Me pongo a escuchar a un tal Jorge Caballero tocando a la guitarra la Sinfonía del Nuevo Mundo. Se me cae el alma a los pies. Esa pieza está compuesta para meter mucho ruido con muchos instrumentos. Para amenizar esos majestuosos paisajes del oeste americano, el Gran Cañon y similares. La guitarra es un instrumento intimista donde les haya. Así que, para curarme, busco el Decamerón Negro de Leo Brouwer interpretado por Stephanie Jones. Y al escucharlo recuerdo aquellos versos: el aire se serena y viste de hermosura y luz no usada.
Como Juan Ruiz ya se fue para su estantería del salón en el ángulo oscuro, intento llenar el vacío dejado con los relatos escritos por un cavaller valencià del siglo XV de nombre Joanot Martorell. Desde luego que cuando uno lee algo de la biografía de Joanot de lo primero que se da cuenta es de hasta que punto los humanos de hoy somos una raza degenerada. Es muy triste vivir sin tener unos valores por los que estar dispuesto a morir. Bueno, quizá los gitanos conserven algo de eso: de vez en cuando salta por ahí la noticia de que se han matado unos cuantos por lo que para nosotros es un quítame allá esas pajas y para ellos es su honor. El honor, el buen nombre, es la base de la autoafirmación como individuo. Sin él automáticamente quedas convertido en masa. En borrego... que es lo que venimos a ser hoy la inmensa mayoría, aunque unos más que otros.
Sea como sea, que para gustos se hicieron los colores, viaje, lo que se dice viaje, el que acabo de iniciar por la Edad Media de la mano de Tirant Lo Blanc. Ya lo hice una vez y acabé hablando valencià. En fin, ya les iré contando.
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