Y hablando de quietismo, un desconocido envía un link a "Visanteta esta-te queta", una película valenciana que es la expresión depurada del sentir de un pueblo laborioso donde nunca falta el pan. Me ha hecho gracia porque el concurso de pedos que hay en esa película me ha recordado a lo que contaba mi padre de su Haro natal. Había allí un mesón, Casa Terete, que, no se hoy, pero en mi juventud todavía conservaba todo su esplendor, en el que se organizaban concursos de pedos. Ponían un duro, de aquellos de plata, de canto sobre el borde de una mesa y corrían las apuestas a ver quién era el que conseguía tumbarle de un pedo desde más lejos. Y es que, Haro, también era un pueblo laborioso en el que nunca faltaba el pan. Porque esa es la cuestión, que donde no se pasa necesidad sobra la trascendencia. Recuerdo la última vez que estuve en Valencia. Fue con motivo de la muerte de mi hermano. Como no soporto los sitios cerrados donde se acumulan las masas opté por irme a la alameda que había frente a la iglesia donde se estaban celebrando los funerales a sentarme en un banco. No tardó en sentarse a mi lado un señor con pinta de bien comido que sin mediar preámbulos se puso a contarme las excelencias de los prostíbulos del lugar. Pasé un rato entretenido tirándole de la lengua. ¿Qué mejor tema a tratar que ese para establecer una pasajera relación de fortuna? Y es que hablar de fornicio nunca complica las cosas a nadie a no ser que esté entre gente que no tiene para comer. Con el estómago lleno se acabaron todas las filosofías.
Por lo demás, sigue lloviendo, lo cual es una bendición donde las haya y por la que no paro de dar gracias. Ayer salí a hacer unas gestiones y daba gusto comprobar la limpieza de las calles y la transparencia del aire. La cordillera al otro lado de la bahía tenía la boina puesta, pero las primeras estribaciones cabe el mar eran de un verde oscuro rabioso que las recortaba con una nitidez hiperrealista. Son los prodigios de los que la naturaleza nunca se cansa de proveernos para que purifiquemos el espíritu con su mera contemplación. La mera contemplación, ¡ay!, esa gracia concedida a quienes por medio de la ascesis liberaron su espíritu de las pesadumbres del conocimiento... condición sine qua non para captar la belleza que encierra en sí todo lo creado... al menos, eso es lo que sostiene la mística.
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