Después de la andanada de días lluviosos con cortejo de catarros y demás, han llegado unos días primaverales que invitan a agarrar la mochila y la cachava para echarse a los caminos a escuchar el canto de las aves. Indiscutiblemente, soy un hombre de campo. Mis ensueños siempre se desarrollan junto a ríos rumorosos y bosques caducifolios. Son los recuerdos felices de la infancia, los que seguramente me sirvieron para que nunca consiguiese estar a mis anchas en las ciudades en las que siempre me vi forzado a vivir como si estuviese de prestado.
Echarse a los caminos es el sueño quijotesco. Es la esperanza de encontrar algo que te saque de la nada a la que conduce la seguridad de las cuatro paredes. De niño, apenas apuntaban los primeros clarores de la aurora cuando escuchaba el silbido de algún amigo que venía a buscarme para iniciar alguna aventura imprevisible. Afortunadamente, tenía unos padres que no temían por mí, ni daban importancia a los descalabros que cada dos por tres me acontecían.
Resumiendo, que estoy harto de butaca, de libros, de partituras... de estar siempre buscándole tres pies al gato. Ya es hora de abandonarse a la locura primaveral que no es otra que la de echarse a caminar que es para lo que estamos hechos. A dios gracias todavía me queda algo de fuelle.
“A lo cual respondió don Quijote:
ResponderEliminar—Advertid, hermano Sancho, que esta aventura y las a esta semejantes no son aventuras de ínsulas, sino de encrucijadas, en las cuales no se gana otra cosa que sacar rota la cabeza, o una oreja menos. Tened paciencia, que aventuras se ofrecerán donde no solamente os pueda hacer gobernador, sino más adelante”