domingo, 30 de noviembre de 2025

Black Friday

 


Black Friday
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Venía intentando reflexionar los días pasados sobre las leyes del mercado. Me tome la molestia de leer La Riqueza de las Naciones de Adam Smith y, también, para hacerle contrapunto, la Historia del Pensamiento Económico de Murray Rothbard. Son dos libros amenos donde los haya y que vendrían a disentir en una cuestión fundamental: el valor que asignamos a las cosas; para Smith sería objetivo y, para Rothbard, subjetivo. En definitiva, para uno, el precio de las cosas depende de lo que haya costado producirlas y, para el otro, de la avidez que la gente siente por esas cosas. 

Bueno, me imagino que las cosas no son tan sencillas. Sin embargo, sí es verdad que a las almas cándidas les cuesta mucho aceptar la subjetividad del valor de las cosas y, de ahí, de esa dificultad, quizá sea de donde proviene en parte el gusto por las ideas totalitarias que mayormente se sustentan en la fijación de los precios... la fijación de precios, ese despeñadero por donde se precipitan en el abismo los totalitarismos. 

Pero, en fin, esto de la subjetividad del valor es una cosa que ya solo discuten los más tontos del lugar, es decir, la gente que se autocalifica como de izquierdas, o sea, una condición del espíritu que consiste en considerarse a sí mismo mejor que los demás y, por tanto, con derecho a vivir del trabajo de los otros, que, por supuesto, son peores. Y, así las cosas, con lo que nos encontramos es con un mercado que trata por todos los medios de entrar a saco en esa subjetividad: todo su esfuerzo consiste en hacer creer a la gente que necesita lo que no necesita para nada, algo que, por cierto, es muy fácil de conseguir como todos ustedes supongo que sabrán por la propia experiencia... al menos, yo, les puedo asegurar, me he pasado la vida cayendo en esa trampa. 

Siempre, yo, como casi todo el mundo, a nada que se nos baja la paletilla, que es como en muy pueblo llaman a estar bajo de forma, corremos a restaurarnos por el procedimiento más fácil, y por tanto falso, que existe: comprar cualquier cosa que el mercado te ha metido por los ojos. Nos hacemos la ilusión de que ese capricho es una necesidad que, una vez cubierta, va a contribuir a subirnos la paletilla. Y, de hecho, nos la suele subir por unos minutos, y acaso unas horas, pero siempre muy pocas, para luego caer más hondo de donde estabas antes de haber comprado. Y es que comprar lo innecesario empobrece indefectiblemente... material, pero, sobre todo, espiritualmente.   

He necesitado llegar a muy viejo para caer en la cuenta de que pocas cosas hay que mejor muestren la calidad de una persona que su actitud ante el consumo. Dime qué consumes y sabré qué coeficiente intelectual tienes. Así, que ya saben, mírenselo con atención antes de sacar la visa, porque, a nada que se descuiden la estarán usando para comprar esclavitud. 

sábado, 29 de noviembre de 2025

Lo que ha de menester

Miraba ayer una de las guitarras que tengo, es una González de las que hacían -no sé si seguirán haciendo- en la calle Hospital de Barcelona. Ya va para cuarenta y cinco años que la compré y luce impecable, y eso que la he usado casi todos, por no decir todos, los días de entonces para acá. No hace mucho, la estuvo tocando un gitano de Palencia y me dijo que la prefería a una de Hermanos Conde de la calle Gravina de Madrid que compré por capricho hace ya va para treinta y tantos años. Yo diría que la González me salió de balde y la de los hermanos Conde, no tanto. Y eso que las dos me costaron una pasta; mucho más la Conde. 

En el Siglo de Oro español había una frase que me parece que condensa en sí sola toda la sabiduría posible sobre la economía de mercado: "de balde compra el que compra lo que ha de menester". La frasecita se las trae; y por eso es que sea tan difícil pillarle el significado a la primera de cambio. Yo diría, exagerando un poco, que la mitad de la obra Walden de Thoreau consiste en tratar de explicar al respetable lo que significa esa frase. Porque, aunque no se lo crean, comprender esa frase es lo que más puede contribuir a hacernos personas ricas. 

Y es que el asunto es ese, que cuando compras algo que no has de menester, como la Hermanos Conde que les decía, lo que en realidad estás haciendo es empobrecerte y, de paso, empobrecer el mundo. Y aquí es donde reside, a mi juicio, el Talón de Aquiles de la economía de mercado que, al no hacer distingos entre lo que es necesidad y lo que es simple deseo o capricho, incita a la gente confundir lo uno con lo otro y, de resultas, a rodearse de porquerías inútiles que son las que, a la postre, más contaminan el planeta, por no hablar de los espíritus. Sí, ya sé, me dirán que, con la producción y venta de esas porquerías inútiles, miles de millones de personas obtienen una remuneración que les permite vivir dignamente. Desde luego que, a primera vista, parece un razonamiento lógico, pero solo a primera vista. A segunda vista se da uno cuenta de que ese razonamiento es una imbecilidad letal. 

El problema es que confundir necesidad con capricho es uno de los mecanismos que mejor proporciona a la gente la ilusión de escapar de sí mismo. Es el camino más directo al embrutecimiento. No dejar un minuto libre para poder dedicarlo al verdadero enriquecimiento, que es el del espíritu: aprender a observar para maravillarse con las bellezas de la creación a la vez que se entonan alabanzas al creador, es decir, nuestra relación con lo divino. Y para eso está el mercado, el verdadero mercado, el que satisface solo necesidades y no emponzoña con los caprichos. Así es como el tiempo se dilata y lo puedes dedicar a aprender a entonar esas alabanzas que, a la postre, son el único goce real que nos puede proporcionar la vida.   

viernes, 28 de noviembre de 2025

La berrea

".../ mas nunca se logran hijos / que al padre quiebran palabra./ Ni tampoco tuvo dicha / en cosa que se ocupaba, / nunca Dios le hizo merced, / ni es razón que se la haga". Le dice el Cid a Don Sancho.  

Cuando el rey Fernando I, está en su lecho de muerte, hace jurar a sus hijos y a los caballeros de su corte que nadie, so pena de su maldición, debe cambiar las disposiciones de su herencia. A Sancho, le deja Castilla; a Alfonso, León; a García, Galicia; a Urraca, Zamora; a Elvira, Toro.  

"Todos responden amén, / sino Don Sancho que calla."

Don Sancho es el primogénito y se siente traicionado; piensa que, como es tradición, el reino de su padre tiene que pasar integro a sus manos. Por eso, no se había enfriado todavía el cadáver de su padre y ya estaba guerreando para quitar a sus hermanos lo que pensaba era suyo por ley divina. 

Bueno, todos saben cómo acabó Don Sancho, a manos de Dolfos Vellido, hijo de Vellido Dolfos. Todavía, si van a Zamora, podrán entrar a la ciudad por la Puerta de la Traición, así llamada porque se supone que fue allí donde Vellido acabó con Sancho de unas cuantas puñaladas. 

Como ya les he contado, recibí en herencia un par de libros encuadernados en piel y con papel biblia, que hacen mis delicias. Una es las obras completas de Santa Teresa -ya les comentaré algún día- y el otro es el Romancero Español. En el Romancero hay unos doscientas y pico páginas dedicadas a glosar al Cid y su entorno. Entre la realidad y la leyenda nos queda un compendio de la condición humana que en nada desmerece, pienso, al que nos legó Shakespeare. 

La condición humana, en su esencia, se mire como se mire, poco o nada se diferencia de la de las otras especies animales. Su núcleo constitutivo es la berrea. Todo gira alrededor de la imposición de los unos sobre los otros, mientras, las otras, están expectantes para irse de inmediato con el que se impone sobre los demás. A partir de ahí, todo vale. Siempre hay una razón superior que lo justifica todo. Por eso es tan delgada la línea que separa la traición de la lealtad. Al final, lo único a lo que podemos recurrir para consolarnos es a la justicia divina... "nunca Dios le hizo merced / ni es razón que se la haga", dice el Cid, el héroe guardián de las esencias que nos hemos inventado los que nunca ganamos en la berrea para no desmoronarnos. 

Así ha corrido el mundo siempre y no es previsible que cambie: los que ganan en la berrea tramiten su ADN y, los que pierden, trasmiten su resentimiento inventándose héroes. 

jueves, 27 de noviembre de 2025

Metafísica a la violeta

Intercambiamos vídeos y comentarios sobre Diego del Gastor, Niño Ricardo, Sabicas... perspectivas diferentes sobre la vida y el mundo a través del arte flamenco. Sencillez y sofisticación, racionalidad y barroquismo. Diferentes formas de interpretar una misma realidad sin que haya más enjundia o belleza en unas que en otras. Digamos que la naturaleza se expresa en todas ellas en todo su esplendor. Y, también, que, cada cual tiene una tendencia natural a identificarse más con unas que con otras sin que ello tenga por qué desmerecer a ninguna.  

El caso es ese, que las cosas en general no funcionan así. Lo normal son las preferencias excluyentes. Supongo que es una cuestión, por así decirlo, de evolución filogenética o, mejor si ustedes quieren, ontogenética. Cuando la evolución se estanca tendemos a la rigidez y, de ahí, nuestra espantosa limitación para reírse de uno mismo, la peor de todas las carencias. 

Las preferencias excluyentes, el fanatismo... uno, con los años, tiende a apartarse del mundo para no tener que contemplar el dolor que produce el estancamiento. Todo el mundo matándose por su ridícula verdad. Todo se convierte en religión. O sea, siempre a dos pasos de la guerra. 

Me pregunto, qué demonios será lo que lleva a la mayoría de los mortales a ese estancamiento evolutivo. Quizá no sea más que una cuestión biológica: se da de sí lo que se da porque así está marcado en nuestros genes. Y esa voluntad de poder, que decía aquel filósofo, seguramente no es más que una ilusión... o una realidad muy limitada en el mejor de los casos. 

