de Salamanca que no se puede morir porque lleva muerta ya hace ni se sabe cuánto. 


miércoles, 29 de abril de 2026

La melodía

Pienso que hay pocos misterios en la naturaleza que se puedan comparar al de la melodía. Cualquier músico conoce su técnica; Schopenhauer dice que es la parte de la música que presenta de principio a fin una continuidad con sentido e intención. Por consiguiente, añade, nos relata la historia de la voluntad iluminada por la razón, cuyas manifestaciones en la vida real constituyen la conducta humana. Leo Brouwer componía como por un tubo; al cabo del día serán millones de horas las que los guitarristas de todas las partes del mundo dedican a estudiar e interpretar sus composiciones. En general, es música para músicos por la sencilla razón de que, a pesar de su impecable factura, su melodía no se capta ni a la primera ni a la segunda audición. Su Decamerón Negro, por poner un ejemplo, necesita de muchas audiciones antes de que empieces a identificarlo. Sin embargo, un día se levantó y compuso Un Dia de Noviembre; pues bien, de ese día para acá no hay guitarrista en el mundo que no quiera tocar esa pieza: a la segunda vez que la escuchas ya la identificas, y es que provoca una cascada de sentimentalidad dulzona, como si estuvieses detrás de un ventanal al lado de una chimenea, contemplando la sinfonía de colores de un bosque de caducifolias... ¡uff...! 

Transcribo: «Está en la naturaleza del hombre el sentir deseos, realizarlos, tener enseguida nuevos deseos, y así sucesivamente; su felicidad y bienestar consisten tan solo en esta transición del deseo a su cumplimiento y, de éste, a un nuevo deseo, siempre que dicha transición se realice rápidamente, pues el retardo trae consigo dolor y la vaciedad de deseos produce hastío y languidez. Del mismo modo está en la naturaleza de la melodía la digresión continua en mil direcciones, apartándose sin cesar del tono fundamental para ir, no solo hacia los grados armónicos, la tercia o la dominante, sino hacia cualquier grado, hacia la séptima dominante y los intervalos aumentados, pero retomando siempre, al fin, el tono fundamental. La melodía, por medio de todas estas desviaciones, expresa las innumerables formas de los anhelos de la voluntad, pero, también, su satisfacción, encontrando al fin, de nuevo, un intervalo armónico y, mejor aún, el tono fundamental.»

En fin, ya ven en donde podría residir el misterio de la música, en ese continuo crear y ver cumplidos los deseos. Y ese proceso puede ir a toda mecha, como en una canción popular, o hacerse desear antes de verse cumplido, como en una sinfonía. Esa es la magia del asunto, o de la sabiduría, saber o no saber postponer la resolución de los deseos.  

martes, 28 de abril de 2026

El tesón

Me tiro dos horas y pico escuchando una entrevista que, un par de muchachos que tienen un canal en YouTube llamado Tengo un Plan, le hacen a Elvira Roca Barea. Al final de la entrevista, los muchachos, unos pipiolos, le preguntan por cinco películas para aprender historia. No hay películas, ni tampoco novelas, para aprender historia; eso hay que hacerlo con codos. Luego les dice que le gusta mucho Centauros del Desierto, o sea, la película del tesón —el que la sigue la consigue, que se decía antiguamente—. Es muy interesante, porque si de algo da la impresión Elvira, es de tener tesón. De lo contrario sería imposible tener una cabeza tan bien amueblada como la suya, que no es, precisamente, de erudición del conocimiento, que también, sino de ese pensamiento sistemático de los sabios que les lleva a poner el acento en lo que no se sabe y se debiera saber. Y, también, en por qué no se sabe, y en por qué se debiera saber. 

Por lo demás, tampoco es que su percepción de la realidad difiera mucho de la mía, o sea, que no me ha desmentido en casi nada y, por contra, me ha ayudado a confirmarme en mis convicciones, cosa, con la que, por cierto, hay que andarse con mucho cuidado. De hecho, una mente despierta, demuestra que lo está, sobre todo, cuando cuestiona a quién le da la razón, ya que, tenemos que tener siempre presente que, todas las grandes catástrofes del mundo han sido desencadenadas por no haberse cuestionado las verdades construidas a golpe de confirmación de los unos a los otros: si cien mil millones de moscas comen mierda, la mierda tiene que ser rica.

