viernes, 14 de noviembre de 2025

Partirse el espinazo

Por alguna razón que desconozco los algoritmos de Google se empeñan en colocarme delante de los ojos anuncios de sofisticados artilugios destinados a impedir que los perros caguen y meen en la calle. Son, supongo, otra vuelta de tuerca en ese afán ilusorio de desperrizarles a la vez que se les humaniza. La verdad es que es muy difícil saber en dónde va a parar esta locura. O esta huida hacia delante. Hacia la ficción. Al final, tener un perro se está pareciendo cada vez más a tener un hijo con una discapacidad grave: hay que ponerle pañales antes de sacarle a pasear -tres o cuatro veces al día-, hay que lavarle los dientes... y otras mil caralladas, todos los días desde que nace hasta que muere, veinte años acaso. ¡Imagínense lo que podría dar de sí ese esfuerzo empleado en algo sensato! 

Vivir en la ficción se ha convertido en un oficio en el que poco a poco, quien más, quien menos, se va especializando. De hecho, gran parte del tinglado económico de las naciones se sustenta en procurar servicios para que la gente perfeccione su particular vivir en la ficción. Los perros son como los hijos, pero sin adolescencia, o sea, infinitamente mejor. El turismo es como los viajes de Marco Polo; en vez de nuevos mercados, se buscan sensaciones que es lo que se echa en falta en los mercados locales. Las llamadas actividades culturales, de las que cada día hay millones por doquier, procuran la ilusión de estar cultivando el espíritu en la búsqueda de una vida superior sin necesidad, para ello, de tener que partirse el espinazo... porque de eso es de lo que se trata, de conseguirlo todo sin partirse el espinazo. 

Lo triste de todo esto es que el invento no parece funcionar. Todos esos sucedáneos son como los medicamentos con los que se trata de paliar los efectos desagradables de una enfermedad imaginaria, si es que así podemos calificar a la pereza mental, cobardía o cualquiera de esas cualidades propias de aquel a quien todo le vino rodado en esta vida. Digamos que tal es el cáncer de las sociedades opulentas, el venir todo rodado, sin duda, la más venenosa de todas las maldiciones prometeicas. 

En fin, no sé a cuento de qué me pongo a dar la matraca con estos asuntos tan manidos. Quizá es que estoy hasta los mismísimos de soportar a toda esa gente que insiste en vivir atormentada con tal de no tenerse que partir el espinazo. ¿Por Dios Bendito, con el gusto que acaba uno cogiendo al partírselo!  

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