sábado, 5 de noviembre de 2022

Monotonía

 "Solo una cosa me maravilla más que la estupidez con que la mayoría de los hombres vive su vida, y es la inteligencia que hay en esa estupidez." 

Y entonces va el autor y se pone a hacer consideraciones sobre el cocinero y el camarero de la casa de comidas que frecuenta a diario. Ambos dos llevan allí más de treinta años trabajando y se les ve felices. Los pequeños incidentes que el azar siempre proporciona son para ellos lo que para un aventurero es cazar un león en África. Y así iban envejeciendo mientras sacaban adelante una familia y hacían unos ahorros. 

Me recuerda todo eso a cuando de estudiante iba a diario a comer a aquel restaurante de la calle Ayala. Podría haber ido a los comedores universitarios que costaban menos de la mitad, pero, a Dios Gracias, mi condición señoritil me libró de caer en aquella vulgaridad que solo proporcionaba tardes  llenas de pedos. Aquel restaurante era un microcosmos que ayudaba a configurar y dar sentido a un nada despreciable puñado de vidas. Allí hice una amistad circunstancial con un grupo de comensales en su mayoría estudiantes de diversas carreras y, bueno, recuerdo también a un muchacho gallego, primo de uno de los estudiantes, que era representante de Land Rover. Allí me enteré yo de que existían los choros de Villalobos porque uno de los estudiantes, de ingeniería, los tocaba a la guitarra. La figura central del lugar era un camarero joven, de la parte de Sanabria, igual que el dueño y la mayoría de los dueños de los restaurantes económicos de Madrid, el camarero, digo, que era un furibundo hincha del Atlético Bilbao. Eso generaba unas rivalidades que, sobre todo los lunes, encendían las conversaciones hasta los límites del humor más chabacano. Por las noches, cuando salíamos de cenar, muchas veces paseábamos Lista abajo hasta Serrano para subir luego por Diego de León en donde había un chiringuito de Jazz en el que más de una vez entramos a tomar un cubata. En resumidas cuentas, que conservo muy vívido el recuerdo de aquel restaurante y de las fisionomías de las personas con las que allí traté. Y no recuerdo que ni por un momento se pusiesen en cuestión los alimentos que allí nos daban. El cocido madrileño de los miércoles, la paella de los jueves, el potaje de garbanzos con bacalao de los viernes y, sobre todo, las acelgas cocidas de la cena. Se respiraba allí una satisfacción generalizada. Años más tarde pasé por allí y lo habían convertido en bar. 

"monotonizar la existencia para que la existencia no resulte monótona. Volver anodino lo cotidiano para que la más mínima cosa constituya una distracción."

Monotonizar la existencia es un aprendizaje muy difícil. Porque la falta de inteligencia te hace vivir en la perpétua sensación de que te estás perdiendo algo interesante. Y eso es, precisamente, lo que nos empuja a pasar la vida de aquí para allá buscando lo que no existe fuera de nosotros. En definitiva, perdiendo el tiempo miserablemente. Porque, no se engañen, se puede perder también con elegancia, como Holly Martin cuando fue a Viena con la intención de echar una mano a su amigo de juventud Harry "el chico que sabía trucos". Porque le habían llegado noticias de que Harry se había metido en problemas como les suele pasar a todos los que quieren vivir de los trucos que sabe. Pero ésta es otra historia, la del Tercer Hombre. 


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