En fin, metafísica a la violeta para desayunarse. 

miércoles, 26 de noviembre de 2025

Harta plaga

Por lo visto, ayer por la tarde la ciudad estaba colapsada porque había una manifestación contra la violencia machista. Hombres que pegan a sus mujeres siempre les ha habido y siempre les habrá, mayormente por carencias intelectivas; lo mismo que mujeres que envenenan a sus maridos a causa de sus insatisfacciones constitutivas. Pero, en general, las relaciones de las parejas tienen un aceptable pasar con sus correspondientes altibajos y, si las tensiones van a mayores, se divorcian y santas pascuas. Y así ha corrido el mundo sin mayores contratiempos hasta que apareció en escena esa seudociencia que llaman psicología y que, al parecer, encaja como un guante en la estructura mental femenina... porque, de no ser así, no tendría explicación el que todos los años salgan de las universidades millones de mujeres licenciadas en esa, ya digo, seudociencia consistente en tomar por certezas lo que solo son conjeturas indemostrables. O sea, lo que hicieron las porteras a todo lo largo de la historia. 

El caso es ese, que por unas razones u otras que, para simplificar, podríamos englobar dentro del concepto de "maldición prometeica", el mundo se ha llenado de psicólogas que, como es natural, buscan vivir de sus seudoconocimientos. Y aquí es donde entramos en contacto con la parte perversa de las leyes del mercado: el mercado no solo se dedica a satisfacer las necesidades de la gente; también, tiene una parte y no pequeña, que consiste en convertir en necesidad lo que solo es deseo... o en hacer sentir como real lo que solo es ficción. 

Ese es el gran problema de la humanidad, que hay que comer todos los días. Por eso es que el modus vivendi es núcleo de todas las preocupaciones. Y eso nos lleva a sacar de donde hay y, también, de donde no hay... ¡tan poderoso es el ingenio humano! Y claro, si millones de psicólogas tienen que comer, lo primero que tienen que hacer para ello, es convencer a la gente de que tiene perdido el juicio. Por eso es que todo el mundo ve en sus alucinaciones como van los hombres por la calle con el garrote en la mano persiguiendo a sus mujeres para darles su merecido. 

Pues sí, todo esto de las leyes del mercado merece más de una consideración, porque no todo son bendiciones al respecto como pretenden algunos. Hay que tener en cuenta que, una gran parte de la mercancía que se vende, va a satisfacer, so capa de necesidades, lo que solo son caprichos... hasta el más tonto del pueblo sabe que son, precisamente, los caprichos, los que lo pudren todo. ¿Es que acaso lo de ir al psicólogo no es un capricho la inmensa mayoría de las veces? ¿No se podrían sustituir la mayoría de esas visitas por un simple ir a la cantera a picar piedras? ¿O darle un par de tortas al mocoso?

Se lo conté no hace mucho, pero volveré sobre ello porque en pocos sitios he visto tan bien explicados los efectos perversos del mercado. Están hablando Cipión y Berganza, dos perros, del portento que es el que ellos puedan hablar y, dice Cipión, que, tiene por averiguado la experiencia que, siempre que aparece un portento, es que alguna gran calamidad amenaza a las gentes. 

"Berganza.- De esa manera no haré yo mucho en tener por señal portentosa lo que oí decir días pasados a un estudiante, pasando por Alcalá de Henares. 

Cipión.- ¿Qué le oíste decir?

Berganza.- Que de cinco mil estudiantes que cursaban aquel año en la Universidad, los dos mil oían Medicina.

Cipión.- Pues, ¿qué vienes a inferir de eso?

Berganza.- Infiero, o que estos dos mil médicos han de tener enfermos para curar (que sería harta plaga y mala ventura), o ellos se han de morir de hambre." 

Claro, Cervantes nunca dio puntada sin hilo. La demanda no la crea la necesidad, sino la oferta. O ¿por qué creen ustedes, si no, que sea el que todo el mundo se sienta enfermo? Pues simplemente porque hay un médico cada ciento cincuenta personas. Una oferta brutal que hace su silencioso trabajo: te tienes que sentir enfermo para que yo pueda comer.  

En resumidas cuentas, que hay que tener más ojos que Argos para que no te la metan doblada.

martes, 25 de noviembre de 2025

Intencionalidad

Uno nunca puede saber el grado de intencionalidad que hay por parte del poder en todas esas previsiones apocalípticas con las que vienen dándonos la tabarra los diversos medios de comunicación de unos años a esta parte. Y siempre, tan negras premoniciones, han ido quedando en agua de borrajas -se ve que al agua de borrajas le dieron en algún tiempo valores medicinales que resultó no tener-. ¿Se acuerdan del agujero de ozono? Íbamos a acabar todos como San Lorenzo en la parrilla. ¿Quién se sacó de la manga aquello? ¿Fue algo fortuito o una maniobra de distracción intencionada? ¿Cómo saberlo? 

Luego, cuando se vio que lo del ozono era nada se pasó con igual entusiasmo a lo del calentamiento global. Según aquellas previsiones, para estas fechas ya tendrían que estar los continentes medio sumergidos en las aguas del mar. Otra vez fue nada, pero por el camino, se tomaron decisiones que han cambiado el panorama desde el puente. Y otra vez nos tenemos que preguntar sobre lo que hubo de intencionado o de, meramente, fortuito devenir. 

A continuación, vinieron todas aquellas amenazas de peste que culminaron en la milonga del covid. Una especie de imbecilidad suprema que ha dejado un rastro de desolación -al que Dios se la dio, San Pedro se la bendijo- cuya única causa ha sido las decisiones tomadas por los poderes en curso. ¿Hubo alguna intencionalidad en aquel desiderátum? ¿De qué mentes podría haber salido una maldad tan sofisticada? ¡Ni al demonio se le podría haber ocurrido! No, más bien, por lógica bíblica, tuvo que ser algo venido de arriba como consecuencia del hartazgo de los dioses por nuestros estúpidos comportamientos.  

El caso, se ve, es que no podemos vivir sin tener una espada de Damocles sobre nuestras cabezas. Seguramente es la consecuencia de vivir con la ilusión de haber matado a Dios. Durante milenios la creencia en Dios le había servido a la humanidad para tener algo a lo que temer y, así, no pasarse de la raya. Pero, enterrado Dios, ¡viva la Pepa! ¡El mundo a la medida de nuestros deseos! Obviamente. el invento no puede funcionar. Ni los perros son niños, ni el turismo son viajes, ni la inmigración paga las pensiones, ni, ni, ni...  empeñarse en vivir en la ficción trae aromas de venganza. 

Pues sí, señoras y señores, desde que no existe Dios, por fas o por nefas, tenemos que vivir siempre cagándonos por la pata abajo. Las tres cuartas partes de mi tiempo vivido, hasta que cayó el muro, viví pendiente del botón. ¿Lo apretarán o no lo apretarán? Y, en el entretanto, todos con hemorroides de tanto apretar el culo. No habíamos recogido todavía los escombros del muro y ya teníamos lo del ozono hasta en la sopa... y tiro porque me toca. No sé, pero para mí que ya se palpa el hartazgo; por eso, mejor volver a creer en Dios y en su justicia implacable. Mucho mejor, en cualquier caso, que andar especulando sobre intencionalidades ocultas y fortuitos devenires que nunca podrán llevar a nada que no sea emponzoñamiento de los espíritus.  

lunes, 24 de noviembre de 2025

Emociones a la carta

Al filósofo Savater, que nunca ha parado de dar entrevistas, le preguntaron en una de ellas que qué libro se llevaría a una isla desierta; pareció no dudarlo: "el mundo como voluntad y representación" de Schopenhauer. Reconozco que no me pareció mala elección; yo también, por aquel entonces, tenía ese libro entre los más manoseados de mi colección. Hasta que cayeron en mis manos otros que consideré que venían a decir lo mismo, pero de forma más inmediata... pero no les voy a dar la lata con mis preferencias porque sería el cuento de nunca acabar ya que, si estás vivo, lo lógico es que cambien de un día para otro. ¡Ay, las pequeñas preferencias, qué tortura!

Perdón por la digresión. Lo que quería decir es que, por muy abandonado que tenga ese libro, hay una parte de él sobre la que vuelvo una y otra vez y siempre me maravilla: son los capítulos dedicados a la música. Supongo que el entusiasmo que me produce es debido en gran parte a que así puedo ejercitar mi narcisismo; lo entiendo por la sola y exclusiva razón de que, aunque malo, soy músico. El que no lo sea que ni siquiera lo intente porque se quedará mayormente a uvas. 

La música, vendría a ser, la continua secuencia de desacuerdo y reconciliación de los dos elementos de que se compone, el rítmico y el melódico. Dice:

"Este desacuerdo y reconciliación constantes de los dos elementos son, desde el punto de vista metafísico, imagen del nacimiento de nuevos deseos seguidos de su realización. De ahí el encanto con que la música penetra en nuestros corazones, pues nos presenta la ilusión de la plena satisfacción de nuestros deseos. Considerada más de cerca, descubrimos en este proceso de la melodía una condición, en cierto modo interior (la armonía) que se encuentra, como por azar, con una exterior (el ritmo), este azar es provocado, indudablemente, por el compositor y, en este sentido, puede compararse con la rima de la poesía; pero esto es precisamente la imagen del encuentro de nuestros deseos con las circunstancias externas favorables, independientes de ellos, es decir, la imagen de la felicidad."

O sea, que una cosa es entender de qué va la música y otra sentirla. Es lo va del cerebro al corazón, de lo mediato a lo inmediato. Lo mediato es ese azar provocado por el compositor, es decir, la técnica; lo inmediato, el goce del melómano que se deja penetrar por el artificio de esa técnica sin plantearse la manipulación que toda técnica supone. 

