Se imaginan cómo sería el mundo si lo primero que la gente hiciese al levantarse fuese enfrentarse a un acertijo algebraico o geométrico. Y después, para redondear, practicar media hora con cualquier instrumento musical. Seguro que así se iban a desinflar muchas ínfulas. Las que tienen todos esos miles de millones que viven decantados hacia una ideología, una religión o cualquier otro intento totalizador, que les proporciona una seguridad en su juicio que los aproxima mucho a esa condición mental que antaño se conocía con el nombre de oligofrenia; o sea, escaso cacumen. O caletre.
Pues sí, enfrentar retos intelectuales reales es la mejor manera de tomarse la medida para comprobar siempre que medimos mucho menos de lo que nos habíamos imaginado. Digamos que es gimnasia imprescindible para fortalecer el músculo de la humildad, la virtud por antonomasia de los seres superiores. Esa es la cuestión, que los seres superiores interpretan partituras y resuelven problemas de matemáticas y, el resto, lo dejan al arbitrio de los dioses.
El devenir del mundo es una continua concatenación de causas y efectos. Una serie de causas que, a su vez, han sido efecto de otras causas, han dado como efecto que en la ciudad de Nueva York haya salido elegido un alcalde socialista y musulmán -endemoniado coctel-, que, inevitablemente, será causa de efectos que habrá que esperar para ver, por más que millones de personas, haciendo uso de su particular bolita de cristal, ya estén adelantándose al futuro, ya sea con negras premoniciones, ya, anticipando el paraíso.
Allá cada cual, yo no vivo en Nueva York, pero mis hijas viven en Londres, en donde el alcalde también es socialista y musulmán, y no parece que les afecte mucho. Ellas ofrecen un servicio que la gente demanda y, ahí, poca intromisión por parte de la alcaldía puede haber. Y, si se entrometiese, pues con la música a otra parte. Así ha sido siempre, que no por otra causa que la desmedida intromisión de las alcaldías es el efecto de la ruina de las ciudades: se va la gente valiosa y vienen los mediocres. Al final, todo queda en una cuestión de cálculo económico. Derivadas e integrales, para que nos entendamos. El problema es que los mediocres no suelen saber de eso.
En fin, yo, por si las moscas, me suelo desayunar con un rato de Matemáticas con Juan. Me ayuda mucho a bajar los humos.
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