En cualquier caso, no me arrepiento de haber dedicado miles de horas a leer libros de historia, casi siempre tergiversada, todo hay que decirlo, a mayor gloria del poder en curso. Así, pienso, he podido hacerme una idea, más o menos aproximada, de lo que ha sido el mundo, que es tanto como decir porque hoy es como es. Eso, de algún modo, contribuye a sosegar mi espíritu ya que nada de lo que sucede, por muy estrambótico que suene, me resulta novedoso. En definitiva, me aburre, y, si hoy he escuchado a Elvira, sin duda ha sido porque me ha pillado desprevenido o en un momento de debilidad. Afortunadamente, para salir del marasmo mental siempre me quedará Matemáticas con Juan, o Math Booster, o similares... el caso es enfrentar problemas que tengan una solución incontestable que solo puedes alcanzar si piensas correctamente. Cuestión de tesón, en cualquier caso. 

lunes, 27 de abril de 2026

Why Critical Thinking Is Disappearing – The Rise of Collective Stupidity

Me pongo a buscar un video de Mabel Millán y justo al lado de donde le encuentro hay otro titulado así: Why Critical Thinking Is Disappearing – The Rise of Collective Stupidity —Por qué está desapareciendo el pensamiento crítico. El ascenso de la estupidez colectiva—. Desde luego que esa visión tan siniestra de la realidad nada tiene que ver con Mabel, que vendría a ser, por así decirlo, la mujer diez: es guapa y elegante, además de una de las guitarristas más eminentes del panorama internacional, y, por si con eso no va servida, le ha añadido un puesto de fiscal en la audiencia de Cadiz. En fin, que sobran las generalizaciones: hay gente y gente. Yo entre mis amigos los tengo así y también los tengo asao... y no voy a entrar en detalles. 


Seguramente, esa percepción de que se está perdiendo el pensamiento crítico a la vez que se incrementa la estupidez, lo uno por lo otro, es algo que existe en el mundo desde la noche de los tiempos. La historia de la humanidad se ha hecho con avances y retrocesos y, siempre que se han producido estos últimos, de inmediato ha habido la sensación de que su causa era precisamente esa, que la gente había perdido la capacidad de pensar correctamente. Y, seguramente, hay mucho de verdad en ello. Es evidente, de toda evidencia, que, cuando a las personas concretas les sopla el viento a favor por una mera cuestión de azar, como por ensalmo, en la mayoría de los casos, empiezan a instalar en su cabeza la idea de que les va bien porque son listos y tienen muchos méritos. La humildad no es virtud que traigamos de fábrica. Hay que cultivarla con mucho esfuerzo y, puestos a ello, es increíble la facilidad con la que le sale la mala hierba de la hipocresía. Y es que, entre las pocas verdades incontrovertibles a las que podemos aspirar, está la de nuestra imperfección, cualidad esta de la que es muy difícil, por no decir imposible, ser consciente... cuando hay alguien que consigue serlo, de inmediato le nace un hermano tonto. Todo Prometeo tiene un hermano Epimeteo dispuesto a abrir la caja de Pandora. 