Un apunte más: 

"La música es el verdadero lenguaje universal que en todas partes se entiende y, por ello, se habla en todos los países y a lo largo de todos los siglos, con gran tesón y gran celo. Una melodía significativa, que dice mucho, muy pronto da la vuelta por todo el orbe; mientras que una de sentido pobre, que no dice nada, enseguida se extingue y muere. Lo cual prueba que el contenido de una melodía es algo muy comprensible. Sin embargo, no habla de cosas sino puramente de gozo y de dolor que son las únicas realidades para la voluntad; por esta razón, dice tanto al corazón, mientras que, a la cabeza, directamente, no tiene nada que decir."

En fin, hablar al corazón, las emociones que le dicen... ¡Qué peligrosa puede llegar a ser la música cuando no se sabe de qué va! Suscitar emociones a la carta, eso es lo que es la música. 

domingo, 23 de noviembre de 2025

Prometeo Kilby

¿Cuánta gente sabe quién fue Jack St. Clair Kilby? Seguramente muy poca. Y es que uno de los mayores problemas que siempre ha tenido el mundo ha sido que la historia la han escrito, por lo general, los ignorantes a sueldo del poder -por definición, a sueldo del poder solo puede haber ignorantes-. Por eso es el que hayamos venido llamando historia a lo que en realidad no ha sido otra cosa que propaganda. Hoy día, si todavía no has espabilado y sigues mirando periódicos y televisiones estatales, tendrás en la cabeza miles de dimes y diretes acerca de todos esos inútiles cuya única aspiración es la de vivir a costa de los que saben hacer cosas. A saber todos esos dimes y diretes es a lo que la gente llama estar informado. Y saber historia a conocer todas las listas de reyes godos habidas y por haber. 

¿Quién fue James Watt? Se lo diré, el auténtico padre de la modernidad. El fué el ingeniero que introdujo las reformas definitivas en la máquina de vapor de agua para que esta pudiese ser utilizada en mil procesos industriales. En definitiva, cambió el mundo radicalmente. Todas las conmociones sociales y guerras que comenzaron en las postrimerías del XVIII y siguieron todo el XIX, no fueron otra cosa que la maldición prometeica a causa del fuego que Watt había robado a los dioses. Así que, olvídense de Napoleón y recuerden a Watt y tendrán una idea más aproximada de lo que pasó. 

Lo de Kilby es lo mismo. Recuerdo que cuando empecé a trabajar en lo de la fisiología respiratoria, como para algunas pruebas necesitábamos del cálculo infinitesimal fue necesario agenciarse una calculadora que era un armatoste de unos 40x40x40, más o menos. Esto era por el año setenta del siglo pasado. Dos o tres años después, en una de las visitas que nos hacía un técnico alemán, vimos con sorpresa que para hacer los cálculos traía en el bolsillo un artilugio del tamaño de un móvil de los de hoy. Por supuesto que por entonces no lo sabíamos, pero detrás de aquel cambio de tamaño estaban los circuitos integrados, microchips que le decimos, que había inventado Kilby. Fueron los microchips lo que hizo posible la existencia de todo este tinglado informático que nos traemos entre manos y que, como no podría ser de otra manera, también tiene su parte, y no pequeña, de maldición prometeica... si uno escucha por ahí se diría que ya nos está llegando el agua al cuello; pero no, es solo que Prometeo está encadenado y a la espera de que venga Atenea a liberarlo. 

¿En forma de qué llegó Atenea a liberar al Prometeo Watt encadenado? Diría yo que en forma de marxismo cultural. Ningún país se salvó de esa moda. Y aquí, en España, Franco mediante, a calderadas. Estuvo bien mientras sirvió. El problema es que Prometeo, al verse libre, siempre vuelve a las andadas; esta vez se sirvió de Kilby para robar más fuego. Y vuelve a estar encadenado. ¿En forma de qué va a llegar Atenea a liberarlo esta vez? Estamos expectantes y son muchos, demasiados, diría yo, los que se ganan la vida haciendo predicciones. 

En fin, el cuento de nunca acabar. Pero no se dejen engañar: la Historia no la escribe el poder político; la escribe Prometeo con su irreprimible adicción a robar fuego a los dioses.    

sábado, 22 de noviembre de 2025

Reguero

Dice el refrán que toda realidad ignorada prepara su venganza. Lo de vivir en la ficción no creo que sea algo premeditado, sino, más bien, un artilugio que fabrica la mente para ahorrarse el dolor de la impotencia. Es como si fuese un mecanismo de la naturaleza para poder seguir tirando hacia adelante ya que, afrontar el dolor, llevaría en la mayoría de los casos al suicidio. 

No por otra causa es que todo, o casi todo, a nuestro alrededor sea ficción, y, también, que, como consecuencia de ello, haya tanta venganza por parte del cielo. Y es que al cielo no hay nada que le pudra más que la cobardía que supone no querer afrontar el dolor de nuestra impotencia. Por eso, todo lo que inventamos para escapar de nuestra impotencia no tarda ni dos días en convertirse en un quebradero de cabeza. 

La vida es lo que es, muy poca cosa para quien no afronta la realidad a pecho descubierto. La realidad de la impotencia que supone no poder tener otra certeza que la de que dentro de nada vas a volver al polvo. Y conviene no perder nunca de vista esa certeza so pena de pasarte la vida dejando un reguero de inmundicia mientras huyes hacia ninguna parte.

Y es que esa es la cuestión, huir o no huir... dejar o no dejar un reguero de inmundicia. Porque, a la postre, eso es lo que somos, el reguero que dejamos... reguero que impregna a nuestra descendencia hasta siete generaciones. 

viernes, 21 de noviembre de 2025

Amén


¿Por qué las vacunas se han convertido en una religión?

¿Cómo las vacunas llegaron a ser el agua bendita de la civilización?

Todo empezó en el siglo XVIII, cuando una escritora inglesa, que vivía a la sazón en Turquía, se dio cuenta de que las mujeres que ordeñaban las vacas nunca enfermaban de viruela. Y es que las vacas tienen una forma liviana de viruela de la que se contagiaban aquellas mujeres quedando con ello inmunizadas. Aquella observación dio algo que hablar y fue de inmediato demonizada por la ciencia médica del momento. Pero hubo algunos médicos que no la echaron en saco roto e hicieron sus experimentos. Pocos años después, apenas iniciado el siglo XIX, un tal Jenner, médico inglés, publicó sus hallazgos al respecto y fue una de las mayores bombas en la historia de la medicina. No habían pasado un par de años de la publicación y ya la corona de España envió un barco lleno de niños infectados con la viruela de la vaca al continente americano. Pocas actuaciones médicas habrán sido tan exitosas como aquella expedición. Hay que tener en cuenta que, por entonces, la viruela era el mayor azote de la humanidad: mataba millones todos los años. Recuerdo que, recién iniciados mis estudios de medicina, en unas vacaciones, mi padre me encargó la vacunación de todo el pueblo. Se hacía una pequeña escarificación en la piel del hombro con una lanceta previamente impregnada con la pócima milagrosa. Nunca hubo invento que funcionase mejor. Ya hace bastantes años que se dio por extinguida la viruela. Luego, hacia mediados del siglo pasado, se inventó la vacuna contra la poliomielitis que, a la sazón, era el mayor quebradero de cabeza que tenía la ciencia médica. Hay que ser muy mayor para tener el recuerdo de la cantidad de gente coja que, a causa de esa enfermedad, había por el mundo.
A partir de logros tan espectaculares, es lógico que se pensase que se podían conseguir vacunas para todas las enfermedades infecciosas. Y los laboratorios se pusieron a la tarea y pronto empezaron a salir al mercado vacunas para esto, para lo otro y para lo de más allá. Así se ha llegado a la grotesca situación de que a los niños de los EEUU de América les endilgan en la niñez hasta setenta y tantos tipos de vacuna... hasta para el picor de nariz. Por no hablar de los viejos a los que anualmente se les inyecta la vacuna de la gripe como si de un ritual religioso se tratase. Yo también sucumbí durante años a tamaña necedad.

El caso es que, como se suele decir, a rey muerto, rey puesto. O, si mejor quieren, a enfermedad controlada, enfermedad despendolada. Y por el camino, los laboratorios farmacéuticos se han convertido en los auténticos poderes en la sombra que controlan el mundo. No hace ni cuatro años que lo ha podido comprobar cualquier persona que conserve un par de neuronas funcionantes... cosa no fácil, por cierto, dado el grado de intoxicación, tanto química como mediática. a la que vivimos sometidos.

Porque el caso es ese, que por mucha vacuna que haya la morbilidad de la sociedad no decrece sino, más bien, todo lo contrario. Cuando más se vacuna la gente más enfermedades tiene y, de rebote, más negocio para los laboratorios. En los EEUU de América, uno de cada treintaiún niños tiene autismo, y, uno de cada dos, tiene una enfermedad crónica. ¿Tendrá algo que ver en ello tanta vacunación? ¡Vade retro! Ni se te ocurra mentarlo: vas directamente a la hoguera. Y eso por más que se sepa que en las comunidades que no vacunan a sus hijos no existe tal problema. Al final lo que tenemos es una nueva religión con sus talibanes siempre al acecho por si hay que quemar a algún hereje.

En realidad, no hay nada nuevo bajo el cielo. Cualquiera que se haya molestado en leer algo sobre la historia de la medicina sabrá que desde la noche de los tiempos se cometieron barbaridades en nombre de la ciencia con la misma convicción de estar haciendo lo correcto que la que se tiene ahora respecto de las vacunas y tantas otras terapias de, en el mejor de los casos, dudosa efectividad. Cuando yo empecé a ejercer, hace ya casi sesenta años, todavía se praticaban las sangrías, una terapia sagrada durante centurias, o milenios, que seguro produjo más muertes que la viruela y poliomielitis juntas. Y todavía recuerdo cuando en el quirófano de al lado del que yo estaba ayudando a sacar
quistes de los pulmones, estaba el Dr. Barón rebanando estómagos a cualquier desgraciado con malas digestiones. ¿Quién hubiese osado dudar en aquellos tiempos de que se estaba haciendo lo correcto? En fin, ya ven lo en serio que hay que tomarse todas estas cosas de la ciencia médica -un oxímoron-. 

