domingo, 23 de noviembre de 2025

Prometeo Kilby

¿Cuánta gente sabe quién fue Jack St. Clair Kilby? Seguramente muy poca. Y es que uno de los mayores problemas que siempre ha tenido el mundo ha sido que la historia la han escrito, por lo general, los ignorantes a sueldo del poder -por definición, a sueldo del poder solo puede haber ignorantes-. Por eso es el que hayamos venido llamando historia a lo que en realidad no ha sido otra cosa que propaganda. Hoy día, si todavía no has espabilado y sigues mirando periódicos y televisiones estatales, tendrás en la cabeza miles de dimes y diretes acerca de todos esos inútiles cuya única aspiración es la de vivir a costa de los que saben hacer cosas. A saber todos esos dimes y diretes es a lo que la gente llama estar informado. Y saber historia a conocer todas las listas de reyes godos habidas y por haber. 

¿Quién fue James Watt? Se lo diré, el auténtico padre de la modernidad. El fué el ingeniero que introdujo las reformas definitivas en la máquina de vapor de agua para que esta pudiese ser utilizada en mil procesos industriales. En definitiva, cambió el mundo radicalmente. Todas las conmociones sociales y guerras que comenzaron en las postrimerías del XVIII y siguieron todo el XIX, no fueron otra cosa que la maldición prometeica a causa del fuego que Watt había robado a los dioses. Así que, olvídense de Napoleón y recuerden a Watt y tendrán una idea más aproximada de lo que pasó. 

Lo de Kilby es lo mismo. Recuerdo que cuando empecé a trabajar en lo de la fisiología respiratoria, como para algunas pruebas necesitábamos del cálculo infinitesimal fue necesario agenciarse una calculadora que era un armatoste de unos 40x40x40, más o menos. Esto era por el año setenta del siglo pasado. Dos o tres años después, en una de las visitas que nos hacía un técnico alemán, vimos con sorpresa que para hacer los cálculos traía en el bolsillo un artilugio del tamaño de un móvil de los de hoy. Por supuesto que por entonces no lo sabíamos, pero detrás de aquel cambio de tamaño estaban los circuitos integrados, microchips que le decimos, que había inventado Kilby. Fueron los microchips lo que hizo posible la existencia de todo este tinglado informático que nos traemos entre manos y que, como no podría ser de otra manera, también tiene su parte, y no pequeña, de maldición prometeica... si uno escucha por ahí se diría que ya nos está llegando el agua al cuello; pero no, es solo que Prometeo está encadenado y a la espera de que venga Atenea a liberarlo. 

¿En forma de qué llegó Atenea a liberar al Prometeo Watt encadenado? Diría yo que en forma de marxismo cultural. Ningún país se salvó de esa moda. Y aquí, en España, Franco mediante, a calderadas. Estuvo bien mientras sirvió. El problema es que Prometeo, al verse libre, siempre vuelve a las andadas; esta vez se sirvió de Kilby para robar más fuego. Y vuelve a estar encadenado. ¿En forma de qué va a llegar Atenea a liberarlo esta vez? Estamos expectantes y son muchos, demasiados, diría yo, los que se ganan la vida haciendo predicciones. 

En fin, el cuento de nunca acabar. Pero no se dejen engañar: la Historia no la escribe el poder político; la escribe Prometeo con su irreprimible adicción a robar fuego a los dioses.    

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