El caso puede que sea que, en los últimos años, nos fue tan fácil llenar la endorga que dimos en creer que es lo que no es. Nos instalamos en una especie de dolche farniente que es la actitud degradante por excelencia. Entonces es cuando el mundo alrededor empieza a agrietarse sin que la percepción de ello cause más que una somera aprensión que se trata de combatir con más diversión. Uno va por la calle y ¿qué es lo que ve?, pues muy sencillo, industria de la diversión. Hasta los niños, para aprender en la escuela, lo tienen que hacer divirtiéndose... ¿cómo si eso fuese posible! Resultado de todo ello es que las grietas se ensanchan y, con ello, la aprensión se trasforma en miedo. A partir de ahí, todo viene rodado. ¿Se acuerdan de aquello que las autoridades incompetentes catalogaron de pandemia? Estoy harto de oír a hablar a la gente de lo bien que se lo pasó cuando aquello. El que les pusieran un dogal al cuello les hizo sentirse seguros. Así no había forma de que se cayesen por ninguna grieta. Pues sí, aquello fue un toque a rebato para los que todavía conservaban alguna neurona funcionante... cuatro gatos que tuvieron que ponerse a resguardo so pena de sucumbir en la hoguera. ¿A cuánta gente de la que se dejó poner el dogal han visto ustedes entonar el mea culpa? ¡Lo ufanos que estaban ellos con su pasaporte para entrar nl los bares en el bolsillo! Pues sí, efectivamente, ausencia casi absoluta de pensamiento crítico. O presencia apabullante de estupidez, si mejor quieren. 

De todas formas, como les decía, más de lo mismo. Todo sube y baja en una sucesión continua de ondas sinusoidales. Y siempre hay una pequeña porción de humanidad que se ocupa de guardar el fuego para que lo que quede de la debacle tenga con qué calentarse cuando empiece el nuevo ciclo interglaciar. 
    

domingo, 26 de abril de 2026

Cultivar un jardín

Escuchar a John Wiliams interpretando a la guitarra Asturias de Isaac Albeniz es, para mí, hipnotizante. Comprendo que habrá miles de millones a los que no les diga nada, pero da la casualidad de que yo me he tirado cientos, si no miles, de horas, intentando perfeccionar mi interpretación de esa pieza y sigo lejos de conseguir sentirme satisfecho y, lo que es más, comprendo, sobre todo después de escuchar a John Wiliams, que nunca lograré esa meta y, sin embargo, sé que seguiré intentándolo por aquello de que la vida sin algún tipo de camino de perfección es una mierda sin remisión. 

Escuché decir a Andrés Segovia, en una entrevista que le hacían cuando ya tenía ochenta y cuatro años, los que yo estoy a punto de cumplir, que él practicaba seis horas al día. Seguramente, el hombre se agarraba a eso para sentirse vivo. O inmortal. Como los niños cuando juegan. Es lo que tiene abandonarse a una pasión, que vuelves a ser niño. 

En fin, sea como sea, cada día que pasa, dedico más horas a practicar. Ayer, por ejemplo, me puse con la partitura de Marieta de Tárrega, que la tenía abandonada desde hacía no sé cuánto. Al cabo de un rato ya la había recuperado y, cuando la dejé después de una hora, ya me resonaba por dentro como algo completamente mío. Marieta, María, Rosita... Rosita es una de mis primeras piezas; conocía bien la melodía porque era la sintonía de un programa de Radio 2 que no me solía perder, allá, por los primeros ochenta del siglo pasado. Hoy día, la tengo tan interiorizada que no necesito la guitarra; voy por la calle y la toco mentalmente de cabo a rabo y me entran ganas de ponerme a saltar, porque es una polka. En cualquier caso, pocos espectáculos me emocionan más que vérsela interpretar a Vera Danilina; en esa mujer no se sabe dónde acaba el cuerpo y empieza la guitarra; es como si fuese un órgano más de los que trajo al nacer. 

A parte de esas tres con nombre de mujer, de Tárrega, también tengo en mi repertorio Recuerdos de la Alhambra, la recién adquirida, Capricho Árabe, y la Lágrima. A veces me pongo a pensar en qué cosa podría ser eso de la inmortalidad; quizá no sea otra cosa que vivir en el recuerdo de los vivos; imagínense la de miles de millones de horas que han invertido e invierten millones de guitarristas de todo el mundo estudiando e interpretando las partituras que un día imaginó Tárrega. Durante todas esas horas, todos esos guitarristas, de algún modo, son Tárrega. 

