Ya les he contado que entre mis actuales rutinas está la de ir a la piscina cuatro o cinco veces por semana. Nunca me entusiasmó la idea, pero las medicinas no son cuestión de gustos: las necesitas y punto. Lo único que hay que tener en cuenta cuando estás obligado a utilizarlas es el más básico de todos los principios médicos: primun non nocere. Lo primero que no hagan daño. No quiero ni imiginarme cómo estaría ya si en vez de recurir a la aburrida natación hubiese tratado mi flojera de espalda por medio de los analgésicos. Probablemente ya andaría por ahí hecho un ángulo recto con vértice en las lumbares. Afortunadamente, me puedo mantener más o menos erguido sin las desagradables moletias que ya empezaban a limitarme la vida cuando hace tres o cuatro años decidí ensayar con la natación. Y perdonen que haya utilizado mis alifafes para entrar en la cuestión que quería exponerles. Acababa ayer de hacer mis habituales doce largos, 600 metros, y estaba dándome la preceptiva ducha antes de acudir a los vestuarios. Miré a mi izquierda y caí sobre un letrero que me había pasado desapercibido en el ya año largo que vengo utilizando las instalaciones. En él estaba reproducido el real decreto que regula la temperatura de las piscinas, tanto del agua como del ambiente. Lo bueno, pensé, es que a la inmensa mayoría de la gente esto le parece no solo normal sino también lo correcto y deseable. El Estado está para eso, es decir, para que no quede ni un solo resquicio de nuestra vida cotidiana que no esté regulado por ley. Imagínense el desastre que sería esto si dejasen al dueño de la piscina decidir las temperaturas. ¡Los pobres clientes, incapacitados para decidir si se quedan en esa piscina o se van a otra con prestaciones más a su gusto! En fin, ya sabemos lo que piensan del mercado las sociedades pasadas por la piedra igualitarista: a mí que me digan el cómo, el qué, el cuándo de lo que tengo que comprar. El paraíso, en definitiva.
Leo:
"Cuando nació la generación a la que pertenezco se encontró el mundo desprovisto de apoyos para quien tuviera cerebro y al mismo tiempo corazón. El trabajo destructivo de las anteriores generaciones hizo que el mundo al que nacimos no tuviera seguridad que darnos en el orden religioso, ni apoyo que darnos en el orden moral, ni tranquilidad que darnos en el orden político. Nacimos ya en plena angustia metafísica, en plena angustia moral, en pleno desasosiego político."
Esto, que se escribió hace un siglo, viene a ser, supongo, la causa necesaria para el aborregamiento definitivo de las sociedades actuales. El mundo libre que le dicen. Y los borregos se lo creen. ¿Hubo alguna vez menos libertad en el mundo? Por favor, mis queridos borregos, cojan, agarren el Libro del Buen Amor, La Celestina, lo que quieran de cuatro siglos para atrás y enterensé de lo que es libertad.
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