Cuando uno se detiene a pensar en aquellos reyes hebreos, pongamos que de hace ya tres mil años, que ofrecían a sus hijos en sacrificio a los dioses -los quemaban vivos- sin que a nadie le pareciese mal. Bueno, o a casi nadie, porque ya para entonces estaban guardadas en el Arca de la Alianza las Tablas de la Ley. Claro, eran reyes que tenían cien o doscientos, o acaso mil, hijos. Como los gallos en el corral, se tiraban a todo lo que se les ponía por delante y que fuese lo que Dios quisiera. Deshacerse de un chaval que, incluso, a lo mejor, estaba en plena adolescencia y no hacía más que dar la lata, no les debía suponer grandes desgarros internos. Además, eran las costumbres de la época y, como todo el mundo sabe, y, si no lo saben, se lo digo yo, la costumbre es la reina del cielo.
Costumbre, tradición y cultura, son tres conceptos que al meterlos en la coctelera y agitarlos suele salir un batiburrillo que lo mismo sirve para planchar un huevo que para freír una corbata. A gusto del consumidor.
Se instalan costumbres so pretexto de tradición y, luego, para justificar la barbarie se apela a la cultura. Nuestra cultura. Ahí tienen a esas pobres mujeres musulmanas con su cultura a cuestas, siempre apartadas del resto de la gente, como si estuviesen apestadas. Pues bien, miran ustedes fotos o películas de los países musulmanes de hace cincuenta años y, por las ciudades, no se veía a una sola mujer velada. Se ve que entonces tenían otra tradición y, por tanto, otra cultura, justo la misma que la que teníamos aquí.
El problema del ser humano, pienso, es que lo mismo que tiene un instinto hacia una vida superior, más espiritual, tiene otro hacia un estado primitivo o salvaje. Y unas veces gana uno y otras veces gana otro, pero nunca hay, ni una victoria, ni una derrota total del uno sobre el otro. Se avanza y se retrocede, pero siempre hay manifestaciones de los dos. Ahora mismo, ¿qué mayor singo de barbarie que todas esas mutilaciones que se hace la gente? Los hay que van con una argolla en la nariz como la que antes se les ponía a los toros. Media humanidad anda tatuada, sin tener conciencia de la automutilación que eso supone. Por no hablar de todos esos niños sometidos a terapias hormonales, cuando no a horroríficas mutilaciones. Y todo ello con la misma finalidad que perseguían aquellos reyes cuando quemaban en la hoguera a sus hijos, aplacar a los dioses.
Así es que todo, sobre todo si es barbarie, se hace en aras de la reina del cielo, la que vendría a ser la hija en una trinidad en la que la tradición es el padre y, la cultura, que vendría a ser el espíritu santo. En fin, divagaciones mentales sin otra finalidad que la de alimentar la ilusión de que, aunque se sea muy poco, algo sí se puede entender esta cosa que llamamos mundo.
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