En resumidas cuentas, que, o cultivas un jardín, como dice el proverbio chino, o, mejor, apaga y vete. 

sábado, 25 de abril de 2026

La gran degringolade

Es curioso lo que ha pasado con este blog. Cuando, allá, por los mediados del mes de diciembre del año pasado, dejé de escribir en él, tenía varios cientos, cuando no miles, de visitas diarias. Después, durante los meses que lo tuve en pausa, no dejó de tener visitantes, incluso miles algún mes. Al retomarlo hace unos días, el primero tuvo casi mil, el segundo la mitad, y el tercero la mitad de la mitad y, así, en fulgurante sucesión decreciente hasta la casi nada... las escasas decenas que tuve durante los años que llevo con él. ¿Qué ha pasado? ¿A qué ha podido ser debido el auge y caída del número de lectores? 

Para empezar a desentrañar el misterio tengo que decir que desde el principio me extrañó mucho aquella proliferación; primero, porque venía principalmente de Singapur, Hong Kong y Mexico y, segundo, porque de todos aquellos miles de visitas no quedó ni un solo comentario. El caso es que durante los últimos meses había venido mostrándome muy sensible a los temas religiosos; hace ya tiempo que vengo leyendo con insistencia la Biblia y no era raro que vertiese reflexiones sobre ella en mis escritos. Sobre todo, dediqué mucha atención al sintagma que más se repite en la Biblia: el temor de Dios. El temor de Dios es la civilización; de eso había caído en la cuenta, no leyendo la Biblia, sino a Homero, que también utiliza con profusión ese sintagma, aunque en su caso usa la palabra Dios en plural. 

En cualquier caso, el tema de las religiones es clave para cualquiera que sea aficionado a los juegos malabares del pensamiento, es decir, a la metafísica. Lo que, sin duda, es mi caso, so pena de morir de aburrimiento. Ya hace mucho que comprendí que eso del temor de Dios no es más que una forma primitiva de nombrar lo que es el fundamento de la vida en común: la autorrepresión de los deseos. Claro, para comprender esto tuve que evolucionar desde el miedo infantil a la responsabilidad adulta: un largo y costoso recorrido. Yo no me reprimo por miedo a castigo alguno, sino porque quiero un mundo vivible y, para ello, sé que no hay otro medio que el de vivir en un continuo proceso de perfeccionamiento del ideal ético. Tengo que pensar, cada vez que voy a hacer algo, qué consecuencias tiene ese algo, no solo para mí, sino también para el mundo que me rodea. Recuerdo haber leído, hace ya bastantes años, las reflexiones que hace Jefferson sobre este asunto en unas cartas que le envía a su sobrino, un ferviente creyente: no hace falta esperar la recompensa divina; la conciencia de haber actuado correctamente, le dice, es en sí placentera; es algo así como el placer estético proporcionado por la percepción de la belleza. 

El caso fue que, andando yo releyendo estos días El Dolor del Mundo y el Consuelo de las Religiones, de Schopenhauer, se me ocurre trascribir unos pasajes del libro relativos a la imperiosa necesidad metafísica de los humanos y, ¡zas!, desaparecieron los lectores como por arte de magia. A alguien no le debió gustar toparse con la idea razonada de que las religiones son la metafísica del pueblo y pasó la voz a sus correligionarios. Sí, porque todo esto me huele a correligionarios; tanto la fulgurante ascensión de lectores de hace meses, como la gran degringolade de hace unos días: todo me huele a consigna venida de las alturas. Suposiciones, en cualquier caso. 

viernes, 24 de abril de 2026

Teogonías

Me entretengo en comparar las traducciones del Génesis que hacen Reina Valera y Alonso Schökel. Uno, como no es filólogo, a lo más que puede llegar es a encontrar diferencias de estilo sin mayor importancia: Reina, quizá sea más poético y Schökel, más claro. Un experto, de esos que crecen como los hongos sobre la superficie de la tierra, seguro que encontrará diferencias para llenar siete tomos de mil páginas de papel biblia en el perverso intento de enfrentar a las dos sectas del cristianismo, católicos y protestantes... que mira que se han pegado leña a lo largo de la historia; sería interesante tener una estimación de las muertes directamente provocadas a lo largo de la historia por esos enfrentamientos bizantinos. Aunque, la verdad es que, para matarse, al ser humano siempre le han sobrado excusas. 

