Chispeaba cuando iba hacia el malecón del marítimo. Al fondo, sobre Somo, una espesa neblina producto, supongo, del endemoniado romper de las olas. Apenas había gente, salvo desayunando en los bares. A sus puertas, grupitos compactos tomaban café y fumaban cigarrillos. Supongo que toda esa gente lo primero que hará al llegar a la oficina será ir al cagadero. Bueno, de un tiempo a esta parte suelen estar bastante limpios. En eso, desde luego, hemos mejorado. ,
En cualquier caso, me produce algún tipo de indefinida emoción ver a toda esa gente, ya, a tan temprana hora, alternando, quitándose la palabra unos a otros. ¡Tanto tienen que decir! Por contra, yo, soy un náufrago en alta mar. Nadie con quién hablar, nada que decir, a ningún sitio que ir que no sea la sala de mi casa a volver a tocar el Tico-Tico No Fuba. Nunca pensé que pudiera haber una pieza tan enganchante... ni siquiera las falsetas que me enseñó Juan Trilla... se habrá muerto ya, tan cascado como estaba. ¡Cuánta gente se va quedando por las cunetas del camino!
Pero no todos los que se van quedando son iguales. De Juan Trilla conservo el recuerdo nítido. Subía con mi guitarra a Horta donde en el sótano de la tienduca de instrumentos musicales que tenía en aquel barrio me daba las clases. Sentados en aquellas sillas flamencas, tan incómodas. Me escribía las falsetas en hojas sueltas que yo iba poniendo en un cuaderno de anillas. Junté un buen taco y todavía toco la mayoría de ellas. Los palos del flamenco, toda esa riqueza que hasta entonces me había sido tan ajena. Ahora, ya, casi ni le hago caso. Los toco como un autómata, sin la menor emoción. A veces, cuando intento bulerías, María me dice: ¡qué bonito! Pienso que es muy agradecida.
Y eso es lo que va quedando. Unas falsetas, el Tico-Tico, la exigua coleción de libros que me distrae los atardeceres, ir a Mercadona, intercambiar unas palabras con el moldavo que limpia el portal... como un sueño.
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