lunes, 11 de marzo de 2024

Yahvé

La novela de Baroja, El Gran Torbellino del Mundo, deja las cosas bastante claras respecto a los porqués de que se armase una tan gorda como fue la Segunda Guerra Mundial. Las cosas no pasan porque sí; siempre hay unos prolegómenos que las anuncian y, en el caso de las guerras, siempre es la estulticia de los gobernantes que pretenden mantener su poder por medio del más perverso y antiguo de todos los procedimientos, es decir, inventarse un enemigo y, una vez inventado, dedicar todos los recursos a su alcance a humillarle. 

Baroja viaja por la Alemania recién derrotada y cuenta lo que ve. Fundamentalmente, humillación por parte de las potencias triunfadoras. O sea, la táctica de los matones. La gente muriéndose de hambre y cosas así. ¡Que paguen por lo que han hecho! Así, ¿a quién le puede extrañar que en cuatro días apareciese Hitler? Ni veinte años se necesitaron para pasar de aquellas humillaciones a tener a todo el mundo con el culo prieto. El afán de revancha de los humillados es inevitable. 

Y así es como andan ahora los gobernantes de este lado del mundo, tratando  de convencernos por todos los medios a su alcance, no muchos, la verdad, de que los rusos son muy malos. No han parado hasta que les han montado allí una pelea de taberna y todo parece indicar que van a tener que salir con el rabo entre las patas. El otro día dijo el presidente francés que iba a mandar tropas; a los dos días se desdijo. No les funciona el invento porque no se atreven a poner en práctica la condición sine qua non para convencer a las masas de la existencia de un auténtico enemigo: el hambre. Con el estómago lleno es imposible concebir enemigos. Y en esas estamos, con las simpatías repartidas entre las partes en conflicto, pero sin entusiasmos que, al fin y al cabo, aquello está muy lejos y a mí ni me va ni me viene.

Por cierto que a Baroja no le gustan un pelo los judíos. Los describe aprovechándose de aquella caótica situación en que estaba Alemania para hacer sus negocios fáciles. Supervivientes natos. Y, por ello, no menos odiados. También se vislumbra en esa novela lo que luego les ocurrió. Bueno, ahora les estamos viendo comportarse en Gaza y se diría que no aprendieron nada de la historia. Prefieren guiarse por el Yahvé de la Biblia que aconsejaba exterminar a los enemigos. 

O sea, que solo veo una solución para neutralizar a todos los Yahvés que hay por el mundo: poner mercadonas por todos los lados. 

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