En cualquier caso, en las dos traducciones se aprecia por igual el ingente valor simbólico del texto. Concretamente, el asunto de los dos árboles cuyo fruto está prohibido, el del bien y el del mal, del que comen, y el de la vida, del que no comen porque Dios les expulsa antes de que puedan catarlo. Con el del bien y del mal les nace la sensación de vergüenza, sin duda una de entre las más poderosas herramientas a efectos de garantizar la supervivencia de la especie. Sin embargo, lo del árbol de la vida, cuyo fruto no alcanzan a comer y, por tanto, se quedan a las puertas de poder ser como dioses, ya no me queda tan claro. Supongo que tendrá que ver con la conciencia del paso del tiempo; tener o no tener esa conciencia es la clave de todo... en cualquier caso, no se me alcanzan, así, a bote pronto, los significados que hay detrás de ese árbol de la vida, aunque, ya, con el del bien y el del mal, pienso, vamos servidos. 

Sin duda es de la conciencia del paso del tiempo de donde procede la imperiosa necesidad metafísica, o, si mejor quieren, la manía de inventar teogonías. Todos los pueblos de la tierra tienen la suya. Y unas se inspiran en las otras. Por delante del Génesis está el Enuma Elish y, por delante de éste, al parecer, solo por la Mesopotamia, había cientos. Personalmente, la teogonía que siempre he preferido es la griega; aunque, la parte del león del relato es el que hizo Hesíodo, para cuadrarle tienes que reunir las piezas que se desparraman por toda producción literaria de la antigua Grecia. Pues bien, en esta teogonía, al paso decisivo de comer del árbol del bien y del mal lo llaman robar fuego a los dioses; en definitiva, ambas dos cosas son adquirir conocimiento de la realidad. Es curioso que las dos coincidan en el duro precio que hay que pagar por ello. Y en las dos, tanto Adán como Prómeteo tienen un demonio instigador, Adán a la mujer seducida por la serpiente y, Prometeo, un hermano medio tonto que es el que, al abrir la caja de Pandora, deja escapar todos los males al mundo. 

Lo de la serpiente que seduce a la mujer, sin duda tiene miga para dar y tomar. Sobre todo, por el hecho de que Dios la maldiga y la condena a vivir arrastrada sobre su pecho. La gente del común, nunca olvida esa maldición. Recuerdo a los proscritos de Alar con los que solía ir por las tardes a pasear por los montes circundantes; un par de veces que nos salió al paso una culebra, la bailaron un zapateao encima hasta dejarla hecha papilla. ¿Por qué aquella saña? Sin duda, algo telúrico, de cuando en su lejana infancia habían visto en la catequesis aquel cuadro de la serpiente enroscada en el tronco del manzano con el fruto en la boca en actitud de ofrecérselo a Eva. Ya tenemos ahí, perfectamente definida, la triquiñuela del chivo expiatorio que, si no nos exime de culpa, al menos nos la rebaja.  

Por otro lado, yo diría que el Prometeo griego es más evolucionado que el Adán judío. Y eso que seguramente es un invento anterior. Prometeo sería más próximo a Jesucristo; como él, paga un alto precio por liberar a la humanidad... pero, en fin, esto, ya, para los expertos en el tema. 

jueves, 23 de abril de 2026

Espíritus soberanos

Cuando me siento, ya, totalmente derrotado, recurro al único clavo ardiente que me queda, agarrar una partitura de las que siempre quise aprender, pero nunca me atreví, y ponerme a ella. Es un ejercicio de la mente lo suficientemente intenso como para hacerte olvidar todas las miserias del mundo. Hace un mes, o así, decidí ponerme con el Capricho Árabe de Tárrega. Por supuesto que no me atrevería a tocarla para nadie, pero, para mí, ya me sirve: ya me resuena por dentro. Y así, intentando escapar de mi dolorosa percepción del mundo, es como he ido haciéndome poco a poco con un repertorio que es mi más preciado tesoro. En esos momentos de absoluto desistimiento, agarro la guitarra y me pongo a tocar, pongamos que Oblivion de Piazzolla, y de inmediato me reintegro a la vida. Luego sigo con Libertango... ¡Dios mío, cuánta sentimentalidad! Ahora mismo, mientras escribo esto, me llega muy lejano, vía YouTube, La vie en rose, interpretado a la guitarra por Alexandra Whittingham, y el alma se me sale por los poros, o se me pone la carne de gallina, como también se suele decir. La vie en rose, Édith Piaf, los atardeceres veraniegos de la temprana juventud, los primeros amores...

