miércoles, 27 de marzo de 2024

Calvario

La Semana Santa. Supongo que debe coincidir con la primera luna llena después del equinoccio de primavera. Eran las cuatro o así cuando he levantado las persianas y he visto un resplandor inusual: en el cielo había una luna rutilante. Bueno, me he dicho, tendremos unas horas de tregua. Las mesnadas de turistas que asolan la ciudad podrán retozar a su antojo hasta que las lluvias vespertinas les devuelvan a su melancolía habitual.

Ayer, una tarde de perros, los bares cabe la iglesia de los Pasionistas, justo aquí al lado, rebosaban de nazarenos. Para pasar de pasear el cirio y las andas a empinar el codo solo hace falta un pequeño detalle meteorológico. Me pregunto si algunos de aquellos nazarenos eran conscientes de que lo que estaban conmemorando en esos momentos era la subida al Calvario entre insultos, latigazos, escupitajos... pero da igual, porque a la postre todo sirve para el convento dionisiaco: la hostelería, como se dice de la banca, siempre gana. 

Aquel sentido de la pasión y muerte que nos intentaban inculcar antaño se ha ido al carajo. La vida, dicen ahora, es para disfrutarla. De los sacrificios a los dioses se ha pasado a tomar pastillas. Pastillas y tira millas. Y los medios oficiales de comunicación/manipulación de masas, no se cansan de enseñar las operaciones salida y retorno en las que se ven a millones de personas atrapados en sus coches como en una especie de subida al Calvario. ¡Pobrecitos! Es imposible escapar a nuestro macabro destino: estamos hechos para pasarnos la vida intentando huir de nosotros mismos sin conseguirlo. Es el precio a pagar por estar hechos a imagen y semejanza de los dioses. Una muy mala imitación, por cierto.

Aquellas Semanas Santas de mi niñez. Me pregunto si algo me quedó de todo aquello. A lo mejor sí y por eso nunca me pillaron en operaciones salida y retorno. En cualquier caso, hace ya mucho que caí en la cuenta que donde más fácilmente huyo de mí mismo es en el salón de mi casa. En mi reclinable Ikea subo al calvario sin casi enterarme.  

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