Por cierto, un pequeño detalle: está archicomprobado que la gente que se vacuna de la gripe tiene el doble de probabilidades de pillarla que el que no se vacuna. Y, sin embargo, como dice el bolero, te quiero. ¿Por qué será? Les trascribo unas reflexiones al respecto por si pudiesen servirles de ayuda.


Note: propaganda is a tool that is used to convince the population that something which goes against their interests and cannot be logically justified is actually “good for them.” For this reason, propaganda is emotional rather than logical in nature, and frequently will use emotional arguments that on the surface appear logical but once you peer deeper are not.

(Nota: la propaganda es una herramienta que es usada para convencer a la gente de que algo que va contra sus intereses y no puede ser justificado lógicamente es en realidad "bueno para ellos".  Por esta razón, la propaganda es de naturaleza emocional en vez de lógica, y, frecuentemente, usa argumentos emocionales que en su superficie parecen lógicos, pero que, una vez considerados en profundidad se descubre que no lo son.) 

jueves, 20 de noviembre de 2025

A resguardo

Lichtemberg fue un matemático y físico alemán que nació dos siglos antes que yo -en julio de 1742- y que es recordado más que nada por las citas que de sus escritos hacen gente tan poco sospechosa de pusilanimidad como puedan ser Goethe, Nietzsche o Shopenhauer. La obsesión de Lichtember era el arte de pensar, el espíritu crítico, el veneno de la curiosidad. Y eso, más que las propias matemáticas o física, era lo que trataba de inculcar a sus alumnos de la universidad de Gotinga. ¡Perdón por esta erudición! ¡Olvídenla Ya!  

Les traigo esto a colación porque leyendo un texto de Shopenhauer sobre el arte de pensar me he encontrado con una cita al tal Lichtemberg en la que se reflexiona sobre un asunto que siempre me ha traído de cabeza por su apestosa incidencia en los ambientes sociales que se suelen considerar, o más bien autoconsiderar, como cultos: me refiero a la erudición del conocimiento, es decir, a esa diarrea de datos irrelevantes, que no aportan nada sino embarullamiento de la mente y de la que están llenas las conversaciones de salón, los programas televisivos "científicos", conferencias y demás actos a los que acuden los que viven en perpetua huida de sí mismos. Dice Lichtemberg:

"Creo que, en nuestros días, se trata la historia de las ciencias de una manera demasiado minuciosa, con gran desventaja de la ciencia misma. Se leen con placer estas historias, pero, sin dejar la cabeza positivamente vacía, en realidad, no le aportan fuerza real, precisamente porque la llenan demasiado.

Quien haya sentido alguna vez el deseo, no de llenar su cabeza, sino de fortalecerla, de desarrollar sus facultades y aptitudes, de ampliar su capacidad, habrá encontrado que no hay nada tan debilitante como una conversación con un intelectual sobre una materia de ciencia que él mismo no ha profundizado, pero, a propósito de la cual, conoce mil pequeños hechos histórico-literarios. Es como si se leyese un libro de cocina a un individuo con mucha hambre..."

Ese es el asunto, tener la cabeza llena de mierda e ir por el mundo soltándola al primero que se te cruza. Incluso existe gente que hace de ese soltar mierda un arte que le da para vivir. Y es que la pereza mental, tan extendida por el mundo, es una condición del espíritu que si por algo se caracteriza es por su avidez por absorber mierda. Así es que se publican por ahí libros, pongamos El Universo en un Tablón, que son una estragante recopilación de nimiedades, y de inmediato se convierten en bestsellers... Dios te libre de toparte con alguien que lo acaba de leer: tiene la mierda fresca y se muere por echártela encima. 

En fin, qué otra cosa podemos hacer que no sea ponernos a resguardo.

miércoles, 19 de noviembre de 2025

Necesidades superfluas



Recuerdo que cuando lo de Franco teníamos que soportar una propaganda del régimen absolutamente ridícula. O que nos parecía ridícula porque ignorábamos qué era lo que se hacía en otro tipo de regímenes políticos a los que suponíamos ser cúmulo de virtudes. En cualquier caso, la gente solía hacer chirigota de todo aquello porque la mayoría estaba mejorando su nivel de vida y eso es lo que a la postre cuenta. Luego llegó la ansiada democracia y resultó que la propaganda para exaltarla fue, y sigue siendo, igualmente ridícula. Sin embargo, ahora la gente no hace chirigota porque las técnicas de control psicológico de las masas se han sofisticado tanto que es muy difícil percibir que todo ha cambiado para que no cambie nada. 

La cosa viene de atrás, quizá del primer día de la creación, para ser exactos. Porque ya el primer día hubo berrea y uno se impuso sobre los demás. A partir de ese momento, el uno ya no pudo vivir pensando en que los privilegios ganados hacían agua por todos lados, dado lo cual, para apuntalarlos, no quedaba otra solución que promulgar leyes tiránicas, eso sí, so capa de paz social o cualquier otra mandanga. Precisamente, ayer, hojeando -pasando hojas- por una antología de literatura griega, di con un diálogo platónico que trata de este tema y, a mi juicio, lo deja niquelado. Todos los regímenes políticos dan en lo mismo, en la lucha feroz del poder contra los dominados para mantener el status. 

Ni que decir tiene que tanta ferocidad nunca da el resultado apetecido, sino todo lo contrario. El ansia represiva del poder aumenta en la misma medida en que siente cercano su final. La inseguridad es la peor consejera que uno pueda concebir. De ahí las tonterías que cometen todos los poderes en sus estertores. Tonterías y también barbaridades, claro está. 

 Y en esas estamos, padeciendo, y esperanzados también, por los estertores del poder en curso que a juzgar por las tonterías -y barbaridades- que está haciendo no le deben quedar ya muchos telediarios, como se suele decir. Al respecto, ahí, en esa imagen que les muestro se da una idea de lo que está pasando en el Reino Unido: miles de personas son detenidas por haber escrito en las redes sociales cosas que molestan al poder en curso. Pero es que además: 

UK public health watchdog refuses to release covid vaccine data as it would anger the public if a link to harms were discovered.

(El observatorio de la salud pública rehusa publicar los datos sobre la vacuna del covid porque, dice, podría provocar la rabia de la gente si se encuentra una relación entre la vacuna y el aumento de muertes que se viene produciendo desde que se empezó a vacunar) 

Como ven es un poder à bout de souffle. Se empeñan en mantener el agua en el cesto. Lo mismo que pasa con la llamada Comisión Europea que ahora se han sacado de la manga una cosa llamada Democracy Shield (Escudo para la democracia) que consiste en controlar todo lo que se publica en las redes sociales y eliminar lo que no les gusta, es decir, lo que pone en peligro su poder. 

Es todo un sainete sostenido con los alfileres que son las necesidades superfluas que se ha creado la inmensa mayoría de la población. Las necesidades superfluas -falsos ídolos- son el alimento de la esclavitud; los esclavos raramente se sublevan. Así que no queda otra que la de siempre: vivir entre la esperanza de que un poder se vaya y la desesperación del comprobar que el que viene es más de lo mismo. Mientras sigamos enganchados a los ídolos hay tiranía para rato. Si bien lo miras, toda la enseñanza de la Biblia no es otra que esa, que adorar a los falsos ídolos es la madre de todas las desgracias. Así que, allá cada cual con lo que hace. 

martes, 18 de noviembre de 2025

Insignificancia


El particular infierno que uno vive en estos años de recuento es, mayormente, un infierno de vergüenza. Uno está tan aparentemente tranquilo, pensando en las musarañas, o dando vueltas en la cama a la espera de que llegue el sueño reparador y, de pronto, ¡zas!, te asalta por enésima vez un recuerdo que te pudre el alma. No sé cómo llevarán otras personas este asunto del que supongo nadie esté libre, pero, lo que es yo, por más que intento razonarlo, no hallo remedio a tal tortura. De nada me vale al respecto echar mano de la Guía Espiritual de Miguel de Molinos. No puedo tragarme que, todo lo que hice, fue porque así lo quiso Dios. ¡Demasiada comodidad! ¿Merecería la pena vivir, entonces? No, yo me siento protagonista de mi vida, y, como tal, responsable de mis actos: gozo por las ventajas que me proporciona lo hice bien y sufro las consecuencias de lo que hice mal. 

A la postre, uno acaba por caer en la cuenta de que toda la literatura que se escribió desde que el mundo es mundo no tiene otra finalidad que intentar buscar consuelo al desasosiego que produce la irresoluble cuestión de las pasiones sobreponiéndose a la razón. O, dicho de otra manera, el tirar más pelo de coño que carreta de bueyes o soga de marinero. Las pasiones son la mujer. Ellas son fuente de infinita inspiración pero, también, causa de infinitos quebraderos de cabeza. No hay recuerdo que me haga sufrir que no esté relacionado con las mujeres y, eso, no lo pueden amortiguar los muchos momentos de gloria que me procuraron. 

El rey David y Betsabé, el rey Jerjes y Esther, el rey Alfonso VIII y Raquel. El cuento de nunca acabar. Y es que sin pasiones no somos nada, pero con ellas corremos el peligro de ser demasiado. El justo equilibrio, la razón, es la vida plana. Seguramente, nunca salió nada que mereciese la pena de la gente razonable.

Resumiendo, llega un momento en el que las pasiones se amortiguan porque te has convertido en un SSPM (solo sirve para mear). Entonces la razón campa por sus respetos y te hace comprender hasta qué punto eres insignificante... sobre todo, si estás sentado al pie de un castaño milenario que sigue dando castañas. 

lunes, 17 de noviembre de 2025

Ascesis


Ayer les comentaba a propósito de la escritura, la música y las matemáticas como tres pilares en los que vengo intentando sustentarme desde que escapé de la tiranía del faraón. Hay que tener en cuenta que la tiranía del faraón ofrece muchas ventajas que, en la inmensa mayoría de los casos, hacen olvidar los inconvenientes de la esclavitud. Al fin y al cabo, los inconvenientes son de orden espiritual mientras que las ventajas lo son del material. Es decir, intangible contra tangible.

