Me plantea Santi un problema arduo: la diferencia entre saber y comprehender. Algo así como entre el placentero surfear por la superficie de las cosas o el penoso ponerte a cavar hondo hasta que das con la roca y entras en shock. Supongo que el asunto lo niqueló aquel físico que dijo que cuando empiezas a estudiar física, con las primeras adquisiciones, la tentación es hacerte ateo; cuando sigues en la brecha y profundizas, inevitablemente, das en meditar sobre la existencia de Dios.
Lo de dar en la roca y su consiguiente shock vendría a ser el caer en la cuenta de la inaprehensibilidad de cualquier sistema complejo, que lo son todos, porque sencillos no creo que existan. Querer comprehender, en el fondo, es un pecado de soberbia que los dioses te hacen pagar caro. Sin embargo, el simple saber, es la meta de los bienaventurados, de los que tienen éxito con las chicas cuando cacarean junto a la barra de un bar.
Cada uno es como le hicieron las circunstancias y sus genes, así que buena gana habría que tener para querer trastocar los designios de la naturaleza. El que está hecho para tener más sed cuanto más bebe viene a ser como Sisifo: nunca podrá dejar de empujar la piedra hacia arriba, pero tendrá el enorme consuelo de no tener que enfrentarse a la nada del sentirse satisfecho con el simple tomar daiquiris tumbado a la sombra de la piedra inmóvil. Porque, que no se engañe nadie al respecto: sin daiquiris se está muy mal a la sombra de la piedra.
En fin, no sé, porque la metafísica se inventó para aplacar los ardores a los que estamos condenados por haber sido hechos a imagen y semejanza de los dioses. Por eso es inevitable que aspiremos a la ubicuidad y la omnisciencia, ¡pobrecitos!, como si la copia tuviese algo que ver con el original.