domingo, 2 de noviembre de 2025

Las piernas del corazón

 Ayer les hablaba de los reyes de la Biblia y hoy insistiré. Todas las descripciones que de cada uno de ellos se hace, siempre comienzan por una de estas dos frases: "hizo lo que el Señor aprueba" o "hizo lo que el Señor reprueba". Aunque la mayoría de los que hicieron lo que el Señor aprueba, no lo hicieron del todo; siguieron celebrando romerías en las ermitas de los altozanos, o sea, que daban culto a Dioniso... una menudencia, por comparación con lo que hacían los malvados, aunque ya se sabe que todo empieza por las menudencias. 

Lo que el Señor aprueba o reprueba vendría a ser una forma de decir ajustarse o no ajustarse a los preceptos de la ley natural. La ley natural sería, poco más o menos, lo que estaba escrito en las tablas que Moisés bajó del monte. Pocos saltos cualitativos habrá habido en el proceso civilizatorio de la humanidad como esas tablas. Aunque, claro, eso es problemático de entender en un momento como éste que estamos viviendo en el que se enseña en las escuelas a juzgar el pasado con las leyes del presente. La gente en aquel entonces tendía a hacer barbaridades inconcebibles a nuestro entendimiento; rey israelita hubo que sacrificó a su hijo a los dioses con la intención de aplacarlos. El primitivismo, tan actual por otra parte, consiste precisamente en eso, en pensar que te va mal porque alguien te tiene manía: los dioses o el jefe de personal. Cualquier cosa antes de reconocer que la culpa de tus males es solo tuya. De ahí nace la magia; intentar salir del paso por procedimientos que no te obliguen ni a apearte del burro ni a sacrificarte. Son los agüeros y las hechicerías que tanta gracia nos hacen cuando las vemos en las películas de temática africana, sin sospechar que nosotros tenemos los nuestros, un poco más sofisticados, pero igualmente ridículos; a nada que nos descuidamos, estamos intentando salir del paso con la varita mágica... como Harry Potter que vendría a ser la médula de la pedagogía socialdemócrata. 

El primitivismo, ya digo, tan actual. Las emociones primando sobre la razón. Escucha tú corazón, y cosas así, que dicen los que predican desde los púlpitos adosados a las columnas de los templos góticos. Es el camino directo al despeñadero. Siempre ha sido así, dejarse llevar por las emociones es sinónimo de acabar en el infierno. 

El caso es que el otro día, en un momento de desidia, enchufé la tele y vi que estaban poniendo una versión nueva de Robinsón Crusoe. Pocos arquetipos me han interesado tanto en la vida como el de Robinsón Crusoe, así que me quedé clavado. Pues bien, para empezar, en esta versión Robinsón se hace acompañar por un perro. El perro se pone enfermo. Le mete en su cama, le tapa con la manta, le acaricia la cabeza, le da una medicina, le besa y se pone de rodillas a implorar a Dios que no se lo lleve. Me dan escalofríos, dice, de pensar lo que sería mi vida sin él. Bueno, ya no pude más y apagué el televisor. Eso no es nada, me contestó María cuando se lo conté; estaba esta mañana tomando un café en una cafetería del Sardinero y se sentó en la mesa de al lado un señor que se hacía acompañar de un perro. Vino el camarero y dijo: ¿qué les pongo? Para el perro, contestó el señor, una tosta con jamón; para mí, una tostada normal. 

Así corre el mundo, dejándose arrastrar por el prestigio de las emociones. ¡Escuchando al corazón! ¡Mamá, mamá, ¿el corazón tiene piernas?! ¿Por qué preguntas eso, Jaimito? Porque al pasar por delante del cuarto de la criada he oído a papá decir: ¡ábrete de piernas, corazón! 

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