Tengo que reconocer que, en la penosa travesía del desierto que siguió a la escapada, caí no pocas veces en la idolatría y fui castigado por ello con severidad, pero, al final, conseguí limitarme a la cabaña al borde del lago -mi particular Walden- en donde las cuestiones materiales representaban, ya, una parte insignificante  de mis preocupaciones. 

El Walden es un gran libro; una especie de camino de perfección. Una guía espiritual para conseguir la necesaria ascesis sin la cual la vida no tiene sentido. Ese sentido que vendría a ser estar en comunión con lo que te rodea; ser capaz de comprenderlo y captar toda su belleza. Pessoa llamaba a eso erudición de la sensibilidad; la única erudición digna de tal nombre. Por cierto, también el Libro del Desasosiego de Pessoa es un camino de perfección. 

Pues sí, no conviene engañarse al respecto: lo de cultivar jardines es imprescindible para entrar en contacto con la divinidad, lo que, a la postre, vendría a ser el único fin para el que fuimos creados; pero, esto, solo es posible si previamente escapaste del faraón y, después, conseguiste atravesar el desierto sin sucumbir a los ídolos que lo jalonan. Supongo que todo es cuestión de tener la suficiente presencia de ánimo para no mirar hacia atrás... que ya saben lo que pasa cuando se mira hacia atrás.          

domingo, 16 de noviembre de 2025

La providencia

Me tiro un buen rato intentando encontrar la solución a un enrevesado problema mayormente geométrico, pero con buenas dosis de algebra. Al fin doy con la solución y comprendo que era una bobada, lo cual no ha impedido que sintiese una cierta hemorragia de satisfacción. Y es que tuve que exprimirme el coco y eso es lo que cuenta; porque exprimirse el coco, pienso, vendría a ser lo más parecido a eso que llamamos relación del hombre con lo divino. Nunca, pienso, el hombre es tan a imagen y semejanza de los dioses como cuando está resolviendo problemas matemáticos.

En mi particular tránsito por este mundo, tengo que confesar que, la inevitable travesía del desierto que todo ser humano debe soportar, me resultó especialmente penosa. Como comentaba ayer con un querido amigo que también pasó la suya -no menos penosa, por cierto-, tuvo que ser la providencia divina la que nos ayudó a salir de un atolladero en el que ya nos veíamos perdidos sin remisión. Claro, uno se pregunta, ¿qué es la providencia divina? Sin duda tiene que tener algo que ver con la forma en que fuiste educado. Una educación temprana en el sacrificio, la austeridad y la disciplina, seguro que está relacionada con el favor que a la larga te prodigan los cielos. 

Sean como sean estas cosas de la metafísica teológica, lo que les puedo asegurar es que tuve tres momentos de inspiración sin los cuales sabe Dios cómo habría acabado, aunque cuando veo a esos muchachos pidiendo a la puerta de un supermercado me hago una idea de lo que podría haber sido. El primer momento fue, allá por los treinta y bastantes años, cuando bajé a la papelería del barrio a comprar unos cuadernos. Me habían entrado ganas de escribir y, por lo que sea, me lo tomé en serio. La segunda inspiración, fue casi a la par: aprender música. Conocía a unas señoras que vivían cerca y que daban clases de guitarra; me sirvieron para iniciarme. La tercera, siendo ya mucho mayor, fue cuando sentí el impulso de aprender matemáticas. Rápidamente me puse a recibir clases y con ello a pasarme las noches en una pura pesadilla... supongo que porque ya tenía las neuronas demasiado rígidas para semejante empeño

O sea, escritura, música y matemáticas, los tres pilares en los que me he sustentado y sin los cuales no creo que todavía anduviese por aquí. La escritura, estoy convencido, fue lo que me enseño, para empezar, a leer, y para seguir, a observar en general. Me cambió por completo el sentido de la lectura que ya nunca más fue para pasar el rato. De inmediato sentí necesidad de introducir el método que, fundamentalmente, consistió en leer los libros en el mismo orden en el que habían sido escritos: La Ilíada, La Odisea... y de ahí hacia delante. Así es como he llegado a esta simplificación de tener una biblioteca de menos de cincuenta tomos que, leo y releo y, donde está, pienso, si no todo, prácticamente todo lo que se ha escrito sobre la faz de la tierra. 

El aprendizaje de la música me sirvió, sobre todo, para bajarme los humos, ya que de inmediato me hizo consciente de mis muchas limitaciones. El aprendizaje de la música exige voluntad, disciplina y concentración, cosas que, por cierto, no caen del cielo; por contra, necesitan de una continua y extenuante gimnasia para fortalecerlas. A la postre, lo principal que enseña la música es que nada que merezca la pena, ni es de hoy para mañana, ni se puede comprar en las tiendas, como nos quieren hacer creer. 

Las matemáticas son parecidas a la música. Las dos son cálculo y lo que las diferencia es que en la música el cálculo es inconsciente y en las matemáticas consciente. Shopenhauer dice que la una es inmediata y las otras son mediatas. Sea como sea, de lo que sí estoy casi seguro es de que las matemáticas despertaron en mí el sentido de lo trascendente. ¿Cómo ha podido el ser humano  llegar a esas cotas de abstracción? Estudiar matemáticas es estar descubriendo continuamente universos nuevos. Si no dioses, han tenido que ser algo parecido los que han abierto tales caminos al conocimiento. Porque es fuego robado por el que inevitablemente, supongo, habrá que pagar un precio.   

Sí, la providencia... 

sábado, 15 de noviembre de 2025

Pureza étnica

No estoy seguro, pero juraría que Heródoto no mienta para nada a los judíos en sus libros. Eso vendría a significar que los judíos eran un pueblo insignificante perdido entre el mosaico de etnias establecidas por todo el oriente medio. Claro, desde que, supuestamente, se produce la eclosión del poder judío, hacia el año mil antes de Cristo, hasta cuando Heródoto escribe sus libros han pasado cuatro siglos; mucho tiempo, en definitiva, para una memoria que, mayormente, se sustenta en el boca a boca. Así es que, pienso, la Biblia nos da una idea propia de quien se mira mucho el ombligo y habla mucho de sus cosas. Es como la autobiografía de un cualquiera que, al estar muy bien contada, hace que sea muy fácil reconocerse en ella. Por eso, la historia del pueblo judío es la historia del mundo con sus infinitas vicisitudes. 

Por eso la Biblia es un libro en el que no hay página que no te obligue a parar y ponerte a pensar. Estaba ayer leyendo cuando los judíos regresan del exilio al que los había llevado Nabucodonosor. Por así decirlo, les había sacado de un pueblo de mala muerte y los había llevado a una metrópolis que tendríamos que considerar rutilante si nos atenemos a la descripción que de ella nos da Heródoto. Allí fue donde se pudieron empapar de la herencia sumeria y acadia que, sin duda está en el origen de la Biblia. En fin, sea como sea, la cabra tira al monte y, con la llegada de Ciro al poder los judíos pudieron volver a la tierra de sus ancestros. Ya en casa, lo primero fue enfrentarse con los que la habían ocupado cuando ellos se fueron y, después, reconstruir las ruinas del templo. Una comunidad no es nada sin un templo; dense una vuelta por la Tierra de Campos y sabrán qué es lo que significa el templo para una comunidad. 

Resumiendo, han echado ya a los ocupas, han reconstruido el templo y ha llegado la hora de la reflexión. A los judíos, todos los males que les sobrevienen son una venganza de Dios por algo que han hecho mal. Ellos siempre tienen en la conciencia lo que Dios aprueba y lo que Dios reprueba. Así que, si algún mal les azota, no hacen como otros que lo achacan al azar; no, ellos instintivamente se pondrán a indagar qué es lo que han hecho mal para merecer semejante desgracia. Ese "qué he hecho yo para merecer esto", que solemos decir por aquí cuando nos vienen mal dadas, seguramente es herencia judía de la que, a D. G., todavía conservamos bastante. 

Que habían hecho lo que Dios reprueba, y por ello habían sido enviados al exilio, eso no había que discutirlo. De lo que se trataba, una vez regresados, era pensar en lo que habían hecho mal en el exilio y tratar de corregir sus consecuencias por muy doloroso que pudiese resultar el remedio. Y lo que habían hecho mal era que, saltándose a la torera la ley mosaica, se habían casado con mujeres extranjeras. En esto Dios era estricto: no quería contaminaciones. Y no por nada, sino porque, por experiencia sabía, que todo el que se contamina acaba adorando ídolos, el más abominable de todos los pecados. Así fue que, una vez consultado Dios por medio de su sacerdote Esdras, se decidió expulsar de la comunidad a todas las mujeres extranjeras junto con los hijos que habían tenido con ellas. Claro, desde la perspectiva actual, una cosa así parece una monstruosidad. Pero no se crean que es algo de lo que estemos muy lejos; vayan al País Vasco o a Cataluña, echen una ojeada, y luego hablamos. No, no es una cuestión que se puede despachar en dos patadas: la pureza étnica es un mito que siempre renace cuando vienen mal dadas. Escuchen a esa política catalana llamada Sílvia Orriols y entenderán de qué les estoy hablando. 

En fin, el caso es ese, que leer la Biblia no es tirar el tiempo por el desagüe.   

viernes, 14 de noviembre de 2025

Partirse el espinazo

Por alguna razón que desconozco los algoritmos de Google se empeñan en colocarme delante de los ojos anuncios de sofisticados artilugios destinados a impedir que los perros caguen y meen en la calle. Son, supongo, otra vuelta de tuerca en ese afán ilusorio de desperrizarles a la vez que se les humaniza. La verdad es que es muy difícil saber en dónde va a parar esta locura. O esta huida hacia delante. Hacia la ficción. Al final, tener un perro se está pareciendo cada vez más a tener un hijo con una discapacidad grave: hay que ponerle pañales antes de sacarle a pasear -tres o cuatro veces al día-, hay que lavarle los dientes... y otras mil caralladas, todos los días desde que nace hasta que muere, veinte años acaso. ¡Imagínense lo que podría dar de sí ese esfuerzo empleado en algo sensato! 

