Venía intentando reflexionar los días pasados sobre las leyes del mercado. Me tome la molestia de leer La Riqueza de las Naciones de Adam Smith y, también, para hacerle contrapunto, la Historia del Pensamiento Económico de Murray Rothbard. Son dos libros amenos donde los haya y que vendrían a disentir en una cuestión fundamental: el valor que asignamos a las cosas; para Smith sería objetivo y, para Rothbard, subjetivo. En definitiva, para uno, el precio de las cosas depende de lo que haya costado producirlas y, para el otro, de la avidez que la gente siente por esas cosas.
Bueno, me imagino que las cosas no son tan sencillas. Sin embargo, sí es verdad que a las almas cándidas les cuesta mucho aceptar la subjetividad del valor de las cosas y, de ahí, de esa dificultad, quizá sea de donde proviene en parte el gusto por las ideas totalitarias que mayormente se sustentan en la fijación de los precios... la fijación de precios, ese despeñadero por donde se precipitan en el abismo los totalitarismos.
Pero, en fin, esto de la subjetividad del valor es una cosa que ya solo discuten los más tontos del lugar, es decir, la gente que se autocalifica como de izquierdas, o sea, una condición del espíritu que consiste en considerarse a sí mismo mejor que los demás y, por tanto, con derecho a vivir del trabajo de los otros, que, por supuesto, son peores. Y, así las cosas, con lo que nos encontramos es con un mercado que trata por todos los medios de entrar a saco en esa subjetividad: todo su esfuerzo consiste en hacer creer a la gente que necesita lo que no necesita para nada, algo que, por cierto, es muy fácil de conseguir como todos ustedes supongo que sabrán por la propia experiencia... al menos, yo, les puedo asegurar, me he pasado la vida cayendo en esa trampa.
Siempre, yo, como casi todo el mundo, a nada que se nos baja la paletilla, que es como en muy pueblo llaman a estar bajo de forma, corremos a restaurarnos por el procedimiento más fácil, y por tanto falso, que existe: comprar cualquier cosa que el mercado te ha metido por los ojos. Nos hacemos la ilusión de que ese capricho es una necesidad que, una vez cubierta, va a contribuir a subirnos la paletilla. Y, de hecho, nos la suele subir por unos minutos, y acaso unas horas, pero siempre muy pocas, para luego caer más hondo de donde estabas antes de haber comprado. Y es que comprar lo innecesario empobrece indefectiblemente... material, pero, sobre todo, espiritualmente.
He necesitado llegar a muy viejo para caer en la cuenta de que pocas cosas hay que mejor muestren la calidad de una persona que su actitud ante el consumo. Dime qué consumes y sabré qué coeficiente intelectual tienes. Así, que ya saben, mírenselo con atención antes de sacar la visa, porque, a nada que se descuiden la estarán usando para comprar esclavitud.


