El capítulo de la Biblia dedicado a los reyes es espeluznante. Ya se lo advirtió Dios por boca de Samuel, que mejor continuasen como hasta entonces, cada uno a lo suyo, supongo que matándose por las lindes y cosas así, pero en dosis homeopáticas, por así decirlo. Pero quisieron un rey, lo tuvieron, y de las dosis homeopáticas pasaron directamente a la máquina de picar carne. Ya el primer rey, Saul, se pasó casi todo su reinado persiguiendo a muerte a David porque, desde que éste mató a Goliat, adquirió tanto prestigio que Saul no lo podía soportar. Es la paranoia del poder, una especie de posesión demoniaca, que por todas las partes ve peligros a su estabilidad.
El ansia de poder es la verdadera maldición de la tierra. Así fue que el pueblo elegido solo resistió tres reyes antes de dividirse en dos reinados: judíos e israelitas. No por nada, sino porque así lo tenían más fácil y justificado el poder matarse los unos a los otros. No recuerdo con exactitud, pero juraría que más de la mitad de los reyes, tanto judíos como israelitas, murieron asesinados como resultado de las intrigas palaciegas. Aunque bien es verdad que, a los judíos, que estaban al sur, en la parte pobre del territorio, les fue mejor que a los israelitas que estaban asentados al norte, en las tierras fértiles. Quizá, por esta circunstancia, fue que los israelitas fuesen más propensos a la idolatría. A la primera de cambio se ponían a adorar a Baal que era un dios fenicio de la fertilidad y las lluvias. Esto Yahvé (yo soy el que soy) lo llevaba muy mal y así era que, para resarcirse de la ofensa, ponía la máquina de picar carne en funcionamiento. Como cuando Jehú de Israel se las apañó con engaños para meter a todos los sacerdotes y adoradores de Baal en un templo, los rodeó con sus guardias y no dejó ni a uno vivo. Y Yahvé quedó muy satisfecho y por eso fue que permitió que Jehú muriese de muerte natural, eso sí, no sin antes haber exterminado a todos los que meaban contra pared del clan rival, es decir, los descendientes masculinos de Ajab, el rey al que había destronado. Mandó cortar la cabeza a los sesenta hijos de Ajab, meterlas en cestos y ponerlas a la entrada de la ciudad para que todo el mundo al verlas se hiciese una idea de con quién se las estaban jugando.
La verdad es que el mundo antiguo tal como nos lo cuenta la Biblia, o Heródoto, era terrible: da la impresión de que la gente, organizada en clanes familiares, se pasaba la vida intentando apoderarse de las propiedades de los otros clanes. Algo así como las mafias de Chicago años 30 del pasado siglo... por no hablar de las de ahora que en vez de clanes o mafias los llaman cárteles. La vida del individuo no valía en aquel entonces una mierda, ni vale ahora. La ley de oro de esas estructuras es que todo lo que estorba mínimamente se elimina. Es de una lógica aplastante y por eso es que perdure en el tiempo por más que las formas que ahora se adoptan hagan invisible el juego a los ojos inocentes. Las mafias políticas que controlan los países ya no matan físicamente; les basta para sus objetivos matar civilmente... así parece como que salpica menos.
En fin, la mierda del poder: querer vivir del trabajo de los otros so capa de protegerlos de ellos mismos. No será porque Dios no nos lo advirtió por boca de Samuel. Me lo decían el otro día: el único político decente es el que no existe... así que ya sabemos lo que tenemos que hacer.
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