Vivir en la ficción se ha convertido en un oficio en el que poco a poco, quien más, quien menos, se va especializando. De hecho, gran parte del tinglado económico de las naciones se sustenta en procurar servicios para que la gente perfeccione su particular vivir en la ficción. Los perros son como los hijos, pero sin adolescencia, o sea, infinitamente mejor. El turismo es como los viajes de Marco Polo; en vez de nuevos mercados, se buscan sensaciones que es lo que se echa en falta en los mercados locales. Las llamadas actividades culturales, de las que cada día hay millones por doquier, procuran la ilusión de estar cultivando el espíritu en la búsqueda de una vida superior sin necesidad, para ello, de tener que partirse el espinazo... porque de eso es de lo que se trata, de conseguirlo todo sin partirse el espinazo. 

Lo triste de todo esto es que el invento no parece funcionar. Todos esos sucedáneos son como los medicamentos con los que se trata de paliar los efectos desagradables de una enfermedad imaginaria, si es que así podemos calificar a la pereza mental, cobardía o cualquiera de esas cualidades propias de aquel a quien todo le vino rodado en esta vida. Digamos que tal es el cáncer de las sociedades opulentas, el venir todo rodado, sin duda, la más venenosa de todas las maldiciones prometeicas. 

En fin, no sé a cuento de qué me pongo a dar la matraca con estos asuntos tan manidos. Quizá es que estoy hasta los mismísimos de soportar a toda esa gente que insiste en vivir atormentada con tal de no tenerse que partir el espinazo. ¿Por Dios Bendito, con el gusto que acaba uno cogiendo al partírselo!  

jueves, 13 de noviembre de 2025

El derrumbe

He leído un artículo en The Vigilant Fox (El Zorro Vigilante) en el que se trata de encontrar explicaciones a por qué la gente aparentemente inteligente se deja engañar con tanta facilidad. Sin duda es una cuestión que se presta a múltiples especulaciones de todo tipo, pero, a la postre todas ellas llevan al mismo punto de partida: la educación. En 1903, el John D. Rockefeller’s General Education Board, la institución encargada de marcar el rumbo de la educación pública en los EEUU de América, llegó a la conclusión de que la finalidad de la educación pública no era crear ciudadanos con pensamiento crítico, sino ciudadanos obedientes. La cuestión era sencilla, sacar del currículum a los clásicos y meter a calzador algoritmos, o protocolos. Para rematar, solo había que repetir hasta la saciedad la palabra empatía, un término con el que se pretendía animalizar la simpatía. La empatía, por así decirlo, no juzga; se limita a acompañar. La simpatía se preocupa y da consejos. Es lo que va del reino de las emociones al de la razón. Adam Smith reflexionó sobre estos conceptos en su Teoría de los Sentimientos Morales, o sea, que si quieren profundizar ya saben en donde pueden hacerlo. 

Así, a golpe de empatía y algoritmos, o protocolos, es como hemos llegado a convertirnos en esta especie ganadería intensiva en la que se produce a mansalva sin necesidad de plantearse qué es lo que se produce, cómo se produce, para qué se produce... mi nada que pueda poner en peligro la cohesión de la manada. Cualquier pensamiento crítico es de inmediato demonizado. Acuérdense de aquello que bautizaron con el nombre de pandemia lo mismo que podrían haberlo llamado vacaciones en Auschwitz; la gente, seguro que hubiese reaccionado exactamente igual con tal de que la dejasen salir a aplaudir al balcón todos a la vez. De lo que se trataba era de obedecer: seguir el protocolo. 

Esto del pensamiento crítico versus protocolo se entiende muy bien echando un vistazo a cuál ha sido la evolución de la medicina. Hace poco más de un siglo, Conan Doyle creó a Sherlock Holmes basándose en las enseñanzas de su profesor de patología en la Facultad de Medicina de Edimburgo. La técnica del diagnóstico diferencial: "It is un old maxin of mine that when you have excluded the impossible, what-ever remain, however improbable, must be the truth." (Es una vieja máxima mía que cuando he excluido lo imposible, lo que queda, por muy improbable que parezca, tiene que ser la verdad). O sea, un largo proceso de reflexión para excluir lo imposible antes de tomar la decisión. Comparen con hoy día; al minuto de haber entrado por la puerta del hospital ya te han metido en un aparato que tiene el don de la infalibilidad... más o menos, igual que los papas. Y es que todo se ha convertido en una cuestión religiosa. ¡Atrévete a cuestionar el protocolo! De inmediato vas a la hoguera. ¡Si yo les contase las barbaridades que he visto hacer en los hospitales a mayor gloria del protocolo!

Así hemos llegado a una situación en la que la inteligencia de una persona se mide, no por su cuestionamiento de lo establecido, sino por su habilidad para defenderlo. Así, dicen los entendidos, es como se han producido todos los derrumbes de los imperios: defendiendo a capa y espada lo establecido. ¡Hala, a vacunarse todos, que así a lo mejor conseguimos evitar el derrumbe en curso!  

miércoles, 12 de noviembre de 2025

Autoeducarse

Del Siglo de Oro español para acá solo he encontrado dos autores que me hayan conmocionado de una manera inextinguible: Pessoa y Thoreau. El Libro del Desasosiego y Walden son para mí como Biblias. Cada vez que los leo tengo la sensación de que en ellos está todo lo que me interesa. 

Yo diría que el motor intelectual de ambos dos autores es el misticismo. El misticismo, pienso, es como una febrícula que mantiene el cerebro en un estado de permanente excitación. Pessoa conseguía esa necesaria febrícula por medio del alcohol. A Thoreau se la proporcionaba la tuberculosis. De hecho, ninguno de los dos llegó a los cincuenta años; la febrícula, sin duda, desgasta más de la cuenta, pero, mientras dura, es una apoteosis del espíritu, sobre todo cuando ese espíritu ha sido cultivado en la juventud con el estudio de los cásicos en sus lenguas originales.

El caso es que estoy en trance de terminar la lectura de Walden. En cierto modo me recuerda mucho al Criticón de Gracián. Sobre todo, en lo de "el realce rey" que todos tenemos, pero muy pocos encuentran y, de los que lo encuentran, muy pocos cultivan. Encontrar cuál es aquello para lo que estás dotado es el gran reto de la vida; Si lo encuentras y lo cultivas estás salvado; de lo contrario te limitas a sobrevivir dejándote arrastrar por las corrientes de moda. 

Y, ¿cómo encontrar ese realce rey? Thoreau lo tiene claro: evitando la educación institucionalizada. Es fundamental autoeducarse. No es una quimera. La caza y la pesca, por ejemplo, son dos de las actividades más pedagógicas que puedan existir. Se practican en medio la naturaleza, por así decirlo, virgen, y exigen del aguzamiento de las dotes de observación. Personalmente, no puedo estar más de acuerdo con esa teoría: me pase los años de la tardía infancia y primera adolescencia dedicado en cuerpo y alma a esas actividades y muchas veces pienso que esa fue la única fuente de conocimiento real que he tenido en la vida. Bueno, Thoreau cuenta que todos los chavales de su pueblo llevaban un fusil al hombro; en el mío, llevábamos un tiragomas de fabricación propia. Por cierto, que, andaba yo por los doce o trece, cuando un amigo de mi padre, conocedor de mis aficiones, y, sin duda, simpatizante con ellas, me regaló una escopeta de un calibre pequeño, pero que para mí era el no va más. El gozo no duró ni un día: todo fue enterarse mis padres y mandarme que fuese a devolverle la escopeta a aquel señor... señor que, por cierto, luego fue un gran prohombre de su región, El Cerrato; en una excursión que hice por allí en bicicleta pude ver que tenía calles dedicadas en varios pueblos... cosas de la vida. 

Pessoa dice que encontrar ese "realce rey" es la gran tarea de la vida que se lleva todo el esfuerzo. Por eso despilfarrar energías enterándose del nombre de los gobernantes, y cosas así, es una tontería mayúscula: hay que ocuparse solo de lo que nos concierne. Y nos conciernen muy pocas cosas. Profundizar en ellas es la madre de todas las sensibilidades. 

En fin, vamos a ver en qué echamos el día para poder sentir que seguimos en la brecha... sur la brèche, que dicen los franceses. 

martes, 11 de noviembre de 2025

La Rebelión de Atlas

 "Cuando veas que para producir necesitas permiso de quienes no producen nada... sabrás que tu sociedad está condenada."

Esto lo dijo Ayn Rand en su novela La Rebelión de Atlas. Ayn sabía lo que decía porque llegó de niña a EEUU huyendo del régimen soviético que se había instalado en Rusia. 

Como todo el mundo sabe, New York es una ciudad símbolo. Cualquier cosa que empieza en New York, tarde o temprano se traslada a las demás ciudades de Occidente. Éste mismo barrio en el que ahora vivo, en una pequeña ciudad de provincias, se parece por su multietnia a lo que tantas veces hemos visto en las películas ambientadas en la "Gran Manzana". Así es que, debido a los últimos acontecimientos ocurridos en aquella ciudad emblemática se ha empezado a producir en todo occidente una especie de paranoia ante un futuro que parece inevitable: el del triunfo incontestable de la envidia. Es decir, el odio que siente el que es incapaz de producir hacia el que produce. Ese odio, o envidia, o resentimiento, o como quieran llamarlo, que hace que a la gente no le importa que le saquen un ojo con tal de que al odiado le saquen los dos. Así es la condición humana y con ello hay que contar so pena de que acabe pasando lo que pasó en Rusia, en Cuba, en Venezuela y, ahora, amaga en New York. 

