A algunos, el sentirse amados les causa, en un primer momento, un atontamiento o confusión, como si les hubiese tocado un premio gordo en moneda no convertible. A esto le sigue un envanecimiento que suele durar muy poco para pasar de inmediato a un sentimiento indefinido, mezcla de tedio, humillación y fatiga.
Tedio, como si les hubiera sido impuesto un nuevo deber -el de una horrible reciprocidad- con la ironía de un privilegio que habría que agradecer. Como si no bastara la monotonía de la vida y ahora se le sobrepusiese la monotonía de un sentimiento definido.
Humillación, algo, en principio, tan poco justificado y tan dificil de comprender. Como si le hubiesen dado un premio que era para otro con más meritos que yo.
Pero sobre todo fatiga. La fatiga que trasmite el tedio. La fatiga de ser el objeto del peso de las emociones ajenas. Convertir a quien quiso verse libre, siempre libre, en el chico de los recados de la responsabilidad de corresponder. La fatiga de ver nuestra existencia trasformada en cosa dependiente por completo de un sentimiento de otro.
Esta gente, que es capaz de darle tantas vueltas a las cosas banales de la vida, en realidad, les da igual so que arre, porque todo les sirve para sentir, para tener emociones cuya atenta observación es lo único que les entretiene. Los hechos que dan lugar a esas emociones no les provocan la menor curiosidad.
Éste es el resumen, más o menos, de lo que Pessoa dice a propósito de un asuntillo que tuvo, el único en su vida. Curiosamente, la siguiente entrada de su dietario está dedicada al sentimiento de libertad. "No subordinarse a nada- ni a un hombre, ni a un amor, ni a una idea, tener aquella independencia lejana que consiste en no creer en la verdad, ni tampoco, caso de haberla, en la utilidad de su conocimiento -tal es el estado en que, me parece, debe trascurrir para con ella misma, la vida íntima intelectual de los que no viven sin pensar. Pertenecer-he ahí la banalidad. Credo, ideal, mujer o profesión-todo significa la celda y las esposas."
Desde luego que no todas las personas son iguales ni, tampoco, iguales a si mismas todo el tiempo. En cualquier caso, hay un genérico que consiste en una propensión diría que enfermiza a mirarse el ombligo. Luego, por supuesto, está lo que cada uno ve, como lo interpreta y, ya, si no se lo puede guardar para sí, cómo lo cuenta. Si tiene gracia al contarlo, entonces es un poeta. Si nó, un vampiro.
No hay comentarios:
Publicar un comentario