domingo, 17 de marzo de 2024

Puterío

Tengo un vecino que es de mi pueblo. Me lo encuentro a diario porque hacia el mediodía siempre anda renqueante por la calle. Ya se sabe, a los noventa y tantos lo menos que se puede tener es una cadera jodida. Tan pronto como me ve empieza a echar pestes de los coches que pasan a toda mecha por la calzada. Yo le contesto con cualquier tópico, él se sonríe y acto seguido comienza a quejarse de éste que ya no se quiere levantar. Porque es que mi mujer no colabora. Es un tipo que siempre se distinguió por lo atildado; seguramente no había en el pueblo nadie mejor vestido y peinado; parecía sacado de una película de Hollywood. Siempre andaba de acá para allá en su furgoneta y, en verano, a la hora del baño solía aparecer por el territorio de los señoritos con un taparrabos rutilante. Pero nunca hacía nada por mezclarse. Se daba el chapuzón, estaba cinco minutos al sol, y volvía a su furgoneta. A cualquiera de aquellos señoritos que le hubiesen preguntado quién era aquel tipo y a qué se dedicaba, no hubiera sabido responder más que era uno muy bien vestido que siempre andaba en una furgoneta de aquí para allá. 

Ayer, como es habitual en él, iba vestido de verano del 42, y nada más verme, tras las imprecaciones de rigor al tráfico rodado, pasó sin solución de continuidad a decirme que el había sido muy putero. Aquí en Santander, en la Cuesta del Hospital, era una mierda; a mí lo que me gustaba era ir a Bilbao. Las de Bilbao, al lado de las de aquí, eran como reinas. El tío ya iba embalao: entonces, una, con la que ya había estado varias veces, me dijo: J., hoy no te voy a cobrar, hoy quiero correrme... Y ahí quedó en suspenso el relato porque todo lo sustancial ya estaba dicho. 

A mí, como es natural, estas cosas me hacen gracia. Aunque poco, porque siempre andaba entre señoritos, algo alterné con los muchachones del pueblo. Me gustaba, sobre todo, lo de cantar por los bares; con dos vinos ya nos considerábamos todos poco menos que Fletas. Cantábamos hasta quedar exhaustos y, después, invariablemente, venían la confidencias sobre putas. Lo de ir de putas era para ellos la sal de la vida. Todos tenían echado el ojo a alguna vecinita para el día de mañana, pero, para hoy, una puta, y si era de Bilbao, el sumun. Yo, como en mi medio natural no se estilaba, escuchaba con cara de tonto y no sabía qué pensar, aunque, para mí, que aquello no me convencía en exceso. Creo que siempre me produjo una especie de repugnancia moral el asunto. Pero bueno, sabía distinguir, y comprendía perfectamente que aquella muchachada necesitaba estímulos para poder sacar a España hacia adelante. 

En fin, cosas de la vida que nadie, por muy socialista que sea, va a cambia con leyes y sistemas educativos. Y no por nada, sino porque así lo quiere Dios. 

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