Para mí que tal deriva suicida tiene en gran parte su origen en el hecho de que los que producen están tan absortos en su tarea que se olvidan de cómo es el mundo en el que viven. Es un error fatal. Llegan a creerse que su esfuerzo merece recompensa en forma de lujo, que no por otro motivo es que nuestras costas estén llenas de puertos deportivos en donde se pudren los beneficios del esfuerzo emprendedor que debieran haber ido a la innovación. Eso, al envidioso le saca de sus casillas y no ve llegar la hora de su venganza: no le importa quedarse sin trabajo con tal que al que se lo da le quiten de en medio. Esto es más viejo que los pedos y, digamos que, cuando llego aquel que dijo que antes pasaría un camello por el ojo de una aguja que un rico pudiese entrar en el reino de los cielos... bueno, pues ya la envidia se institucionalizó y ya solo quedaba poner manos a la obra. Fue Marx el que dio la vuelta de tuerca que faltaba para que comenzase la fiesta... como está ahora la chusma en New York, quemando banderas de EEUU y cosas así que, por lo visto, le da mucho gusto. 

Como les iba diciendo, el mundo está en un punto de inflexión como hubo pocos a lo largo de la historia. La explosión tecnológica en curso nos ha puesto las cosas muy difíciles. A las mujeres, desde que dejaron de bajar al río a lavar la ropa, no hay Dios que las aguante. Hasta que no han suplantado a los hombres en sus tareas, feminizándolas de paso, no han parado. Así es como se ha llegado a este pasteleo que es la seña de identidad por antonomasia del feminismo. En definitiva, por decirlo al modo bíblico, se ha instaurado como norma en occidente todo lo que Dios reprueba... lo que toca ahora es que nos pase la factura. 

En fin, vamos a ver, porque también parece que esto que ha pasado en New York está despertando muchas conciencias dormidas. Como decía María Zambrano, solo puede despertar el que está dormido; parece una perogrullada, pero quizá no lo sea, porque hay demasiada gente que está dormida sin saber que lo está.   

lunes, 10 de noviembre de 2025

Eleusis

Al atardecer suelo escuchar música mientras hago solitarios. Y, aparte de mis favoritos de la guitarra, suelo escoger muchos de aquellos músicos que, cuando aquellos maravillosos años, vimos tocar en el Festival de Jazz de San Sebastián. Cada año íbamos allí en selecto comité, nos alojábamos en el hotel Arana, hacíamos la ruta gastronómica más chic de la región y, luego, por la noche, puestos hasta el culo de mariguana, nos dirigíamos al velódromo de Anoeta donde oficiaban los santones del momento: Stan Getz, Miles Davis, Dave Brubeck, Chet Baker, Baby King y un largo etc.. En conjunto, todo aquello era para nosotros como una especie de Misterios de Eleusis de los que creíamos salir fortalecidos para afrontar el mundo con las necesarias dosis de cinismo para poder soportarlo. Porque, el caso es que aquellos años de drogas y rosas, los setenta del siglo pasado, tuvieron la turbulencia de los puntos de inflexión: empezaron a morir los valores en los que se había sustentado por siglos esto que llamamos civilización occidental y, por contra, una marea de soberbia impulsada por la explosión tecnológica comenzó a anegar el mundo. De resultas de lo cual, estamos ahora, cincuenta años después, como estamos, que no sabemos si vamos o venimos... con toda esta morangada pisándonos los talones. 

El caso es que los grandes momentos históricos del arte siempre han estado ligados a esos puntos de inflexión. Es cuando las pulsiones suicidas están en máximos y, con ellas, el arrojo para pactar con el diablo. Sorprende, cuando lees los comentarios que suscitan esos videos que escucho, el papel preponderante que las drogas tuvieron en las vidas de muchos de esos mitos de la música. Vivieron un verdadero infierno, pero consiguieron inmortalizarse. Por así decirlo, reprodujeron a Fausto. Y dejaron a muchas Margaritas tiradas por las cunetas. 

En fin, así es la historia de la humanidad: ondas sinusoidales con sus máximos, mínimos y puntos de inflexión. Como la vida misma de cualquier persona que de la euforia pasa a la depresión teniendo en el intermedio apenas unos instantes de lucidez. A la postre, son esos instantes los que marcan todo el trascurrir. ¡Y qué le vamos a hacer si es así como los dioses quieren que sea!

domingo, 9 de noviembre de 2025

Artes de succión

 Hay por ahí gente, demasiada gente, que dice que el vota esto, o lo otro, por tradición familiar. Si hiciésemos caso a Ortega, lo que no estaría mal, tendríamos que concluir que la única tradición realmente consolidada de esas familias es la imbecilidad. Ser de derechas o izquierdas, dice, y perdonen que se lo recuerde otra vez, son dos maneras más, entre las infinitas que hay, de ser un perfecto imbécil.  

Así es qué hay muchos imbéciles por tradición, que se vendría a confundir con la conveniencia y, luego, la mayoría diría yo, por ignorancia. Claro, ser de esto o aquello es para muchos una forma de insertarse en una mafia que le facilita las cosas del comer. Por eso les cuesta tanto cambiar. Y, luego, los ignorantes, que son como hojas caídas del árbol que se dejan arrastrar por la primera corriente que les pilla. En definitiva, todo esto de las divisiones políticas en curso no es más que un cuento de la mona para tener a la gente entretenida y, sobre todo, despistada. 

En el mundo, como dejó escrito Nietzsche, hay gente débil y gente fuerte. La propensión natural de los débiles es la de aglutinarse para defenderse de los fuertes. Por eso es que cuando más mierda es alguien más ideología, que es el aglutinante, tiene. Y esto no lo va a cambiar nunca nadie. No por otra razón es que lo de la paz en la tierra sea una quimera. La guerra es lo natural, por más que sus maneras en ocasiones son tan sibilinas que ni siquiera nos enteramos de que nos están matando. 

A veces, suelo mirar algún video de una mujer que se llama Pilar Almagro. Son videos que nos dan una perspectiva del mundo desde el lado del fuerte. El Estado, que son los débiles aglutinados, exprime a los fuertes que son los que crean la riqueza. Así funciona el tinglado según Pilar y todos los que ven sus videos... que son muy pocos porque los fuertes son minoría. Por eso es que Pilar, como todos los opinadores de YouTube por otra parte, no hace más que confirmar a los que ya están convencidos. Antes pasaría un camello por el ojo de una aguja que un débil se pasase al bando de los fuertes por escuchar un vídeo de Pilar. 

Así es que las ideologías de derecha, izquierda, mediopensionista, etc., no son más que artes de succión que utilizan los débiles para apoderarse de lo que generan los fuertes. Uno de tantos mecanismos que tiene la especie para perpetuarse sobre la tierra. En cualquier caso, es el que nos ha tocado en estos tiempos que corren. ¡A saber lo que durará!            

sábado, 8 de noviembre de 2025

Trascendencia

 



Dice Juan: "Este tipo de ecuaciones no las resuelve nadie. Y cuando digo nadie es que es nadie, cero, nadie. Es una ecuación trascendente; no se puede resolver por medios algebraicos... pero hay cierta música en esta ecuación... y hay que saber escucharla...".  

Trascendente es una palabra con un campo semántico muy amplio. Quizá, quien más preparado esté para agotar todos sus significados sea un teólogo. Y es que la teología vendría a ser algo así como la metafísica de Dios. Dios es la trascendencia en estado puro y, nosotros, los humanos, al estar hechos a su imagen y semejanza, tenemos un afán innato de trascendernos, es decir, de sobrepasar nuestros límites por medio del esfuerzo. A veces, ese afán es tan poderoso que, para poder darle rienda, es necesario pactar con el diablo. Es lo que hizo Adrián Leverkusen, el protagonista de la novela Doctor Faustus de Thomas Mann. Adrián se ayudó de ese pacto para revolucionar la música, pero, antes, para comprender la necesidad de ese pacto, había estudiado teología. 

En fin, quizá fuera necesario el prestarle un poco más de atención a la teología para saber un poco más de nosotros mismos. Y es que se da el caso de que más de uno, por no decir la inmensa mayoría, por aquello de alcanzar una notoriedad por encima de sus méritos, pacta con el diablo sin tener la menor conciencia de haberlo hecho. Y de ahí, tanto sufrimiento después, al no poder, como le paso a Melmot, deshacer el pacto... y mira que lo intentó por todos los medios, pero es que eso, deshacer el pacto, es lo único que no te concede el demonio por mucho que insistas. Y es que hay pactos y pactos... pero éste es otro asunto que mejor no meneallo so pena de sufrir otra oleada de vergüenza.  

En cualquier caso, Juan se trasciende por sus propios méritos. Y, bueno, tampoco hay que dejar de lado la pajarita... toda ayuda para atraer la atención de los educandos es bien venida... algunos exageran en esto, como Walter Lewin, que a veces aparecía en clase con un huevo frito a modo de insignia en el lado izquierdo del pecho, sobre el corazón. Digamos que tanto la pajarita como el huevo frito son pequeñas velas que se ponen al diablo por aquello de no olvidar que siempre está ahí acechando. 

viernes, 7 de noviembre de 2025

La humildad

Se imaginan cómo sería el mundo si lo primero que la gente hiciese al levantarse fuese enfrentarse a un acertijo algebraico o geométrico. Y después, para redondear, practicar media hora con cualquier instrumento musical. Seguro que así se iban a desinflar muchas ínfulas. Las que tienen todos esos miles de millones que viven decantados hacia una ideología, una religión o cualquier otro intento totalizador, que les proporciona una seguridad en su juicio que los aproxima mucho a esa condición mental que antaño se conocía con el nombre de oligofrenia; o sea, escaso cacumen. O caletre. 

