El particular infierno que uno vive en estos años de recuento es, mayormente, un infierno de vergüenza. Uno está tan aparentemente tranquilo, pensando en las musarañas, o dando vueltas en la cama a la espera de que llegue el sueño reparador y, de pronto, ¡zas!, te asalta por enésima vez un recuerdo que te pudre el alma. No sé cómo llevarán otras personas este asunto del que supongo nadie esté libre, pero, lo que es yo, por más que intento razonarlo, no hallo remedio a tal tortura. De nada me vale al respecto echar mano de la Guía Espiritual de Miguel de Molinos. No puedo tragarme que, todo lo que hice, fue porque así lo quiso Dios. ¡Demasiada comodidad! ¿Merecería la pena vivir, entonces? No, yo me siento protagonista de mi vida, y, como tal, responsable de mis actos: gozo por las ventajas que me proporciona lo hice bien y sufro las consecuencias de lo que hice mal.
A la postre, uno acaba por caer en la cuenta de que toda la literatura que se escribió desde que el mundo es mundo no tiene otra finalidad que intentar buscar consuelo al desasosiego que produce la irresoluble cuestión de las pasiones sobreponiéndose a la razón. O, dicho de otra manera, el tirar más pelo de coño que carreta de bueyes o soga de marinero. Las pasiones son la mujer. Ellas son fuente de infinita inspiración pero, también, causa de infinitos quebraderos de cabeza. No hay recuerdo que me haga sufrir que no esté relacionado con las mujeres y, eso, no lo pueden amortiguar los muchos momentos de gloria que me procuraron.
El rey David y Betsabé, el rey Jerjes y Esther, el rey Alfonso VIII y Raquel. El cuento de nunca acabar. Y es que sin pasiones no somos nada, pero con ellas corremos el peligro de ser demasiado. El justo equilibrio, la razón, es la vida plana. Seguramente, nunca salió nada que mereciese la pena de la gente razonable.
Resumiendo, llega un momento en el que las pasiones se amortiguan porque te has convertido en un SSPM (solo sirve para mear). Entonces la razón campa por sus respetos y te hace comprender hasta qué punto eres insignificante... sobre todo, si estás sentado al pie de un castaño milenario que sigue dando castañas.

No hay comentarios:
Publicar un comentario