viernes, 18 de noviembre de 2022

Discreción

Lo de dar tu opinión sobre cualquier cosa o acontecimiento que se te ponga delante es un vicio que, como todos los vicios, acaba por pasar factura, aunque las más de la veces, a Dios Gracias, la pagas en cuota de vergüenza de ti mismo. ¡Tragame tierra! Es, en definitiva, una de las formas más manifiesta de la debilidad mental. Según muchos de los sabios que en el mundo han sido, si quieres calibrar la inteligencia de alguien lo mejor es atender a su grado de discreción. 

La discreción no quiere decir que no tengas opinión de esto o de aquello, quire decir, simplemente, que sabes guardarlas en tu fuero interno. O sea, que ni pretendes influir ni buscas aquiescencia. Te sobras y te te bastas a ti mismo y cuando caes en la cuenta de que estabas equivocado no necesitas sentir vergüenza, tienes suficiente con una simple decepción. 

El caso es que ya va para quince años que vengo opinando por medio de la escritura que expongo a la luz pública utilizando las nuevas tecnologías. Afortunadamente apenas trascendió lo que he opinado más allá de los límites de mi exhiguo entorno. Y digo afortunadamente sin estar seguro de mi fuero interno. Porque no quiero engañarme: el ser humano, por naturaleza, busca preeminencia por aquello de asegurarse un partener de la mejor calidad posible. 

Sea como sea, revisando por alto lo expuesto en estos blogs encuentro materia a paladas para añadir más vergüenza a mi saco casi a reventar. ¿Por qué será tan difícil hablar, escribir, o lo que sea, sin necesidad de opinar? Quizá sea imposible. 

Lo dicho, solo la discreción nos salva. 

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