domingo, 20 de noviembre de 2022

San Agustín

Las Confesiones de San Agustín fueron para mí un verdadero choque la primera vez que las leí en aquella Salamanca de los noventa del siglo pasado. Bien es verdad que allí el ambiente era muy propicio a los maravillamientos juvenilistas por más que yo ya andase por aquel entonces talludito. ¡Era tan fácil extenderse en comentarios en aquel terreno infectado de eruditos! Ahora, en este retiro santanderino, vuelvo a la carga y, si no maravillarme, sí siento una como a modo de iluminacion: creo entender lo que es descubrir a Dios.

En realidad, como siempre que descubres algo, luego, cuando lo piensas, caes en la cuenta de lo tonto y ciego que has sido por no haberlo descubierto antes. Porque, digamos, ¡elemental querido watson! Descubrir a Dios, en esencia no es más que reconciliarte contigo mismo. O lo que es lo mismo, hacer examen de conciencia y no dolerte prendas el reconocimiento de las muchas equivocaciones en que has venido incurriendo a todo lo largo de la vida. 

Eso son Las Confesiones, una autobiografía sin paliativos. La que cualquier persona puede hacer si quiere. Aunque bien es cierto que para querer hay que tener lo que hay que tener, es decir, valentía. Ser valiente, ser o no ser. Poner tu empeño en descubrir quién eres en realidad. Qué eres. Porque a ver si va a resultar que eres, y siempre has sido, un mierda. Más que una posibilidad es una probabilidad, del casi cien por cien, diría yo. Porque, a ver quién, considerado friamente, se salva de serlo. Todos, absolutamente todos, vamos por la vida dejando un rastro maloliente. Hay quien es capaz de encubrirlo para los demás con bellas obras, pero para uno mismo, ¡ay!, es imposible. De la procesión por dentro no hay quien se libre hasta que rompes contigo mismo. 

En fin, descubrir a Dios, querer dejar de ser, o sentirte, un  mierda, ¿dónde está la diferencia?

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