sábado, 23 de marzo de 2024

Meditaciones anarquistas

Como mis hijas me han comisionado para que controle los arreglos de un piso que acaban de comprar, estoy de lo más entretenido. Muchas veces he pensado que lo mío hubiese sido dedicarme a los negocios. Como mi abuelo. Pero como a mi abuelo lo mataron, precisamente, por ser empresario, pues, lógicamente, toda la educación que recibí estuvo encaminada a evitar las querencias emprendedoras. Fui la típica víctima del "tú, hijo, algo seguro". O sea, funcionario... que no de otra circunstancia proviene la ruina que ha sido mi vida.

El funcionario es el esbirro del político, es decir, la parte más ruin de la mafia que extorsiona al ciudadano con la sibilina escusa de proporcionarle seguridad. Toda la filosofía del asunto consiste en que nadie puede confiar en nadie porque todo el mundo es mala gente para todo el mundo y en todo momento. Por eso es que las más insignificantes relaciones entre las personas tienen que estar tuteladas por la mafia por medio del preceptivo relleno de montañas de papel. Que no es que piense yo que no sea necesario algún tipo de código de conducta, como el que le hizo escribir Dios a Moisés en una piedra. Con eso debiera bastar. Y, luego, para incitar a respetarlo, ya está el aprecio o desprecio de la comunidad. Que lo infringes, ya te ganas el desprecio de la comunidad, no solo para ti, sino para tus hijos y sus descendientes por siete generaciones. Sin piedad. Por eso fue Jesucristo el que provocó la avalancha de papel, porque fue él el que inventó la piedad. 

En fin, lo que sea, que vete tú a saber. Pero nadie me va a quitar de la cabeza que para la inmensa mayoría de los contratos entre personas debería bastar con la palabra dada. De hecho, estoy comprobando estos días que el mecanismo de la palabra dada se practica mucho más de lo que se podría suponer. La mafia estatal le ha puesto a eso el ominoso nombre de economía negra. Y la persigue con denuedo. No puede consentir que algo no quede bajo su égida. Y no, como pudieran pensar algunos, por el dinero que esa economía le hace perder; ni mucho menos: la clave estriba en el peligro que para la mafia supone que la gente se dé cuenta de lo innecesaria, e incluso perjudicial, que es la mafia. 

Resumiendo, que dedicarse a los negocios tiene algo como de respirar libertad y, eso, precisamente, porque entras en un medio en el que la gente se dedica con entusiasmo a sortear los mecanismos de control de la mafia. Y ya les digo que parece imposible, pero no lo es. Es algo parecido a lo del agua, que, a la hora de la verdad, las subterráneas ganan por goleada. Y todo tiene la pinta de que, en el futuro, van a ganar mucho más. Solo hay que mirar a los que dirigen la mafia para darse cuenta de que está en descomposición. Son los más tontos de cada casa.    

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