miércoles, 2 de noviembre de 2022

La hospedería de la razón

Me siento en un banco frente a la dársena del puerto pesquero y continuo con la lectura de El Libro del Buen Amor. Ya empiezo a sufrir por que lo estoy acabando y quisiera que me durase para siempre. Y es que a todo el ingenio e información que contiene se le añade el placer de la recitación. Sí, ese placer que, de forma espóntanea ha descubierto la juventud, ahora, cuando los planes de estudios no le prestan la menor atención. En mi colegio todos los años había concursos de recitación y pocas cosas daban más prestigo que ganarlos. Los negados nos conformábamos recitando en los recreos versos obscenos: yendo un día Veremundo/ por las montañas de Arnedo/ encontró una niña inocente/ que andaba metiendose el dedo. Y así, millones de estrofas. Bueno, ahora, cuando paso por la explanada del Centro Botín veo que en una esquina de las escalinatas se ha encalomado un grupo de raperos que aventan al aire sus creaciones poéticas. La recitación, como todos los placeres, se reproduce por generación espontánea. Las palabras, su sentido, cuentan poco, lo esencial es la música. 

LLego a casa y me pongo con la partitura del Tico-Tico no Fubá. Ya me falta poco para controlarla. No creo que haya pieza más pegadiza. Bueno, sí, El Choclo, que también la acabo de aprender. Voy por la calle saltando de la una a la otra sin podermelas sacar de la cabeza. Piezas populares donde las haya. Por su pegajosidad, supongo. Por la noche, como para desengrasar, escucho a Stephanie Jones interpretando los diferentes movimientos del Decameron Negro de Leo Brouwer. No sé, pero a mí me parece algo casi sobrenatural. O, mejor, demoniaco. ¿Cómo, si no, se va a poder llegar a esos grados de sofisticada perfección? O de dificultad extrema. 

Cuando me canso de la guitarra, más que nada porque me duele la espalda, me tumbo en el sofá y agarro a Pessoa. El Libro del desasosiego. Hace ya muchos años que caí sobre él y todavía no me he levantado ni ganas. Es como un continuo saltar de las ensoñaciones poéticas a las clarividencias dolorosas. No deja resquicio a la inocencia. O a las ilusiones. 

"A medio camino entre la fe y la crítica está la hospedería de la razón. La razón es la fe en lo que se puede comprender sin fe; pero es todavía una fe, porque comprender implica presuponer que hay alguna cosa comprensible."

 En fin, en algo se tiene que entretener uno mientras espera desesperanzado a que se disipen los nubarrones que oscurecen el horizonte. ¿Alguna vez no los hubo? 

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