La música y los acertijos matemáticos se llevan lo más de la poca vida que me va quedando. He intentado por todos los medios comprender, que, como dice el filósofo, es amar. Y creo que ya comprendo bastante el mundo y la causa fundamental de sus miserias: Dios, o la naturaleza, o como cada uno quiera llamar a lo que rige nuestros destinos, fue tremendamente injusto en el reparto de sus dones. Así es que, a los desfavorecidos, si quieren sobrevivir, no les queda otro remedio que organizarse en mafias para extorsionar a los favorecidos. En eso ha consistido toda la historia de la humanidad: guerra entre los muchos desfavorecidos contra los pocos favorecidos. Así, a la postre, se consigue un cierto equilibrio que permite que la vida continue. 

Por eso pienso que es inútil, por no decir imbécil, leer periódicos y ver telediarios. Lo mismo que ir de aquí para allá a buscar satisfacciones. Para lo único que me merece la pena salir es para tomar el aire y que me dé un poco el sol, que dicen que es bueno para los huesos. Por lo demás, sigo intentando purificar mi ideal ético —cosa no muy difícil dado lo bajo de donde parto— por medio de la conversación incesante con el linaje de los más soberanos espíritus, los que de continuo me desmienten, alejándome con ello de toda tentación de dogmatismo.  

Conversaba hoy con uno de esos espíritus soberanos y me decía: 


Aquí la envidia y mentira
me tuvieron encerrado.
Dichoso el humilde estado
del sabio que se retira
de aqueste mundo malvado,
y con pobre mesa y casa
en el campo deleitoso
con solo Dios se compasa
y a solas su vida pasa
ni envidiado ni envidioso.

miércoles, 22 de abril de 2026

Pacatería

 



Ortega no había llegado a los treinta, 
y ya es catedrático de Metafísica en la universidad de Madrid, cuando anda por El Escorial dándole al coco. Tiene allí delante un bosque de robles y fresnos por el que se adentra en busca de inspiración. Para abrir boca, escribe: "La cárdena mole ejemplar del edificio modifica, según la estación, su carácter merced a este manto de espesura tendido a sus plantas, que es en invierno cobrizo, áureo en otoño, y de un verde oscuro en estío. La primavera pasa por aquí rauda, instantánea y excesiva —como una imagen erótica por el alma acerada de un cenobiarca". Díganme ustedes, ¿a ver qué reconocido intelectual de hoy día se atreve a semejantes metáforas? Para mí que de un siglo para acá en lo único que hemos progresado es en pacatería. 

Sigue: "Cuando se repite la frase «los árboles no nos dejan ver el bosque», tal vez no se entiende su riguroso significado. Tal vez la burla que en ella se quiere hacer vuelva su aguijón contra quien la dice.

Los árboles no dejan ver el bosque, y gracias a que así es, en efecto, el bosque existe. La misión de los árboles patentes es hacer latente el resto de ellos, y solo cuando nos damos perfecta cuenta de que el paisaje visible está ocultando otros paisajes invisibles nos sentimos dentro de un bosque". 

Había estado sentado en un banco frente al mar, al sol tibio de la mañana, leyendo estas cosas y, luego, volviendo para casa, lo rumiaba y, al levantar la vista y ver esos árboles patentes que les muestro en las fotos, pensaba en cuáles serían los árboles latentes que se ocultaban tras ellos. 

