jueves, 28 de marzo de 2024

Teología

El protagonista del Dr. Faustus de Thomas Mann acaba siendo un músico revolucionario, pero sus estudios son teológicos. Nunca fue a ningún sitio a aprender música. Se crio en casa de un tío que tenía una tienda de instrumentos musicales en la que  un pequeño grupo de entendidos organizaba conciertos. De jugar con los instrumentos y escuchar esos conciertos y las discusiones que después de ellos tenían aquellos entendidos le vino toda la sabiduría musical. Digamos que aprendió al estilo Feynman, es decir, investigando por su cuenta con la metodología que le habían trasmitido aquellos entendidos cuando analizaban las piezas que acababan de interpretar, lo mismo que Feynman empleaba la que le había enseñado su padre cuando hacían excursiones campestres. De todas formas, no hay que engañarse, porque esa capacidad para ir al fundamento de la música no le vino solo de sus juegos y atenciones, sino que también fue facilitada por los estudios teológicos que, precisamente, son eso, tratar de ir al fondo de lo que es lo más inaprensible de todo. Concretamente, Dios. 

Los teólogos se especializan en especular sobre la idea de Dios. Es probable que el primer mono que muto a hombre, es decir, que tuvo conciencia de la finitud del tiempo dado, fuese el que inventó a Dios. Con Dios en el bolsillo ya no le perturbó tanto la certeza de que se iba a morir. De aquel entonces para acá la cosa no ha cambiado en absoluto. A Dios se le podrá dar todos los nombres que se quiera y, con ello, pensar que por fin conseguiste matarlo. ¡Vana ilusión! Cojan, agarren a un comunista, especialista donde les haya en matar a Dios, y ¿qué se encontrarán?: pues un teólogo especializado en utopías. Y ¿qué es una utopía?: la ciudad de Dios. No hay forma de escapar de Él porque por nosotros mismos seríamos inviables. 

Así es que, una cabeza rutilante, como la que Mann nos describe en el protagonista de su Dr. Faustus, no podrá tener preocupación mayor en la vida que desentrañar a ese Dios en el que cree por imperativo biológico. Las razones por las que uno cree en Él. Es el colmo del hilar fino.  Es, querer ser Dios. Un pecado de soberbia. Por eso el protagonista del que les hablo trata de escapar a su impotencia pactando con el diablo. Y Dios, que no soporta tal osadía, le condena a la muerte en vida. Como condenó a Nietzsche, otro que tal bailaba. 

En fin, en lo que me concierne, Dios es la respuesta a todo lo que no la tiene. Y así, con esa creencia, he conseguido apaciguar un poco mis inquietudes telúricas. Otros, como me dice Santi en su homilía de hoy, creen que ser de derechas o izquierdas les resuelve su idea de Dios. ¡Benditos ellos que tienen la respuesta de todas las incógnitas de la vida! ¡Y qué le vamos a hacer si así somos los humanos!

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