jueves, 17 de noviembre de 2022

Bien común

Hoy, así como por casualidad, he venido a caer sobre un artículo titulado: COVID UPDATE: What is the truth?, escrito por un tal Russell L. Blaylock y publicado en Surgical Neurological Internacional. He seguido tonteando y de pronto me he visto escuchando el discurso sobre el cambio climático del Senador Gerard Rennick en el parlamento australiano. Tanto el artículo como el discurso me hubieran emocionado si yo siguiese creyendo que las cosas de este mundo se rigen por el sentido común, la prudencia, discreción y demás virtudes con las que supuestamente el creador dotó al ser humano. Nos hemos cansado de escuchar estos últimos tiempos que todas las restricciones de derechos y persecuciones a los disidentes que han tenido lugar estaban encaminadas a preservar el bien común. Por otra parte hace ya bastantes años que nos están intentando aterrorizar con lo del calentamiento global. La única realidad de todo esto que yo veo es que mientras la chusma traga una casta de vivillos está sacando una tajada con la que se sienten muy seguros y muy felices. ¡Con su pan se lo coman mientras les dure la racha!

Me pongo a hacer la colación de media mañana -ya pasaron casi cinco horas desde que desayuné- y tengo frente a mí un envase de leche. Un brick que le dicen. En un lateral tiene una explicación de cómo escoger un buen envase y como se recicla después de usado. Debajo hay un código QR que te piden que escanees y luego hagas un test para comprobar todo lo que sabes sobre reciclaje. Lo de hacer tests les encanta a todos los superdotados. De hecho hoy día se aprueban todas las asignaturas haciendo tests. Nada de redactar o enfrentar un tribunal, no, hoy día es cosa de poner crucecitas en cuadraditos. En fin, el caso es que yo paso y tiro todos los envases al mismo saco que las peladuras de la fruta o las raspas del pescado. Eso si, procuro que el saco no esté roto y deje el ascensor hecho una pocilga, cual suele ser el caso. En eso consiste toda mi aportación al bien común. 

El bien común, ya saben, ese engendro, o mal absoluto, puesto en funcionamiento el siglo XIX por los idealistas alemanes. Hasta entonces se había vivido muy bien intentando cada uno su salvación por el camino que le parecía el más adecuado. Pero los putos alemanes sacaron al individuo del centro de la creación y pusieron al rebaño. Supongo, cargado de optimismo, que lo que estamos viviendo estos días que corren, es, precisamente, un intento de volver a por donde solíamos, es decir, a ser otra vez individuos que no necesitan que nadie venga a salvarles. Una revolución, sin duda, que va a precisar montar otra vez las guillotinas en las plazas púbicas, aunque esta vez no hará falta usarlas en el sentido literal sino que con el figurado bastará. 

En resumidas cuentas, allá cada cual y al que le guste la literatura para chachas, pues nada, que siga entreteniéndose que a los pastores les encanta que sus ovejitas no se le descarríen.  

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