En la fachada de un colegio, para que los padres que vienen a dejar o a buscar a sus hijos puedan hacerse cargo de cuál es la filosofía que rige la institución: «Jugar no debería doler». Cuando dicen que no debería están asegurando que jugar duele. ¿Es que puede haber placer sin su correspondiente peaje de sufrimiento? Quizá, los árboles latentes que se esconden detrás de los árboles patentes que es esa consigna, no sean otros que el pesimismo que supone el reconocimiento de la defectuosa condición humana: por más ingeniería social que implementemos, nunca podremos torcer el brazo a la naturaleza para poder gozar como suponemos que lo hacen los dioses... en fin, que cada cual vea los árboles latentes que quiera, si es que quiere verlos, que no siempre es el caso por más que la masa forestal sea abrumadora. 

Seguía andando y pasé por delante de la puerta de la agencia tributaria, sí, ese sitio donde extorsionan a la gente productiva los que tienen las armas. En cada hoja de la puerta había una pegatina como la que les muestro en la foto: «Punto Violeta. Contra las violencias machistas», ¿Qué significa eso? ¿Acaso que esos de la agencia tributaria, que son los reyes de la extorsión institucionalizada, no quieren que en sus cuarteles la gente diga piropos a las chicas tan monas que hay por allí? O, a lo mejor, es que esa gente que hay por allí se crio viendo como su padre se desayunaba zurrando a su madre. ¿Ustedes ven por ahí tanto maltrato a las féminas como para que haya tanta preocupación por parte de las instituciones del Estado? No alcanzo a comprender qué tipo de árboles latentes se pueden esconder detrás de esas pegatinas. Aunque, quizá no merezca la pena darle vueltas: lo más probable es que todo ello no sea más que las artimañas de los que no saben hacer nada para vivir a costa de los que saben hacer cosas. En fin ¡vayan ustedes a saber!   

martes, 21 de abril de 2026

La belleza y la ascesis

"En el principio creó Dios los cielos y la tierra. Y la tierra estaba desordenada y vacía, y las tinieblas estaban sobre la faz del abismo, y el Espíritu de Dios se movía sobre la faz de las aguas.
...
Y fue la tarde y la mañana el día sexto."
 
Así comienza el Genesis en la traducción de Reina Valera. Me lo envía Manolo desde las tierras bálticas para saludarme el día. Un texto de una belleza irrepetible. Mientras lo leía, escuchaba la Sonata en re menor de Silvius Leopold Weiss en la guitarra de Marcin Dylla. Más belleza irrepetible. Alguien, que también se entretuvo escuchándolo, escribió en los comentarios:  Imagine the sheer hours of practice this man has invested. It's astounding and inspiring —imagina las ásperas horas de práctica que ha tenido que invertir este hombre. Es sorprendente e inspirador—.
 
Efectivamente, sorprendente e inspirador. Los seres humanos a nada que purifiquemos nuestro espíritu, liberándole de todo tipo de emociones negativas, nos podemos pasar la vida sorprendiéndonos e inspirándonos los unos a los otros. Nos damos la energía de la emulación para ponemos a cualquier empresa que hasta entonces nos había parecido imposible. Y es que, como dice el filósofo, "hay dentro de toda cosa la indicación de una plenitud. Un alma abierta y noble sentirá la ambición de perfeccionarla, de auxiliarla, para que logre esa plenitud. Esto es amor —el amor a la perfección de lo amado."

La percepción de la belleza lo es todo en la vida. Algo que no cae del cielo porque sí. Se necesita de la ascesis, es decir, por poner un ejemplo, agarrar la partitura de esa sonata en re menor que les decía y ponerse con ella hasta que te resuene por dentro. O ponerse con el desentrañamiento de esa fórmula que asegura que el número e elevado a la potencia i multiplicado por pi es igual a menos uno... te permite entre otras mil cosas resolver una ecuación con un número negativo elevado a una potencia. En fin, millones de ejemplos que pasan todos por, como digo, la ascesis, que no es, precisamente, sacar un billete de avión para ir a extasiarse ante las maravillas de la Galería Uffizi de Florencia, o Venecia, que ni lo sé, ni me importa. 

La percepción de la belleza sería, entonces, nuestra relación con lo divino. Nuestro ser a imagen y semejanza de eso que hemos dado en imaginar que son los dioses: la perfección o, si mejor quieren, el erotismo universal, esa fuerza que mantiene en armonía todo lo creado.