Pues sí, enfrentar retos intelectuales reales es la mejor manera de tomarse la medida para comprobar siempre que medimos mucho menos de lo que nos habíamos imaginado. Digamos que es gimnasia imprescindible para fortalecer el músculo de la humildad, la virtud por antonomasia de los seres superiores. Esa es la cuestión, que los seres superiores interpretan partituras y resuelven problemas de matemáticas y, el resto, lo dejan al arbitrio de los dioses.

El devenir del mundo es una continua concatenación de causas y efectos. Una serie de causas que, a su vez, han sido efecto de otras causas, han dado como efecto que en la ciudad de Nueva York haya salido elegido un alcalde socialista y musulmán -endemoniado coctel-, que, inevitablemente, será causa de efectos que habrá que esperar para ver, por más que millones de personas, haciendo uso de su particular bolita de cristal, ya estén adelantándose al futuro, ya sea con negras premoniciones, ya, anticipando el paraíso. 

Allá cada cual, yo no vivo en Nueva York, pero mis hijas viven en Londres, en donde el alcalde también es socialista y musulmán, y no parece que les afecte mucho. Ellas ofrecen un servicio que la gente demanda y, ahí, poca intromisión por parte de la alcaldía puede haber. Y, si se entrometiese, pues con la música a otra parte. Así ha sido siempre, que no por otra causa que la desmedida intromisión de las alcaldías es el efecto de la ruina de las ciudades: se va la gente valiosa y vienen los mediocres. Al final, todo queda en una cuestión de cálculo económico. Derivadas e integrales, para que nos entendamos. El problema es que los mediocres no suelen saber de eso. 

En fin, yo, por si las moscas, me suelo desayunar con un rato de Matemáticas con Juan. Me ayuda mucho a bajar los humos. 

jueves, 6 de noviembre de 2025

La reina del cielo

 Cuando uno se detiene a pensar en aquellos reyes hebreos, pongamos que de hace ya tres mil años, que ofrecían a sus hijos en sacrificio a los dioses -los quemaban vivos- sin que a nadie le pareciese mal. Bueno, o a casi nadie, porque ya para entonces estaban guardadas en el Arca de la Alianza las Tablas de la Ley. Claro, eran reyes que tenían cien o doscientos, o acaso mil, hijos. Como los gallos en el corral, se tiraban a todo lo que se les ponía por delante y que fuese lo que Dios quisiera. Deshacerse de un chaval que, incluso, a lo mejor, estaba en plena adolescencia y no hacía más que dar la lata, no les debía suponer grandes desgarros internos. Además, eran las costumbres de la época y, como todo el mundo sabe, y, si no lo saben, se lo digo yo, la costumbre es la reina del cielo. 

Costumbre, tradición y cultura, son tres conceptos que al meterlos en la coctelera y agitarlos suele salir un batiburrillo que lo mismo sirve para planchar un huevo que para freír una corbata. A gusto del consumidor. 

Se instalan costumbres so pretexto de tradición y, luego, para justificar la barbarie se apela a la cultura. Nuestra cultura. Ahí tienen a esas pobres mujeres musulmanas con su cultura a cuestas, siempre apartadas del resto de la gente, como si estuviesen apestadas. Pues bien, miran ustedes fotos o películas de los países musulmanes de hace cincuenta años y, por las ciudades, no se veía a una sola mujer velada. Se ve que entonces tenían otra tradición y, por tanto, otra cultura, justo la misma que la que teníamos aquí. 

El problema del ser humano, pienso, es que lo mismo que tiene un instinto hacia una vida superior, más espiritual, tiene otro hacia un estado primitivo o salvaje. Y unas veces gana uno y otras veces gana otro, pero nunca hay, ni una victoria, ni una derrota total del uno sobre el otro. Se avanza y se retrocede, pero siempre hay manifestaciones de los dos. Ahora mismo, ¿qué mayor singo de barbarie que todas esas mutilaciones que se hace la gente? Los hay que van con una argolla en la nariz como la que antes se les ponía a los toros. Media humanidad anda tatuada, sin tener conciencia de la automutilación que eso supone. Por no hablar de todos esos niños sometidos a terapias hormonales, cuando no a horroríficas mutilaciones. Y todo ello con la misma finalidad que perseguían aquellos reyes cuando quemaban en la hoguera a sus hijos, aplacar a los dioses. 

Así es que todo, sobre todo si es barbarie, se hace en aras de la reina del cielo, la que vendría a ser la hija en una trinidad en la que la tradición es el padre y, la cultura, que vendría a ser el espíritu santo. En fin, divagaciones mentales sin otra finalidad que la de alimentar la ilusión de que, aunque se sea muy poco, algo sí se puede entender esta cosa que llamamos mundo. 

miércoles, 5 de noviembre de 2025

Poder redimirse

Recuerdo que en las francachelas juveniles se solía cantar aquello de "beber, beber, beber es un gran placer". Yo, por no ser menos, seguía la corriente, pero sin entusiasmo porque mi constitución física se resentía más de lo que parecía habitual entre mis compinches. Supongo que eso influyó en que no me costase mucho cambiar el "beber, beber" por el "leer, leer". Desde muy joven tuve esa afición que con los años se convirtió en pasión. He vivido mucha vida a través de los libros. Mucha más, diría, que la inmensa mayoría de la gente que he conocido, lo cual, seguramente, ha sido la causa primera de no pocos problemas de integración que he arrastrado a lo largo de los años. A buen seguro, leí demasiados libros a los que no tenía derecho. Pero, en fin, fue como fue, y a lo hecho pecho; ahora no me queda más remedio que seguir en la brecha so pena de crever, como dicen los franceses... que es que, mira que es duro esto de la vejez a palo seco, todo el día por ahí formando parte de la insólita turba que acude a los actos culturales de la provincia... que son como el tercer círculo del infierno de La Divina Comedia. 

El caso es que estoy otra vez sobre lo de Hamlet. Para mí Hamlet y El Quijote son la culminación del arte literario. A partir de ahí, solo hay decadencia. Bien es verdad que de vez en cuando se produce un respingo que atrae la atención, pero, en general, con respecto a lo que hubo antes, lo de después, me parece bien poca cosa a efectos de novedad... todo son recreaciones, más o menos logradas. 

La versión que estoy leyendo es la que tengo en el kindle que la bajé de Proyecto Gutenberg hace ya bastantes años. Llegué a tener varias versiones en inglés y español, pero las he ido perdiendo por el camino. Recuerdo que Dani, un traductor que conocí en Salamanca y que luego frecuenté en Barcelona, me pasó una casete con la obra en inglés a la le di tantas vueltas que acabó por quemarse. Era cuando todavía andaba sobrado de energías intelectuales, por así decirlo. Leerlo ahora en inglés me costaría sudor y lágrimas, sin embargo, a medida que voy leyendo esta versión que tengo en el kindle me rechina muchas veces la traducción, porque recuerdo opciones que me parecen más afortunadas. P. ej. 

"My words fly up, my thoughts remain below 

Words without thoughts never to heaven go."

Yo nunca lo hubiese traducido así: 

"Vuelan mis palabras, queda el pensamiento.

Palabras vacías no suben al cielo."

Me parece mucho mejor: 

"Mis palabras vuelan altas, mis pensamientos permanecen bajos.

Palabras sin pensamientos nunca van al cielo." 

En cualquier caso, ¡qué pobres suelen ser las traducciones! Y no te digo, ya, cuando son de poesía. De ahí que para cualquier lector empedernido -lletraferit- conocer idiomas sea un placer indescriptible. Leer a Houellebeq en francés, o a Pla en catalán, han sido de los mayores lujos que me he pegado en la vida. En fin, cada uno según sus posibilidades, como dicen los marxistas. Y es que por muy mala que sea la traducción de Hamlet seguro que su lectura es infinitamente más productiva que toda esa literatura para chachas que atiborra las estanterías de las bibliotecas públicas. 

Por lo demás, ya voy dando fin al Walden de Thoreau. El hombre ha salido de pesca y le ha pillado la lluvia, así que ha corrido hacia una cabaña que recordaba abandonada. Pero al llegar allí se la encuentra ocupada por una familia irlandesa que, según su particular concepción de la vida, es un verdadero desastre. Así es que se decide a echarles una mano para que mejoren:

"... Intenté ayudarle con mi experiencia, diciéndole que era uno de mis vecinos más cercanos y que yo también, aunque pareciera un gandul que había venido a pescar por aquí, me ganaba la vida como él, que vivía en una casa impermeable y limpia, que no costaba más que la renta anual a la que ascendería una ruina como la suya y que, si quisiera, podría construirse en uno o dos meses un palacio propio; que yo no tomaba té, ni café, ni mantequilla, ni leche, ni carne fresca, de modo que no tenía que trabajar para conseguir todo eso y que, como no tenía que trabajar mucho, tampoco tenía que comer mucho, y que mi comida apenas me costaba nada; pero que como él empezaba con té, café, mantequilla, leche y carne de vaca, tenía que trabajar duro para pagarlo y que, como había trabajado mucho, tenía que comer mucho para reparar el gasto de energía, de modo que daba lo mismo, o no lo daba, pues estaba descontento y había malgastado su vida con el trato, aunque había creído que salía ganando al venir a América y poder conseguir aquí té, café y comida todos los días. Pero la única América verdadera es aquel país donde somos libres para seguir un modo de vida que nos capacite para pasarnos sin esas cosas y donde el estado no intente obligarte a mantener la esclavitud y la guerra y otros gastos superfluos que directa o indirectamente resultan del consumo de todo eso. Deliberadamente hablé con él como si fuera un filósofo o deseara serlo. Me alegraría que todos los pastizales de la tierra quedaran en estado salvaje si esa fuera la consecuencia de que los hombres empezaran a redimirse. Nadie necesita estudiar historia para averiguar qué es lo mejor para su cultura."

Bueno, como ven, en esta vida, lo único que cuenta de verdad es poder redimirse. ¡Tan fácil y tan difícil! Según como se mire. Para Thoreau, desde luego, parecía estar chupado.