"ESPOSA
Bésame con su boca a mí el mí amado;
son más dulces que el vino tus amores,
tu nombre es suave olor bien derramado,
y no hay olor que iguale tus olores;
por eso las doncellas te han amado,
conociendo tus gracias y dulzores;
llévame en pos de ti, y correremos;
no temas que jamás nos cansaremos."
Así comienza la traducción del Cantar de los Cantares de Salomón que hizo Fray Luis de León. No es de extrañar que se prestase a capciosas interpretaciones. Ya en el prólogo se dirige de tal guisa a Isabel Osorio, una monja importante, pariente suya, que había sido la que le había encarecido esa traducción: <<La lectura de este libro es dificultosa a todos, y peligrosa a los mancebos que no están muy adelantados y firmes en la virtud; porque en ninguna Escritura se explica la pasión del amor con más fuerza y sentido que en ésta; y así, acerca de los hebreos, no tenían licencia para leer este libro y algunos otros de la Ley los que fuesen menores de cuarenta años...>>
Una monja enamorada de Dios, un fraile de la Virgen...
"Esta dichosa y una,
¿quién es que se levanta cual aurora,
hermosa cual la luna,
escogida y señora
cual sol, que al mundo con sus rayos dora..."
Justo lo mismo que le dice Don Quijote a Dulcinea o Don Juan a Doña Inés: luz de donde el sol la toma. Porque ya, puestos a ser exagerados ¿por qué pararase en mientes?
El caso es que Fray Luis es un joven brillante que anda sobrado por aquella Salamanca llena de lumbreras y, como es de ley en tales casos, suscitando envidias y anhelos de venganza. Esa traducción del Cantar, con su inequívoco erotísmo, les da pie a ello: le montan un proceso inquisitorial en donde salen a relucir todas las rencillas acumuladas en años de humillaciones.
Porque hay algo en los seres humanos del montón que no tiene enmienda posible y eso es la facilidad con la que se sienten humillados cuandos escuchan algo que les desmiente. El tonto es incapaz de aprovechar las inmensas posibilidades pedagójicas del desmentido. Se siente tan frágil que solo puede aceptar como verdad lo que le confirma en sus ideas. Y si alguien, al que le va bien en los estudios, le desmiente un par de veces ya no le cabe otro cosa en la cabeza que el deseo de venganza. En su pequeñez mental se monta la película de que es necesario castigar lo que considera soberbia del que le supera de forma natural. Porque es que, además, el mediocre tiene una como querencia hacia las mafias. Adhiriendose a una estructura de poder quedan diluidas todas sus carencias. Y se siente poderoso. ¿Y puede haber algo más peligroso que un mediocre, por no decir tonto, que se siente poderoso?
Ese fue el asunto de Fray Luis, que los mediocres organizados en la mafia de la Inquisición no aguantaban su manifiesta superioridad intelectual. Y consiguieron tenerle cinco años preso con acusaciones de sainete. Dijiste tal, dijiste cual... el problema era que no estaban capacitados para entender lo que decía. Y el que no entiente, por definición, se vuelve, primero susceptible, después recoroso y acaba en vengativo. Eso fue todo lo que quedó sellado con la famosa frase: ¡decíamos ayer! Y es que Fray Luis pasó por la cárcel, pero la cárcel no pasó por él. Es muy dificil, por no decir imposible, privar de libertad a una mente privilegiada.
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