Por eso la Biblia es un libro en el que no hay página que no te obligue a parar y ponerte a pensar. Estaba ayer leyendo cuando los judíos regresan del exilio al que los había llevado Nabucodonosor. Por así decirlo, les había sacado de un pueblo de mala muerte y los había llevado a una metrópolis que tendríamos que considerar rutilante si nos atenemos a la descripción que de ella nos da Heródoto. Allí fue donde se pudieron empapar de la herencia sumeria y acadia que, sin duda está en el origen de la Biblia. En fin, sea como sea, la cabra tira al monte y, con la llegada de Ciro al poder los judíos pudieron volver a la tierra de sus ancestros. Ya en casa, lo primero fue enfrentarse con los que la habían ocupado cuando ellos se fueron y, después, reconstruir las ruinas del templo. Una comunidad no es nada sin un templo; dense una vuelta por la Tierra de Campos y sabrán qué es lo que significa el templo para una comunidad.
Resumiendo, han echado ya a los ocupas, han reconstruido el templo y ha llegado la hora de la reflexión. A los judíos, todos los males que les sobrevienen son una venganza de Dios por algo que han hecho mal. Ellos siempre tienen en la conciencia lo que Dios aprueba y lo que Dios reprueba. Así que, si algún mal les azota, no hacen como otros que lo achacan al azar; no, ellos instintivamente se pondrán a indagar qué es lo que han hecho mal para merecer semejante desgracia. Ese "qué he hecho yo para merecer esto", que solemos decir por aquí cuando nos vienen mal dadas, seguramente es herencia judía de la que, a D. G., todavía conservamos bastante.
Que habían hecho lo que Dios reprueba, y por ello habían sido enviados al exilio, eso no había que discutirlo. De lo que se trataba, una vez regresados, era pensar en lo que habían hecho mal en el exilio y tratar de corregir sus consecuencias por muy doloroso que pudiese resultar el remedio. Y lo que habían hecho mal era que, saltándose a la torera la ley mosaica, se habían casado con mujeres extranjeras. En esto Dios era estricto: no quería contaminaciones. Y no por nada, sino porque, por experiencia sabía, que todo el que se contamina acaba adorando ídolos, el más abominable de todos los pecados. Así fue que, una vez consultado Dios por medio de su sacerdote Esdras, se decidió expulsar de la comunidad a todas las mujeres extranjeras junto con los hijos que habían tenido con ellas. Claro, desde la perspectiva actual, una cosa así parece una monstruosidad. Pero no se crean que es algo de lo que estemos muy lejos; vayan al País Vasco o a Cataluña, echen una ojeada, y luego hablamos. No, no es una cuestión que se puede despachar en dos patadas: la pureza étnica es un mito que siempre renace cuando vienen mal dadas. Escuchen a esa política catalana llamada Sílvia Orriols y entenderán de qué les estoy hablando.
En fin, el caso es ese, que leer la Biblia no es tirar el tiempo por el desagüe.
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