domingo, 16 de noviembre de 2025

La providencia

Me tiro un buen rato intentando encontrar la solución a un enrevesado problema mayormente geométrico, pero con buenas dosis de algebra. Al fin doy con la solución y comprendo que era una bobada, lo cual no ha impedido que sintiese una cierta hemorragia de satisfacción. Y es que tuve que exprimirme el coco y eso es lo que cuenta; porque exprimirse el coco, pienso, vendría a ser lo más parecido a eso que llamamos relación del hombre con lo divino. Nunca, pienso, el hombre es tan a imagen y semejanza de los dioses como cuando está resolviendo problemas matemáticos.

En mi particular tránsito por este mundo, tengo que confesar que, la inevitable travesía del desierto que todo ser humano debe soportar, me resultó especialmente penosa. Como comentaba ayer con un querido amigo que también pasó la suya -no menos penosa, por cierto-, tuvo que ser la providencia divina la que nos ayudó a salir de un atolladero en el que ya nos veíamos perdidos sin remisión. Claro, uno se pregunta, ¿qué es la providencia divina? Sin duda tiene que tener algo que ver con la forma en que fuiste educado. Una educación temprana en el sacrificio, la austeridad y la disciplina, seguro que está relacionada con el favor que a la larga te prodigan los cielos. 

Sean como sean estas cosas de la metafísica teológica, lo que les puedo asegurar es que tuve tres momentos de inspiración sin los cuales sabe Dios cómo habría acabado, aunque cuando veo a esos muchachos pidiendo a la puerta de un supermercado me hago una idea de lo que podría haber sido. El primer momento fue, allá por los treinta y bastantes años, cuando bajé a la papelería del barrio a comprar unos cuadernos. Me habían entrado ganas de escribir y, por lo que sea, me lo tomé en serio. La segunda inspiración, fue casi a la par: aprender música. Conocía a unas señoras que vivían cerca y que daban clases de guitarra; me sirvieron para iniciarme. La tercera, siendo ya mucho mayor, fue cuando sentí el impulso de aprender matemáticas. Rápidamente me puse a recibir clases y con ello a pasarme las noches en una pura pesadilla... supongo que porque ya tenía las neuronas demasiado rígidas para semejante empeño

O sea, escritura, música y matemáticas, los tres pilares en los que me he sustentado y sin los cuales no creo que todavía anduviese por aquí. La escritura, estoy convencido, fue lo que me enseño, para empezar, a leer, y para seguir, a observar en general. Me cambió por completo el sentido de la lectura que ya nunca más fue para pasar el rato. De inmediato sentí necesidad de introducir el método que, fundamentalmente, consistió en leer los libros en el mismo orden en el que habían sido escritos: La Ilíada, La Odisea... y de ahí hacia delante. Así es como he llegado a esta simplificación de tener una biblioteca de menos de cincuenta tomos que, leo y releo y, donde está, pienso, si no todo, prácticamente todo lo que se ha escrito sobre la faz de la tierra. 

El aprendizaje de la música me sirvió, sobre todo, para bajarme los humos, ya que de inmediato me hizo consciente de mis muchas limitaciones. El aprendizaje de la música exige voluntad, disciplina y concentración, cosas que, por cierto, no caen del cielo; por contra, necesitan de una continua y extenuante gimnasia para fortalecerlas. A la postre, lo principal que enseña la música es que nada que merezca la pena, ni es de hoy para mañana, ni se puede comprar en las tiendas, como nos quieren hacer creer. 

Las matemáticas son parecidas a la música. Las dos son cálculo y lo que las diferencia es que en la música el cálculo es inconsciente y en las matemáticas consciente. Shopenhauer dice que la una es inmediata y las otras son mediatas. Sea como sea, de lo que sí estoy casi seguro es de que las matemáticas despertaron en mí el sentido de lo trascendente. ¿Cómo ha podido el ser humano  llegar a esas cotas de abstracción? Estudiar matemáticas es estar descubriendo continuamente universos nuevos. Si no dioses, han tenido que ser algo parecido los que han abierto tales caminos al conocimiento. Porque es fuego robado por el que inevitablemente, supongo, habrá que pagar un precio.   

Sí, la providencia... 

No hay comentarios:

Publicar un comentario