Nunca me había parado a leer con atención el libro de Jermías. Sí que muchas veces he empledo el término jeremiaco o jeremiada para referirme a una actitud quejosa o llorona, pero lo hacía de oídas, sin saber verdaderamente a qué me estaba refiriendo. Y eso por más que su empleo fuese correcto. Jeremías se pasa la vida haciendo negras premoniciones y no, precisamente, porque a él se le ocurran, sino porque el Señor se las comunica y le ordena pregonarlas. Y siempre viene a ser lo mismo: el que la hace la paga. Sobre todo cuando el Señor se ve desplazado por otros dioses. Eso es lo que más le saca de quicio. Yo, que os saqué de la esclavitud y os traje a la tierra prometida...
Ese es el problema, que el Señor, con toda su sabiduría a cuestas, no supo preveer que los humanos solo obedecen cuando van de camino a la tierra prometida, pero una vez llegados ya se creen con el derecho de disputarle el trono al Señor. Esto siempre ha sido así y seguirá siendo por los siglos de los siglos. El estómago saciado destruye el cerebro.
El caso es que uno anda por YouTube a la búsqueda del intérprete preferido o el tutorial pendiente y al recorrer los títulos de los vídeos es sorprendente el alto número de ellos que tienen un cariz jeremiaco. Se hunde el mercado inmobiliario, la bolsa se va a ir al carajo, las cosechas van a ser de hambre, nos vamos a morir de frío, una nueva pandemia en lontananza, la guerra nuclear está en ciernes... pa empezar y no acabar. Y mientras tanto, la vida sigue su curso ajena a las negras premoniciones. El común de las gentes viven felices confiados en la protección que les dan sus nuevos dioses que, por cierto, no reclaman a cambio el menor sacrificio. Al revés, para cada malestar ofrecen un remedio mágico. Incluso te conceden el que puedas aprender jugando. Por eso los niños de hoy día están siempre de excursión. ¡Es genial!
Bueno, ya veremos en qué acaba todo esto, pero personalmente no fío un pelo. Si al Señor nunca le gustaron los nuevos dioses y siempre acabó vengándose de ellos no sé por qué ahora habría de ser diferente. ¡Ay, el dichoso sacrificio! ¡Mira que nos cuesta aceptarlo!